El encuentro con el mal


Uno de los más vívidos recuerdos de mi infancia es el cuento musical ‘Pedro y el Lobo’ del compositor ruso Sergei Prokofiev (Ucrania 1891). Mi papá nos sentaba en el salón de música a oír esta sugestiva historia y sentíamos miedo al escuchar al Lobo en los instrumentos de metal. Prokofiev escribió esta obra para presentar a los niños los diferentes grupos de instrumentos de la orquesta. El miedo infantil estaba ligado a la oscuridad, al mal, en este caso al lobo.
Muchos años después me encuentro con que su nieto: Sergei O. Prokofiev (Moscú 1954) escribe una obra –‘El Encuentro con el Mal’- en la que aborda el problema del mal en la época actual y las herramientas que ofrece la ciencia espiritual para transformarlo y superarlo.
“Lo que han de aprender a conocer los hombres de la época actual (1413- 3573 d.C) es la lucha plenamente consciente contra el mal que aparece en la evolución de la historia de la humanidad”. R. Steiner
En la civilización actual vivimos un encuentro inusitado con las fuerzas de la muerte y con las fuerzas del mal. ¿Cómo abordar la pregunta sobre la muerte y sobre el mal? Ambos vectores nos separan de la vida y niegan la realidad espiritual.
Pero “la particularidad de nuestra época, dice Prokofiev, es precisamente el hecho de que por primera vez se entrecruzan las dos corrientes de fuerzas: las de la muerte y las del mal, y han comenzado a actuar al mismo tiempo”.
Para abordar el tema partamos de una idea de Steiner: “Las fuerzas del mal existen para que el hombre pueda abrirse paso hacia la vida espiritual desde el nivel del alma consciente”. Estas fuerzas están representadas en los llamados adversarios del hombre: el Diablo, del griego ‘diabolein: generar caos’ (conocido como Lucifer) y Satanás, del arameo ‘shatán: el adversario’ y conocido como Ahriman. Estas dos figuras son expresiones del dragón o serpiente antigua que vive en nosotros con el propósito de impulsar el proceso evolutivo. Lucifer (el que porta la luz) nos presenta ilusiones, nos aleja de la realidad. Arhiman impulsa el desarrollo intelectual y material. Sin estas fuerzas no tendríamos libertad, ni podríamos tener momentos de luz o de oscuridad, de ilusión o disolución. En medio de estas fuerzas está el representante de la humanidad, que para la cultura occidental es el Cristo y que nos ayuda a transformar y equilibrar estas dos fuerzas.
En los siglos 20 y 21 las corrientes del mal se expresan a través de los fanatismos, los nacionalismos, la violencia contra los niños y las mujeres, la discriminación racial y el terrorismo. Todos estos movimientos tienen en común el odio hacia el espíritu.
Las fuerzas del mal atacan el núcleo más íntimo del ser humano: su Yo superior, su individualidad. Y para lograr su destrucción empiezan por atacar sus envolturas. 1. El cuerpo físico es destruido por el alcohol y las drogas. Estas sustancias fijan al hombre a su corporalidad y ocupan el lugar del Yo. 2. El cuerpo vital humano es destruido por la distorsión de la sexualidad y la aceptación de todo tipo de perversiones. 3. El cuerpo emocional es atacado por medio de la violencia sensorial especialmente a través de la publicidad, el cine violento y la T.V. Al Yo se le golpea con el fomento del egoísmo y el irrespeto por el Yo ajeno. Y para esto se usan dos instrumentos: Se fomenta el miedo a las enfermedades y a los actos de terror. En ambas situaciones el hombre queda atado a su ego y -dominado por el dragón- se mueve entre el miedo y la búsqueda del placer.
En la época actual se le ofrecen a la humanidad oportunidades de superar las fuerzas del mal. Para esto es necesario comprenderlas como impulsos evolutivos, como oportunidades de aprendizaje. El ser humano actual está abocado a desarrollar tres capacidades en su alma: En el pensar un verdadero conocimiento del mal. En el sentir la capacidad de decir no a ese mal y transformarlo. En la voluntad: una libre creatividad del bien desde las fuerzas del yo individual expresada en la iniciativa personal de hacer el bien. El mal está ahí no para imitarlo, para realizarlo, sino para despertar el impulso del bien.
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