El enamorado y la muerte

El enamorado y la muerte
En materia de preparación para la muerte –la tarea más urgente que tenemos, según algunos filósofos- casi todos estamos en condiciones muy precarias

Opinión de Gustavo Arango

Hay una frase de La Celestina que no pierdo oportunidad para citar: “Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan joven que no pueda morir mañana”. Condensa el Carpe Diem de Horacio y la insistencia de los místicos para que vivamos listos para morir en cualquier momento; también señala el error común de pensar que la vejez está más cerca de la muerte. Volví a citar la frase esta semana, cuando hablaba con mis alumnos del “Romance del Enamorado y la muerte” y emprendí la tarea delicada de invitar a mi auditorio a pensar en un tema sobre el que pocos piensan. En materia de preparación para la muerte –la tarea más urgente que tenemos, según algunos filósofos- casi todos estamos en condiciones muy precarias. Aquí en el País del Sueño la gente ha sido adiestrada para responder: “That’s morbid”, cuando alguien habla de la muerte como una realidad que a todos nos concierne. Pueden ver morir miles y miles en las películas o los juegos de video, estallando en pedazos, acribillados o golpeados por turbas, pero cuando alguien les recuerda que van a morirse y que quizá sea necesario pensar en el asunto, se alejan diciendo: “That’s morbid”.
Como mis alumnos no podían alejarse, les tocó aguantarse al “morbid” del profesor contándoles, en principio, que los romances no son historias de amor, que derivan su nombre de las lenguas que nacieron cuando el imperio romano se derrumbó, que los autores de los romances son anónimos y la forma de esos poemas es sencilla: versos de ocho sílabas con rimas que se alternan. Luego empezamos a meternos en el poema. Al principio hay alguien que duerme y que sueña que está abrazando a su amada. De repente, en ese espacio incierto que aún no es la vigilia, le pareció ver a su novia parada al lado de la cama. Le habló, pero aquella mujer blanca le aclaró que no era su amada sino “la Muerte, que Dios te envía”. Ahora sí despierto por completo, el enamorado le pidió a la Muerte un día más de vida. Pero la muerte, de todos modos generosa, le dijo que le daba una hora y que ya estaba perdiendo segundos preciosos en esa cama. El muchacho ni siquiera se bañó. Mientras se ponía la ropa y los zapatos, decidí preguntarles a mis estudiantes lo que harían con una hora de vida. Se miraron aterrados. Tardaron en aventurar respuestas varias: llamar a despedirse de la familia, tenderse en la hierba a mirar las nubes. Una chica dijo que dormiría.
Así se asomó a la charla la cita de La Celestina. Hablamos de lo poco preparados que estamos para morir, de lo confiados que vamos por la vida, pensando que tenemos mucho tiempo, ignorando que morir es mucho más fácil que seguir vivos, que la saeta ya puede estar muy cerca de llegar a su destino. El recelo inicial frente el tema fue dando lugar a una participación entusiasta, casi desesperada. Pronto llegamos a una expresión popular aquí en el País del Sueño: “The bucket list”, la lista de las cosas que cada uno quiere hacer antes de morirse, y como sólo dos de ellos se habían tomado la tarea de hacer la lista, les di unos minutos para que los demás la hicieran. Aproveché esos minutos para investigar en el computador y descubrir que el origen de la expresión está en el hecho de que –hace años- cuando alguien se ahorcaba, lo hacía pateando el balde (el bucket) que le había servido para alcanzar la cuerda.
Las listas que hicieron los estudiantes estaban llenas de viajes y de experiencias excitantes: cruceros, saltos en paracaídas. Yo mismo agregué un par de cosas nuevas a mi lista. El enamorado del poema alcanzó a llegar donde su novia y, cuando trataba de escalar el balcón con una cuerda de seda, la cuerda se reventó y la Muerte llegó y le dijo que la hora ya se había terminado. Terminamos nuestra clase discutiendo qué muerte elegiríamos, si acaso nos fuera dado el privilegio de elegir.
Oneonta, Nueva York, octubre de 2011
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