El día que tembló la tierra

   
  
  
 El día que Elena María Molina les contó a su papá y a su mamá, paisas tradicionales, que dejaba la oficina para dedicarse a leer el tarot tembló la tierra. No es una exageración y tampoco era para menos. Elena, separada y con un hijo, trabajaba como agente de una importante empresa de seguros y antes había desempeñado varios cargos que hacían difícil, por no decir imposible, predecir que algún día estaría leyendo cartas del tarot. Quién se la iba a imaginar interpretando arcanos mayores y menores al verla dirigir por 10 años el Comité Regional de Rehabilitación de Antioquia, o cuando estuvo al mando del departamento de ventas de una renombrada compañía inmobiliaria. Eso sin tener en cuenta que era egresada de La Enseñanza, había adelantado estudios de Filosofía en la Bolivariana, dado clases de literatura en colegios femeninos y había oficiado como ama de casa en Medellín y en Bélgica. Sin embargo, sus papás, fieles al respeto que habían pregonado por las decisiones de sus hijos siempre y cuando las asumieran, tras reírse la apoyaron.

El día que hizo clic
A lo esotérico llegó -o más bien volvió, pues desde niña se apasionó con la numerología y en Bélgica leyó con avidez a Jung- por una de esas casualidades de la vida, si así puede decírsele, porque pertenece a la corriente que asegura que las casualidades no existen. Empezaban los años 90 cuando una amiga insistió en llevarla a una clase de tarot. “Yo sé que es fundamental para usted”, le dijo a Elena, pero esta la desanimó con un tajante “yo no quiero saber nada de eso”. “Entonces invíteme a comer que estoy cumpliendo años”, repuntó la amiga. Terminaron comiendo en Magia Blanca, sitio de moda en Medellín por esos años, justo a la hora en que un terapeuta daba una conferencia que a Elena le llegó al alma. “Lo que oí era lo que yo estaba buscando. Era sobre el hombre que es uno, pero que al mismo tiempo tiene esa doble polaridad masculina femenina, clara, oscura, y cómo el ser humano viene a iluminar su oscuridad a través de las claridades que va adquiriendo…”.
En fin que en ese instante Elena sintió en pleno la magia de la vida. “Cuando ocurren esas coincidencias, esos momentos donde uno siente que hace clic -dice chasqueando sus dedos pulgar y corazón- es que uno ya logró una claridad que le va a permitir ir a aclarar algo nuevo”. Y así fue. Quien daba la conferencia, Luis Enrique Mejía, se convirtió en su terapeuta y luego en su maestro, aquel que la adentró por los caminos del tarot, estudios que complementó con clases de psicología junguiana en la Universidad de Antioquia.
Mientras tanto, Elena seguió con su trabajo como agente de seguros. De hecho, cinco años transcurrieron desde el día de aquella conferencia en Magia Blanca hasta cuando le perdió el “miedo a hacer el oso” y se dedicó de lleno al tarot.

Cuando el hijo es el maestro
El espaldarazo final se lo dio una frase demoledora de su hijo al visitarlo en Bélgica en unas vacaciones, durante un diálogo que parecía común y silvestre. “Mamá, como te está yendo de bien con los seguros”. -Ay, mijo, gracias a Dios porque esto ha sido una lucha muy dura”, le contestó Elena María como la más típica de las madres. -“Te está yendo muy bien pero tenés una cara de aburrida que no te aguanto”. Y sin rodeos le recomendó dedicarse “a hacer lo que querés. Llevás años estudiando el tarot, dedicate al tarot”.
Fue así como en marzo de 1996 Elena dejó de vender seguros y se entregó de tiempo completo a los arcanos. “Encontré que el trabajo y el gozo podían coincidir. No me he sentido ni un solo día aburrida, ni con ganas de decir yo tiro esto. Es algo inagotable porque el ser humano es inagotable, cada día lo conozco más, más le veo su parte lumínica, su parte de luz”. En síntesis, “lo que he descubierto en contacto con la gente es la capacidad de iluminar la parte oscura que cada ser humano tiene, y su posibilidad de transformación. Y eso es maravilloso”.
Inútil preguntarle a Elena detalles como cuántas personas han pasado por su consultorio, o cuál es la revelación más dura que se ha visto obligada a hacer. “No hablemos de eso”, dice con su tono pausado característico y haciendo gala de su discreción, la misma que no le permite saludar en la calle a quienes la visitan para no ponerlos en situaciones incómodas. La misma prudencia con la que cierra todos los días la puerta de su oficina para dejar allá lo que ve allá y se habla allá.