El corazón, órgano del ritmo

La pérdida del ritmo es un elemento de la civilización y un factor generador de enfermedad

/ Jorge Vega Bravo

Los pueblos antiguos consideraban al corazón símbolo de vida y de amor, y asiento del alma. Sin embargo, con la visión materialista se ha olvidado la relación que este tiene con lo anímico y con lo espiritual. “Es un órgano que raramente es causa y siempre es consecuencia… no late sino que es pulsado”. Su auténtico movimiento parte de la sangre pues es el órgano central de la circulación sanguínea y su función es retener; interrumpe el movimiento constante de la sangre durante ese instante que llamamos diástole. La nueva aceleración de la sangre se logra por la actividad anímica y está relacionada con la inspiración. En la inspiración entra el alma y en la espiración se aleja.

En el desarrollo del reino animal encontramos estos hitos: en los invertebrados solo hay vías pulsátiles que cumplen las funciones circulatorias. En los peces, la circulación es solo venosa y el latido es un movimiento peristáltico. Frecuencia cardíaca y respiración branquial tienen una relación 1:1. El pez vive unido al entorno. Anfibios, reptiles y aves logran transformaciones en la medida en que interiorizan procesos. En los mamíferos asistimos a la conformación del corazón en cuatro cavidades, para ser, luego, el centro de la figura humana: aquí el corazón es un “reino intermedio”. Esto le permite ejercer una función de compensación, con un activo papel de mediador entre los polos: el corazón separa y equilibra la dinámica del pensar y del actuar.

“La astronomía es uno de los campos más propicios para estudiar los procesos rítmicos”, (O. Wolff). La esencia del ritmo está en la repetición constante de un curso que jamás permanece igual. Steiner dice que el ritmo es la ley que regula un movimiento. En el cosmos jamás vuelve a suceder el mismo acontecimiento, ya que esto sería un compás sin armonía. El ritmo es la repetición de lo similar. “El compás repite, el ritmo renueva”, (L. Klages). El compás es ritmo muerto, mecánico. El ritmo es vivificante.

A través del sistema rítmico humano (corazón-pulmón-timo) se abre la puerta para que el principio espiritual se manifieste en lo físico. En los procesos vitales encontramos este reflejo del ritmo cósmico, que, como el calor, es intangible, semiespiritual. “Lo físico desaparece en el proceso rítmico. El ritmo se encuentra implantado en la materia a través del espíritu; el hombre lo lleva consigo, como legado de su ascendencia espiritual”, (Steiner). El intervalo cósmico más amplio es el año sideral platónico (paso del ecuador celeste a través del Zodíaco) y dura 25.920 años. Este ritmo está inmerso en la vida humana. Un adulto en reposo respira en promedio 18 veces por minuto, esto es 1.080 por hora y 25.920 veces en un día. El ser humano es reflejo del acontecer cósmico.

La pérdida del ritmo es un elemento de la civilización y un factor generador de enfermedad. El hombre se ha emancipado del orden natural. El aspecto positivo es la libertad, el negativo es la arritmia vital. “Constituye una misión del presente crear, en libertad, una relación de orden interno con un nivel superior”; esto no se puede lograr sin la comprensión de la relación del hombre con el cosmos y el mundo espiritual, (O. Wolff). De la cabeza y de los miembros emanan tendencias patológicas –llamadas esclerosis e inflamación–, que son percibidas por el sistema rítmico, dominadas y curadas. “Todo el sistema rítmico es un médico”. Y ahí está presente la música: en el estado de salud, la relación entre ritmo cardíaco y pulmonar es de 4:1. La enfermedad es una pérdida del ritmo, es una polarización hacia uno de los extremos. Vamos a ahondar en esta dirección.
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