El Congreso

     
    El Congreso
     
     
    Finalmente llegó la hora de la elección de un nuevo Congreso, una oportunidad para corregir los desaciertos de pasadas elecciones, en las que fueron elegidos decenas de delincuentes, como lo han evidenciado las decisiones judiciales de las últimas semanas.
    Quienes han cumplido con sus deberes como ciudadanos, y en consecuencia están bien informados sobre los asuntos públicos, saben que muchos de esos delincuentes recibieron grandes votaciones en nuestra región. Eso no debería volver a pasar. En un entorno como el nuestro, relativamente alejados de la intimidación, el desplazamiento, y todas las otras formas con las que se constriñe a los electores en el país, no tiene ninguna justificación votar por los testaferros de los congresistas presos por la parapolítica, ni por quienes los justifican, hacen alianzas con ellos, o de una forma u otra, los toleran.
    La única forma en la que la expresión Congreso admirable dejará de ser una ironía, y se convertirá en una calificación realista, como ha sido en algunos momentos la de Cueva de Alí Babá, es que los ciudadanos nos tomemos en serio la elección de los nuevos congresistas.
    En las listas que los partidos han sometido al electorado, hay de todo. Hay delincuentes de todos los pelambres, inescrupulosos, oportunistas, testaferros de excongresistas condenados o por condenar y un largo etcétera. Hay también candidatos con impecables hojas de vida tanto profesional como académicamente. Hay muy destacados políticos de profesión que evitaron que el Congreso anterior fuera tomado totalmente por los delincuentes y su apetito desaforado de poder y dinero.
    Entre todos los que son técnicamente elegibles, es decir, los que tienen una hoja de vida de lujo o un historial político que los avala, o las dos cosas, hay muchos que podrían ser muy buenos congresistas y otros que no. Partimos del principio de que la mayoría de nosotros queremos un Congreso conformado por personas de bien, que cumplan a cabalidad las funciones que en ellos delegamos los ciudadanos. Pero ese no debe ser el único requisito. Hay candidatos con historiales profesionales impresionantes, pero que también revelan que tienen escasa o nula formación política, ideologías difusas o que dejan muchos interrogantes sobre cuál sería su posición frente a asuntos de primer orden de importancia nacional.
    Nos corresponde a los ciudadanos analizar todo eso para encontrar a quienes verdaderamente representen nuestros intereses sociales y económicos, de nuestra ciudad y nuestra región, y que contribuyan a hacer de este país algo cada vez más parecido a lo que soñamos, esto quiere decir, un país en el que nuestros hijos puedan vivir libre y tranquilamente y en el que puedan desarrollar todo su potencial como seres humanos. Difícil encontrar algo más trascendente que el futuro de nuestros hijos, y eso es precisamente lo que está en juego.