El caballo de la Reina, la morfina y los polvos del Sahara

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El caballo de la Reina, la morfina y los polvos del Sahara
¡Ah dicha ser caballo de esas cuadras, doña Elizabeth!
/ José Gabriel Baena

En medio de tantas catástrofes como las que nos ha traído el mes de julio y que me tienen en verdad compungido, dos noticias de la última semana me han alegrado el desayuno: una, la de que el caballo preferido de la Reina Elizabeth II, “Estimate”, que quedó segundo en la lujosa carrera de Ascot –esa en la que las mujeres más famosas de Occidente estrenan sombreros sobremanera extravagantes–, dio positivo para morfina en su sangre. Había ganado el certamen de 2013, sin noticia de doping, pero dicen los analistas que ahora se ha manchado para siempre la fama de los reputados establos de Su Majestad, de resplandecientes denominaciones de origen e inmaculada hoja de vida sin pecado original.

“Estimate” en verdad es una yegua, pero me gusta más decir “caballo” en este artículo por su conexión con esa otra potentísima droga que es la heroína, prima de la morfina, que en la jerga del rock es “horse”: caballo. Otros cuatro corceles de los reales establos han sido encontrados adictos a la droga, y la explicación que dio el portavoz de Palacio es digna de carcajada universal: “En principio parece que la morfina procede del consumo de pienso contaminado. El entrenador de la cuadra de la Reina está trabajando junto a la empresa alimentaria para descubrir cómo el producto se habría podido contaminar antes de llegar a sus establos y está prestando toda su colaboración” (El País de España). Y otro analista veterinario dijo: “En el 99% de los casos un resultado positivo se debe a la contaminación de la comida. La morfina (y la heroína) salen de la amapola. Se han hecho estudios en los que tras la ingestión de un bagel con semillas de amapola o de una tarta con esas semillas, las muestras de orina tomadas hasta 24 horas después pueden dar positivo en el test de morfina”. O sea que se puede suponer que a los caballos de Palacio los alimenta un fantasma al desayuno con “bagels” y al almuerzo y la comida con tartas recargadas de la droga. ¡Ah dicha ser caballo de esas cuadras, doña Elizabeth!
La otra noticia desopilantísima es que la inmensa nube de polvo que se posó sobre Medellín el viernes 27 de junio venía del desierto del Sájara –así se pronuncia y es un pleonasmo pues “Sahara” significa desierto–. Los analistas paisas (de la Alcaldía, del Planetario, geólogos particulares, de las oficinas de medio ambiente y alertas tempranas) quisieron hacernos creer eso de que “investigaciones científicas, imágenes satelitales de agencias espaciales y sensores altamente especializados permitieron afirmar que el fenómeno que presenciamos ese viernes 27 de junio sobre nuestra ciudad fue una nube de arena… A veces, el polvo del Sahara atraviesa un océano entero… Los polvos recorrieron el Océano Atlántico, Venezuela y parte de la región Andina hasta posarse finalmente sobre el Valle de Aburrá”. ¡Cómo no Moñito! Pero también afirmaron que esa ominosa nube no representaba ningún peligro grave para la salud de los medellinenses, aunque agregaron sin ponerse colorados: “Este polvo contiene una alta carga de compuestos biológicos como hongos, virus, bacterias, estafilococos, ácaros, compuestos fecales, polen, metales pesados, pesticidas, insecticidas, etcérera.”. Si esto no es grave, ¿qué lo será? Pero más grave aún es que, según otros reportes, esos polvos son diarios y no vienen del Sájara sino de las grandes fábricas y canteras situadas entre Bello y Barbosa y del millón 300 mil vehículos que circulan cada día en nuestro valle. ¿No es como para desternillarse?
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