El Borges de Bioy Casares: ¡Oh Hipopótamo Totémico!

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Nunca fui ni mucho ni en demasía aficionado a las obras de Borges “en solitario”, como sí me gustaban más las de su amigo del alma Adolfo Bioy Casares (La guerra del cerdo, La Invención de Morel…), a quien casi nadie menciona en nuestros cenáculos. Y debo decir que siento un fastidio inmenso por todos aquellos que para sustentar cualquier nimiedad deben apuntar, con los ojos en blanco, “como decía Borges…”, como si fuera el Gran Burundún. Todos los días me llegan correos donde extraños bibliotecólogos paracientíficos de Lo Oculto citan la inmamable frase “Me imagino el Paraíso con la forma de una Biblioteca” o, peor,“La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal está en ninguna parte”, frases cínicas de Borges deformadas hasta el infinito, palabra que a él tanto le gustaba. Aviso: estos correos los borro sin leerlos…

Todo esto para introduciros a la celebración de la llegada de esa obra magnífica, “Borges”, de Bioy Casares, que acabadita de publicarse en La Argentina ya ha sido impresa en Golombia. El libro es monumental: un solo volumen de casi 1.700 páginas, más gordo que el “Pequeño” Larousse, y sin embargo ligero de peso por la calidad, lástima, de su papel periódico, que no va a sobrevivir a muchas lecturas en las bibliotecas públicas. Tomado en las manos, lo siente uno latir como un tibio bebé hipopótamo ansioso de exhalarnos en la cara los millones de palabras que lo llenan, y la dificultad para resolver dónde y cómo leerlo es inmensa: ¿Sentados, acostados, en un atril, en una mesa? No hay cómo acomodarse del todo con este libro gigante, cuya sola presencia caricaturesca y boteriana –un pleonasmo- despierta ya la risa.

Y es precisamente la Risa soberana y con mayúscula la que aquí establece su señorío, pues toda la obra no es más que el registro maníaco, la reunión maquiavélica ejecutada por Bioy durante más de 40 años, en su diario, de sus conversaciones con Borges, quien casi todas la noches cenaba en su mansión de Buenos Aires. ¡Y vaya las conversaciones! ¿De qué hablaban Borges y Bioy sino de Literatura, del arte de escribir,pero también de las chismografías de la espléndida ciudad, de las infamias y pequeñeces de la politiquería? Para enfocarnos, aquí no queda escritor argentino que no pierda cabeza, pies y fama con las frases lapidarias de JLB, aseguradas con llave por Bioy, como tampoco se escapan muchos de los famosos hispanoamericanos y universales. La mayoría de los argentinos citados ya estarán “en el piadoso olvido que concede la muerte”, y sus nietecitos deben de andar, con este libro, cariacontecidos.

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Como también deben de andar los borgesinos sacralizantes, aquellos que nunca han sabido que Borges y Bioy inventaron a ese enloquecido escritor fantasma llamado “H. Bustos Domecq”, autor de varias obras detectivescas y de supuestas preocupaciones sobre problemas de arte y estética.El tal “Bustos Domecq” inventó, entre muchas otras tendencias, las “performances” y las “instalaciones”, esos ripios que entre nosotros todavía apestan las galerías, los libros inexistentes con sus respectiva críticas, etc., tal como, parodiemos, hace algunos años lo demostré en un insuperable ensayo. Pues bien, leída de reojo, la obra que aquí consideramos es sin duda la obra póstuma y cumbre del pícaro Monsieur Domecq, dada (¡milagroso Dadá!) a la luz siete años después de la metempsicosis de Bioy en el 99, pero seguramente preparada por ambos a principios de los ochentas, como golpe de gracia y con efectos dantescos, en el sentido de divina y elegante comedia pos-mortem para sus atortolados enemigos y desconcertados prosélitos. Ambos estaban avisados del peligro que corren los escritores de guardar y guardar manuscritos para que después sus herederos tarambanas y editores descuidados lostergiversen: “Borges me asegura que es indispensable destruir todos los papeles porque el día menos pensado uno desaparece y los amigos le publican esas grietas y esos estigmas”.

A propósito de “elegante comedia”, cabe anotar que las señoras bonaerenses de alto copete y puntudos atributos, aspirantas a escritoras, se peleaban para asistir a lasveladas de este par de minotauros devorantes, recordemos a una estupenda señora “Bibiloni”, sin sospechar que años después aparecerían en estas páginas “en pura desnudez y/o boludez mental”. Y los amores y desamores de Borges corren por allí también, a veces pintados de manera cruel, a veces compasiva y tierna: “La más dulce prueba de intimidad nos la da una mujer cuando nos habla de sus reglas. Es como si nos besara…”.

Bioy y Borges sabían qué clase de infernal bomba de tiempo eran estos diarios, y la quisieron reservar entonces para apreciar sus efectos demoledores desde el Paraíso: una devastadora “carga de profundidad”, en términos de guerra submarina. Bienvenida pues esta Opus Magna de “H. Bustos Domecq”, por la que brindamos con un trago de su apellido: ¡Salud, oh Libraco o Hipopótamo Totémico, oh Gran Hipotótem!

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