El bazar de los idiotas

Una vez se descubrió que el interés estaba en los intríngulis domésticos, los creativos de la pantalla chica inventaron un claustrofóbico laboratorio de actuación en que dos decenas de jóvenes frívolos -y hay que admitir que, desde ese punto de vista, se seleccionó lo mejor-, pretextando el deseo de hacerse actores profesionales en dos meses, dormían entrelazados como babuinos, se amaban con el criterio rotatorio de los cavernícolas y aderezaban sus ordinarias rabietas con frases conceptuosas dignas de un tratado kantiano. Entonces, con la idea de hacer más cruento y morboso el espectáculo, se determinó que, en aquellos concursos, la última palabra sobre los que perdían o ganaban la tuviera el público; un público estólido y con medio dedo de frente que desde entonces, como si se tratara de un decreto de Estado, en todos los canales y concursos de la misma estofa empezó a ser denominado unívocamente como “Colombia”.

De acuerdo con las expresiones de quienes participan en las diversas majaderías en vivo, Colombia es una especie de ser compacto, buenazo, justo, infalible y pensante -pero, claro está, esa es la ilusión mayor- a quien hay que conmover cada que se tiene una cámara en frente y muchos millones como premio prometido. Conmover, sí, porque eso es de lo que se trata en tales competencias: el talento no importa si se sabe apelar a esa híbrida condición nacional de estúpido sentimentalismo. Así, el triunfo suelen conquistarlo actores de teatro de marionetas, cantantes de piñata infantil o bailarines con vocación de camioneros.

Esta nueva lógica de melodrama ha desembocado, entonces, en las más absurdas ocurrencias del mercado de lágrimas televisivo. Se ha hecho posible, por ejemplo, que una persona compita en un torneo de baile esperando ganar un riñón o una silla de ruedas interplanetaria para un hijo; que dos familias decidan trocar, por una semana, padres tan deliberadamente opuestos como pueden serlo un capitán de la Policía y un fanático de Queen; que un muchacho con anteojos acepte voluntariamente el papel de bobalicón para cortejar a una modelo con cerebro de almendra; que aquellos que hasta ahora habían vivido en paz con sus verrugas y barrigas adiposas ahora decidan luchar como fieras por una operación estética.

Ante este popurrí de tragedias, intrigas y bufonerías tan olímpicamente puesto en evidencia, la reacción natural parece ser la de culpar a los productores de la televisión, por lo demás frecuentemente acusados de patrocinar imbecilidades y cursilerías insípidas. Es más o menos verdad que, como se acuñó en la moneda de la tradición oral, “la culpa no es del cerdo sino del que lo alimenta”; sin embargo, tratándose de refranes, también sería necesario admitir que “a los borricos, alfalfa”, o que “a quien tiene cama y duerme en el suelo, nada de duelo”. Con el bastón de mando de un control remoto, cada quién elige de qué país quiere ser rey.

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