El arte derrotado por la guerra

El arte derrotado por la guerra
En 1914 se demostró fehacientemente que el arte es débil frente a la brutalidad de la guerra y la violencia

/ Carlos Arturo Fernández U.

En los últimos días se han multiplicado las ceremonias que recuerdan los cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, el 28 de julio de 1914. Un mes antes había sido asesinado en Sarajevo el archiduque Francisco Fernando, sucesor al trono del Imperio de Austria-Hungría. Lo que vino después fue una de las carnicerías más espantosas de la historia de la humanidad.

Sin embargo, a estas ceremonias del centenario convendría agregar una más: el obituario de las primeras vanguardias, literalmente barridas del mapa por la Gran Guerra. Por supuesto, nosotros percibimos con más fuerza las dimensiones de esa tragedia artística porque no valoramos las vanguardias por la resonancia que tenían en su día sino por la significación que alcanzaron para los artistas del siglo 20.

Las principales manifestaciones artísticas de estos comienzos del siglo sucumbieron irremediablemente. Empezando por el Art Nouveau, el estilo de la “Belle Époque”, que no solo había afirmado su carácter de absoluta novedad sino que también reconocía los vínculos del arte y de la cultura con la ciencia, la tecnología y las fuerzas del progreso social y económico. Ya no habrá espacio para “épocas bellas”, felices y despreocupadas, de las cuales quedan solo fantasmas. A lo más, el tardío siglo 20 pensará en elaboraciones intelectualistas que buscan hacernos creer que todas las dimensiones de la vida se han transformado en estética, una idea, claro está, que pronto revela que está construida sobre las ruinas de una devastación que quiere ocultar.

Pero la muerte de las vanguardias históricas se hace patente, sobre todo, con el Cubismo, el Futurismo y los grupos del Expresionismo alemán, sobre todo porque no se trata solo de muertes simbólicas sino también de dolorosamente reales.


Egon Schiele – Amantes

Pablo Picasso había comenzado sus experiencias volumétricas en 1906; al año siguiente trabó amistad con el pintor Georges Braque, con quien dio vida al Cubismo a lo largo de los siguientes siete años, en un trabajo colectivo en el cual a ellos mismos les resultaba difícil distinguir las pinturas del uno y del otro. Pero al estallar la guerra, Braque debió alistarse en el ejército y partir para el frente. Picasso recordaba: “Fui a despedirlo a la estación; él partió para la guerra y, en realidad, nunca más lo volví a encontrar”. Braque fue herido gravemente en 1915 y cuando dos años después volvió a pintar, ya los caminos de ambos se había distanciado totalmente. Pero Picasso no solo perdió a Braque. Pocos días después de estallar el conflicto, el estado francés confiscó todo lo que tenía en su poder Daniel-Henry Kahnweiler, un alemán residente en París que era el principal galerista de Picasso en ese momento. Las obras cubistas se remataron a precios irrisorios y, por supuesto, también Picasso, visto con desconfianza por sus vínculos con ciudadanos alemanes, se quedó sin posibilidades de vivir de su trabajo. El Cubismo había muerto y Picasso prácticamente abandonó la pintura durante casi dos años. Para completar la desgracia, en 1915 murió su compañera Eva Gouel quien, según sus propias palabras, fue la mujer que más amó en su vida.

El final del Futurismo italiano es aún más dramático. Umberto Boccioni, líder indiscutible del grupo, se alistó en 1915 y murió al caer accidentalmente de su caballo, lejos del frente, en medio de una sesión de ejercicios militares. El joven arquitecto Antonio Sant’Elia, quizá una de las mentes más lúcidas del movimiento y quien, a juzgar por sus proyectos, seguramente habría logrado revolucionar la historia de la arquitectura, murió en batalla en 1916. La guerra acabó con la salud mental de Carlo Carrá quien tardó mucho tiempo en recuperarse. Lo poco que quedó del Futurismo después de la Guerra, terminó años después aproximándose al Fascismo…

Kirchner – Autorretrato como soldado
Picasso – Arlequin

Tampoco el Expresionismo alemán se salvó. August Macke, creador de las obras más cálidas del grupo de El Jinete Azul, murió en el frente apenas iniciada la guerra, lo mismo que Franz Marc, quien se había hecho famoso por sus pinturas de animales de colores arbitrarios. Se levantó entonces en Alemania una protesta social para que los jóvenes artistas fueran retirados del frente, lo que posiblemente salvó la vida de Paul Klee, uno de los pintores más trascendentales de la primera mitad del siglo. Pero otros, como Ernst Kirchner, no se recuperaron jamás de tan terrible experiencia. El grupo de los expresionistas quedó casi completamente desmantelado con la salida del ruso Wassili Kandinsky quien, por motivos obvios, tuvo que regresar a su país.

Antonio Sant’elia
Edificio en escalas con ascensores externos
Boccioni
Formas únicas de continuidad en el espacio

El drama de la guerra se acrecentó aún más con la “gripe española”, la mayor pandemia de la historia, que cobró entre 50 y 100 millones de víctimas, y que se expandió gracias al mismo conflicto. Por esa causa murieron en 1918 el poeta francés Guillaume Apollinaire y los artistas austríacos Otto Wagner, Kolo Moser, Gustav Klimt y Egon Schiele.

Bien puede decirse que lo que quedó fue un paisaje artístico devastado y la conciencia de que muchas de las mejores fuerzas de las vanguardias habían sido sacrificadas en aras de la irracionalidad. Por eso, no es extraño que en medio del conflicto, en 1916, apareciera el Dadaísmo como un grito que proclamaba la negación absoluta de la cultura occidental, que solo era capaz de producir muerte y destrucción.

En 1914 se demostró fehacientemente que el arte, que proclama los valores de la vida y de la creatividad, es débil frente a la brutalidad de la guerra y la violencia.

La Gran Guerra arrasó con la historia. Después de eso, nada podía ser igual.
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