El arte como experiencia vital

El arte como experiencia vital
Hoy celebramos la destrucción de la antigua torre de marfil y la intensa contaminación social y cultural del arte y de la historia del arte

/ Carlos Arturo Fernández U.

Muchas veces creemos que las obras de arte viven en una especie de torre de marfil, que las ubica muy lejos de los intereses y preocupaciones de la mayoría de las personas. Imaginamos, quizá, que esa torre es resultado, por una parte, de la institución de los museos y, por otra, de la historia del arte, porque en ambos campos parecerían privilegiarse las obras que se definen como “maestras” y eternas. Suponemos que en esos espacios nadie las puede tocar ni cuestionar, que las obras entran a los museos para quedarse allí para siempre, y que si llegaron a las páginas de la historia del arte es, seguramente, porque son esenciales para toda la humanidad. Parecería, entonces, que el arte se escapara de nuestro espacio y de nuestro tiempo.

L.H.O.O.Q. Marcel Duchamp
“The running fence”. Christo y Jeanne Claude

Pero, de hecho, esa apariencia de eternidad no procede de las obras de arte mismas sino del uso que se hace de ellas en el contexto social.

De manera general, podría afirmarse que en la valoración habitual que hacemos de la producción artística resulta muy difícil desprenderse de los vínculos entre arte y poder (poder político, social, cultural, religioso) que fueron predominantes a lo largo de los siglos. En ese sentido, la idea de la torre de marfil del arte no es más que una forma de quedarse anclados en el pasado.

Sin embargo, hay otra manera de ver las cosas, que afirma, sin ninguna duda, que el arte es inseparable de su condición histórica, social y cultural, y que ello se refiere por igual a los procesos de producción de las obras por los artistas y a la relación del público con el arte.

En otras palabras, en este campo no hay posibilidad real de quedarse en el pasado. Lo que se refuerza, además, con la advertencia de que las profundas transformaciones del arte en los últimos doscientos años no tienen que ver solo con la apariencia de las obras sino también con nuestra manera de acercarnos a ellas, de valorarlas e interpretarlas. Y todo esto nos pone ante perspectivas extraordinarias.


Guernica. Pablo Picasso

Durante la Edad Media o en nuestra época colonial el arte tenía un carácter religioso y su apreciación consistía, fundamentalmente, en que el fiel se dejara arrastrar por la devoción que inspiraba y, en el mejor de los casos, se aproximara a la carga de doctrina y de dogma que ilustraba. En otros contextos predominó el arte como decoración y lujo en los espacios cotidianos de las altas clases sociales y, en consecuencia, el espectador estaba invitado a deslumbrarse con él. En buena parte del siglo 20, por razones que no solo tuvieron que ver con las artes sino también con el pensamiento y la cultura, se impuso la idea de que lo fundamental era entender, a través de un análisis intrínseco, la manera como el artista había estructurado la forma de su obra; de allí se desprendieron diversos métodos de aproximación que buscaban facilitar la lectura de esos textos visuales que son las artes plásticas.

Por el contrario, en las últimas décadas ha habido una preocupación muy grande por la reflexión acerca de la cultura, reflexión que tiene efectos evidentes en la consideración de los problemas del arte. En efecto, durante muchos siglos se había identificado el terreno de la cultura con el del arte y ambos se reconocían como altos valores espirituales; al lado se ubicaba la civilización científica y tecnológica y abajo, muy abajo, quedaban los comportamientos y la vida cotidiana. Hoy entendemos la cultura en un sentido mucho más amplio, en el cual se relacionan todos los elementos que forman parte del modo de vida de una sociedad o de un grupo humano. Y, por supuesto, también el arte debe ser analizado e interpretado a partir de ese amplio contexto social y cultural, porque la creación artística y sus mensajes simbólicos forman parte de una red social y cultural sin la cual no pueden ser entendidos.

No se trata de desconocer los elementos formales de las obras, su vinculación con el espacio cotidiano o con las ideologías de diversas clases, sino, por el contrario, de enriquecer esas perspectivas con la comprensión de que el arte es uno de los medios a través de los cuales los grupos humanos reflexionan y dan sentido a su experiencia vital.

Por eso, hoy celebramos la destrucción de la antigua torre de marfil y la intensa contaminación social y cultural del arte y de la historia del arte.
opinion@vivirenelpoblado.com