El Agustinismo Político

 
 
El Agustinismo Político
 
   
 
Por: Gonzalo Soto Posada Adaptación del texto
por: Elizabeth Correa Londoño, estudiante de Periodismo,
Universidad de Antioquia

El teólogo cristiano San Agustín nació en Tagaste, actualmente Souk Ahras, en Argelia, en el año 354, y murió en Hipona, actualmente Annaba, en Argelia, en el año 430. El filósofo, místico, poeta, orador, escritor, profesor de retórica y pastor logró fundir en su pensamiento: el mundo romano y latino, en medio del que vivió; el mundo oriental que el maniqueísmo le reveló; y el mundo griego que los platónicos le hicieron conocer. Los grandes problemas de su reflexión son bipolares: razón y fe, verdad y amor, naturaleza y gracia, ciudad terrena y ciudad celestial, hombre y Dios, bien y mal, virtud y vicio…

I. La ciudad de Dios, texto escrito entre el 413 y el 4262 nos deja ver el problema de la política en Agustín. En dicha obra la historia se piensa como la realización en el tiempo de un plan sobrenatural, el plan divino cuya expresión esencial es la Revelación de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. El motor de esta realización es la lucha entre la ciudad de Dios y la ciudad terrenal, entre las fuerzas de Dios y las fuerzas de Satán, entre los caballeros del bien y los caballeros del mal, entre dos formas de vivir el amor: el amor de Dios hasta el olvido de sí mismo y el amor de sí mismo hasta el olvido de Dios.

II. El problema del poder es entendido por este pensador como un servicio ejercido siempre en beneficio de los súbditos y no en el propio. Así el ejercicio del poder conjuga tres verbos: imperare, consulere, providere. Imperare es ejercer el mando, regir, gobernar, tomar las medidas necesarias para el bien de todos. Consulere remite al deliberar, juzgar detenidamente lo que se manda en bien de los súbditos: salud pública, paz, armonía ciudadana.
Providere es prever, organizar de antemano, observar el futuro, analizar el pasado, el presente y el futuro. En definitiva, estos verbos conjugados hacen que el verdadero poder sea sólo y nada más que servicio; lo demás es solo dominación y tiranía.Al conjugarse estos tres verbos se puede aspirar a la paz terrena en la ciudad terrena que no es otra que el cuidado de sí, de los otros, de las cosas y de Dios. La paz está pensada como “…la concordia bien ordenada de los hombres. Y el orden de esta paz consiste primero en no hacer mal a nadie y luego en ayudar a todo el que sea posible3.

III. En cuanto a la sociedad el teólogo distingue cuatro tipos: el de la familia (domus), el estado (urbs), la humanidad (orbs) y el mundo todo que abarca también la sociedad celeste (civitas mystica o civitas Dei). En todos ellos debe reinar la verdadera amistad, la paz y la concordia4.

IV. El populus lo determina en un primer momento tomando la definición de Cicerón (De republica1, 25, 42): “pueblo es la asociación de personas basada en la aceptación de unas leyes y en la comunión de intereses”5 . Luego Agustín hace su propia definición: “pueblo es el conjunto de una multitud racional asociado por la comunión concorde de las cosas que ama”6. Es de nuevo el amor lo que posibilita esta definición. Donde el pueblo pone su amor, allí está su esencia y existencia. Para Agustín, la concepción de la política como una ampliación social de la ética tiene un horizonte: Dios y la ley divina7 cuya síntesis es el amor a Dios y al prójimo8.

V. Con base en el amor y la amistad, el agudo doctor suelta su anhelo y deseo: que los buenos en tanto guiados por el amor arriben al poder y lo detenten largo tiempo.

VI. En el pensamiento agustiniano los motivos válidos para declarar una guerra son los siguientes: defensa de los Estados para conservar sus pactos y supervivencia9 y hacerla para conseguir la paz10. Es que nadie puede en principio dar la muerte11. El homicidio es legítimo solo por voluntad divina o de la sociedad12.Con base en estos elementos, Agustín le da a los cristianos medievales el paradigma definitivo: la guerra es un medio lícito para restablecer la paz y la justicia violada y para castigar a los malvados. Combatir a los herejes y someter a los pueblos paganos son conductas moralmente justificadas desde que la intención sea recta. La causa de Dios justifica las armas contra heterodoxos e infieles.