El agua en el principio y en el fin

El agua es imprescindible para la vida, la fertiliza y la fecunda

Por: Saúl Álvarez Lara

Dicen los textos sagrados hindúes: “En el principio todo era agua”. Tres cuartos de la composición de la Tierra y dos tercios de la composición del cuerpo humano son agua. Antes de nacer, los seres humanos pasan nueve meses sumergidos en los líquidos del vientre materno. El agua es irremplazable como parte esencial de la vida vegetal y animal. En océanos, mares, lagos, lagunas, ríos o riachuelos, y en las humedades de la tierra misma se dan las condiciones para la vida. Es un tesoro valioso que debemos cuidar, las consecuencias de su escasez son múltiples y la sufren por igual todos los seres vivos del planeta.

Portadora de vida, la gota de agua, regresa al océano después de cumplir su ciclo. Sencillo, vital y casi lineal el ciclo de una gota de agua se inicia con el calor del sol que la evapora de las superficies húmedas de la tierra. Convertida en vapor la gota asciende a la atmósfera. Al alcanzar una altura donde el frío es intenso el vapor se condensa y con otros miles o millones de gotas forma las nubes. Por la acción de los vientos las nubes se desplazan. Si un obstáculo aparece en su camino, una montaña o quizá, si el impulso del viento aumenta, las nubes suben a una altura mayor donde el frío es más intenso, las gotas se funden unas con otras y el volumen de la nube aumenta hasta que se produce la lluvia; las gotas que subieron en estado de vapor, vuelven a la Tierra en forma de lluvia. Pero si la zona donde el viento empujó la nube es aun más fría, las gotas se cristalizan y se convierten en copos de nieve que caen lentamente al suelo. Sucede con frecuencia que entre la nube, que el viento obligó a subir, y la superficie de la tierra se desliza un filón de aire helado, las gotas de agua cruzan esa zona gélida y continúan su caída en forma de trozos de hielo, de granizo. Así, la gota de agua que ascendió a la atmósfera y regresó convertida en lluvia, en copo de nieve o en trozo de hielo, se derrite en su contacto con la Tierra, resbala y se filtra entre las capas del suelo, no se detiene, busca una salida entre las rendijas del subsuelo, encuentra un nacimiento, un riachuelo, una quebrada, un río, vuelve al mar y está lista para comenzar el nuevo ciclo.

El volumen del agua en la Tierra, a pesar de que no se encuentra siempre en los mismos sitios, es más o menos el mismo. Sin embargo, el equilibrio entre las aguas en sus diferentes estados contribuye a regular la temperatura de la Tierra. Como el agua sólida, hielo, es más liviana que el agua líquida, impide que el agua debajo de los témpanos de hielo en los polos se evapore, mantiene el nivel del mar y regula la temperatura global gracias a las corrientes marinas. Es lo ideal.

Sin embargo, el calentamiento global perturba el equilibrio entre agua sólida, hielo, y agua líquida. Los polos se derriten e inundan el mar con enormes cantidades de agua fría que cambian las corrientes marinas, enfrían las aguas, suben el nivel de los océanos y afectan el clima del planeta. Este es el tema que, en los últimos días, se trató en La Cumbre del Clima en París, donde 195 países adoptaron el primer acuerdo para atajar el calentamiento global y las emisiones de gases de efecto invernadero, dióxido de carbono, producido por la acción de los seres humanos.
El objetivo pactado es conseguir que el aumento de la temperatura media del planeta, al final de siglo 21, se quede “por debajo” de los dos grados con respecto a los niveles preindustriales, antes de 1920, para evitar daños irreversibles.

El agua fuente de vida, está en el origen de la Tierra. Es nuestra responsabilidad cuidar su frágil equilibrio y evitar que llegue el día en que un vaso de agua sea un artículo de lujo o la disculpa para una guerra.