Dulce Epifanio

 Por: Jose Gabriel Baena 
 
Por estos días se exhibe en la Biblioteca Pública Piloto una muestra documental organizada por el Metro de Medellín –que se abrió en abril en la Estación Niquía, acompañando la publicación de un librito de la colección “Palabras Rodantes” que la empresa adelanta con Comfama- sobre el poeta Epifanio Mejía. La muestra estará circulando todo el año por entidades culturales. A duras penas es conocido Epifanio por los jóvenes, como el autor de las estrofas que se extrajeron para el Himno Antioqueño, y esta exhibición es oportunidad para que se produzca un acercamiento a este juglar infortunado que junto con Gregorio Gutiérrez Gónzalez produjo la mejor lírica regional nuestra del siglo 19.
Lo que podríamos llamar la vida “racional” de Epifanio duró apenas unos cuarenta años, cuando es internado en el primer manicomio de Medellín y luego en el de Aranjuez. Campesino nacido en una vereda de Yarumal, de numerosa familia, muere su padre cuando el joven apenas tiene diecisiete años y le toca afrontar el ganarse la vida para todos, en oficios agrícolas y luego como vendedor de misceláneas en almacenes del centro de la Bella Villa, casado muy pronto y con 12 hijos uno tras otro. Unos veinte años de su vida los pasa entre Medellín y su pueblo natal hasta que es tocado por las tinieblas de la locura, una especie de melancolía profunda en la que se sume para siempre. Contaban los campesinos que Epifanio fue embrujado por las sirenas del río Caunce en su tierra natal, con quienes bajaba a conversar en largas noches, hasta la madrugada. Era esto por 1878. Pero ya había publicado en revistas algunos poemas y escasas prosas, que le habían merecido el cariño de sus lectores, entre ellos el célebre “Canto del Antioqueño”, un verdadero himno de batalla en aquella época de guerras civiles sucesivas, y cuyas estrofas más delicadas fueron las escogidas para el Himno, hecho oficial apenas a principios de los años sesenta.
En 1913, cuando murió Epifanio, escribía Tomás Carrasquilla: “… Mejía acaba de morir en las tristezas de un manicomio. Digno proscenio para el adiós eterno de esta alma tan melancólica, tan tierna y tan bondadosa, en ese lugar apartado, de aires puros, de perfumes campesinos, entre el rumor de seres apagados, entre flores conventuales, entre las toscas albas de las hijas de San Vicente… Amante, como Gregorio, de la naturaleza y de su tierra, trabajó miniaturas de asuntos campesinos, llenas de belleza, de frescura y de color local. ¡Qué delicadeza la de aquel pincel: ¡Qué piedad la de ese corazón de poeta! Después del “Himno”, son estos cuadros lo más granado de su mies poética. Al leerlos, se respira el éter de nuestras cumbres, henchido de fragancias memorosas; se contempla la escena ingenua de nuestros montañeses. ¡Qué hermosa la sencillez de lo cotidiano al través de un alma blasonada por el ensueño! ¡Qué dulce saber sentir la vida y hacérsela sentir a los demás!…” Carrasquilla se dolía del desconocimiento del poeta entre los jóvenes de la época, europeizados, y regañaba así: “Es de lamentarse que esta juventud actual, que traduce poetas del italiano, del inglés, del alemán, no haya traducido a cualquiera de esas lenguas algunos de estos delicados poemas. Vosotros los Latorres, los Ospinas, los Canos; vosotros los Bernardos Jaramillos, los Tomases Márquez, los Jesuses Uribes, los Abeles Farinas, ¿no sois, por ventura, hijos de estas montañas? Y tú, Carlos É. Restrepo, que presides la República, que viertes a nuestra lengua las sutilezas de Rostand, ¿no lo eres, tampoco?”
La última gran crítica estudiosa que se hizo sobre Epifanio fue la del padre Félix Restrepo en 1938, con ocasión de su centenario. Allí apuntaba: … “Así acabó hacia 1878 la corta vida del poeta; lo demás fue un largo y melancólico crepúsculo de más de treinta años que pasó él recluído en una celda de nuestro manicomio. Rodaban allí tras los caritativos muros los meses y los años, y el poeta se imaginaba vivir en el mejor de los mundos. Así, aun en su desgracia, era Epifanio todo generosidad y todo corazón. Y así, aun en su locura, pasó tranquilos sus años, mecido por las doradas ilusiones y acompañado por los hijos de su fantasía”.
Epifanio en griego significa “revelación” y ésta en español es también “epifanía”. Pásense los lectores por la muestra en la Piloto para que les sea revelado, así sea en rápida visión, el espíritu de este vate cuyos versos sencillos y profundos nos vuelven a una época pletórica de mariposas y de avecillas, de riachuelos y de montañas y cielos esplendorosos, de las hojas de su selva, de huracanes terribles y silencios de lujo, del trabajo titánico, todo en un fondo palpitante de belleza, de serenatas y dulces despertares. Todo eso que ya nunca tendremos: el hogar del poeta de la tierra.

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