Dime qué subrayas y te diré quién eres

Nombres y fechas, frases célebres o candidatas a la celebridad, títulos de textos, citas y notas de pie de página. Subrayé hasta el índice
/ Esteban Carlos Mejía

¿Les ha pasado que prestan un libro en una biblioteca y al leerlo descubren, alarmados, que está subrayado con sevicia o voracidad? Hace poco, por ejemplo, estaba leyendo Tratado de ateología, de Michel Onfray, y no pude. Párrafos remachados a la guachapanda. Insultos al margen. Tachones por doquier. Páginas rasgadas. Una degollina. Obvio, maldije al carnicero. Desistí y busqué otro ejemplar, ya no prestado sino comprado.

Pero lo que es la vida. Apenas abrí mi libro, empecé a hacer lo mismo. Lápiz y regla en mano me puse a la tarea de resaltar lo que me gustaba. Nombres y fechas, frases célebres o candidatas a la celebridad, títulos de textos, citas y notas de pie de página. Subrayé hasta el índice. ¿Incoherencia? No creo. Subrayamos en un libro aquello que somos, deseamos ser o no seremos jamás. El siguiente lector sabrá disculpar mis rayones. O hará como yo.

* Día tras día. ¿Y la efeméride de esta semana? El 9 de agosto de 1962, a los 85 años de edad, moría en Montagnola, cantón del Tesino, Suiza, uno de los creadores más prolíficos del siglo XX, el escritor alemán Hermann Hesse. Mientras dormía, una hemorragia cerebral lo despachó a la nada.

Poeta, cuentista, ensayista, novelista, Hesse elaboró una obra monumental, vendida por millones en el mundo entero y traducida a más de 40 idiomas. Tuvo una vida batallada. Siendo muy joven se escapó de un seminario evangélico. Trabajó como mecánico en una fábrica de relojes. Después, gracias a los dioses, se hizo librero. Librero de libreros. A los 21 años de edad publicó su primer libro de poemas, fracaso comercial, éxito artístico. Al estallar la Primera Guerra Mundial fue declarado inútil para el combate y confinado a manejar la librería de los prisioneros de guerra alemanes en Berna, Suiza. Se volvió escritor de tiempo completo para cumplir el juramento que se había hecho años antes: “Seré poeta o nada”. En 1946 fue Premio Nobel de Literatura.

Sus obras han estado presentes en las lecturas de varias generaciones. Que levante la mano el que no haya leído o, al menos, ojeado alguno de sus libros más famosos: Demian (1919), Siddhartha (1922) o El lobo estepario (1927). De su libro más ambicioso, El juego de los abalorios (1943), tengo un recuerdo agridulce. Una vez en tercero o cuarto de bachillerato (8° o 9°) le prometí a un compañero muy querido, Nacho Tobón, que en vacaciones la leería y haría un informe de lectura por él. Fui incapaz: a esa edad la metáfora de la novela me resultó ilegible. Él perdió la materia y yo, por poco, pierdo su amistad. Oh, fortuna, Nacho ya me perdonó. Porque la vida es o parece un juego de abalorios.

* * Body copy. “En el bosque de la ficción, aunque las relaciones entre todas las cosas eran evidentes, nunca obtenía respuestas lógicas, a diferencia de lo que sucedía con las matemáticas. El papel de las historias de ficción era, grosso modo, presentar una cuestión bajo una forma distinta. Y dependiendo de las características y de la transformación que sufría aquella cuestión, la solución quedaba sugerida en la historia. Él atrapaba esa sugerencia y regresaba al mundo real. Era como un pedazo de papel en el que había escrito un conjuro incomprensible”.

Haruki Murakami. 1Q84. Primera edición: 2009.

* * * Vademécum. ¿Prolífico? Dice el Diccionario de la Real Academia: “Dicho de un escritor, de un artista, etc.: Autores de muchas obras.” ¿Abalorio? “Conjunto de cuentas agujereadas, con las cuales, ensartándolas, se hacen adornos y labores”.

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