Después del gusto…

Al leer un buen texto uno no quiere que el gusto se acabe jamás y que al avanzar en la lectura solo se ansía que el final se postergue o se retarde lo máximo posible
/ Esteban Carlos Mejía
¿Por qué releemos, habiendo tantos libros nuevos por leer? Pregunta retórica. ¿Por qué queremos follar una y otra vez con la persona que amamos o deseamos? ¿Cuál es el misterio de la repetición del goce? En alguna parte, Javier Marías sostiene algo así como que al leer un buen texto uno no quiere que el gusto se acabe jamás y que al avanzar en la lectura solo se ansía que el final se postergue o se retarde lo máximo posible, a sabiendas de que eso es imposible, pues la lectura es un placer que se consume a sí mismo, aunque lo anhelemos interminable. ¿Suena complicado? No lo es. Piensen en alguna novela (o en alguna persona) que los haya embrujado.

* Día tras día. El 2 de octubre de 1904, nació en Berkhamsted, Hertfordshire, Inglaterra, uno de los más vigorosos autores en lengua inglesa del siglo 21: Graham Greene.

Fui y soy su lector apasionado. Cada vez que releo una de sus novelas me vuelvo una esponja. El americano impasible (The quiet american, 1955) es su mejor obra: novela policíaca y erótica y política y de amor y de espionaje: retrato escrupuloso de las secuelas sociales y personales del imperialismo en Vietnam.

Greene, profeta de la precisión, las tramas bien urdidas y la verosimilitud. Nunca le dieron el Premio Nobel, injusticias de la Literatura.

* * Body copy. “Antes del beso del hechizo, fue el niño más hermoso del mundo. Toda la vida hablaron de su belleza principesca. Pero después del beso, fulminante e inesperado, como sapo fue un sapo cualquiera.

Nunca se identificó al culpable. Se dijo que el pequeño príncipe salió a jugar al jardín el primer lunes de noviembre y alguien lo desapareció con un beso. Alguien, una bruja rencorosa y despechada, una mala mujer, una maestra de escuela, quién sabe. Hablaron de una nube oscura, un viento raro, un perfume que les hizo cerrar los ojos. En todo caso, solo encontraron un sapo que derramaba lágrimas en la fuente del jardín. Espantaron al sapo y lloraron al príncipe.

El sapo esperó durante mucho tiempo que una princesa extraviara su pelota de oro en el bosque. Su pelota, sus aretes o al menos un zapato. Le preguntaría al verla llorar:

-¿Qué me darás si encuentro tu pelota?
–Lo que quieras –diría la princesa–. Mis vestidos, mis perlas, mis coronas.
–Quiero que tú me quieras, que juegues conmigo y me permitas sentarme a tu lado en la mesa –diría el sapo–. Comeré en tu plato, beberé de tu vaso y dormiré en tu cama. Si me lo prometes, encontraré tu pelota de oro.

La princesa diría que sí, y él encontraría la pelota y sería feliz con la princesa. En el momento menos pensado recibiría el beso mágico y sería príncipe otra vez, hermoso y feliz para siempre”.
Triunfo Arciniegas. El sapito que comía princesas, en Caperucita roja y otras historias perversas, julio 2015.
opinion@vivirenelpoblado.com