Desdichas y dichas del libro

 
Por: Jose Gabriel Baena
Ya estamos pues en abril, cuando se cumplen en el mundo de los libros y la literatura un montón de aniversarios de nacimientos y muertes de escritores de aquí y de allá y otras conmemoraciones: Cervantes, Shakespeare, Marco Fidel Suárez, Manuel Mejía Vallejo, Día del Idioma, Día del Libro, Día del Maestro, Feria del Libro de Bogotá, en fin; Abril debería llamarse “Libril”.
Y como siempre, la Cámara Colombiana del Libro publicará sus estadísticas pesadillescas, cada vez más tétricas, sobre el índice de lectura entre los colombianos que fluctúa, según esa entidad, entre ½ y 1 y ½ libro al año por cada uno de nuestros compatriotas. Eso me recuerda la famosa anécdota para burlarse de los estadísticos que dice que si hay dos tipos encerrados en una habitación, alguien les tira un pollo asado, el sujeto más vivo lo agarra y lo devora íntegro, entonces según los estadísticos cada uno se comió exactamente de a medio pollo.
Cómo hace un sujeto-alfabeto para leerse solo medio libro al año será para mí siempre un misterio, yo que me puedo leer, digamos por lo bajo, 100 libros enteros bien deliciosos (arte y novelas), y picotear para investigación y por puro trabajo otros 100 al año, por lo menos. Sin contar todas las idioteces que lee uno en Internet.
Una encuesta británica reciente se centró en este tema del cual solían gozar los libreros de antaño, los cultos, los que sabían, encuesta que mostró por ejemplo que los ingleses adultos y jóvenes no son capaces de leer completas obras cumbres y obligatorias en la escuela como el “Ulises” de Joyce o “Crimen y castigo” de Dostoyevski, algo semejante a lo que ocurre aquí con “Cien años de soledad” o con “El Quijote”. ¿En algún pénsum de secundaria figura todavía la “María” de Isaacs? ¿Todavía les hacen leer a los muchachos las obras del “boom”, “La ciudad y los perros” de Vargas Llosa, a Donoso, a Cortázar, a Onetti?
Y las causas principales para no tener tiempo de leer en Inglaterra, proyectables a América: Estar demasiado cansados: 48% de los no-lectores. Mirar mejor la TV o la Red: 46%. Jugar en el computador: 26%. Trabajar hasta muy tarde: 21%. Los más curiosos hallazgos de la encuesta se refieren a: Clientes que solo compran libros para decorar: 55%. Libros más exhibidos en los hogares para aparentar que allí hay “gente inteligente”: el “Ulises” de Joyce y el Quijote. Gentes que dicen que no comprarían un libro que tenga más de 350 páginas: 34%. Gentes que nunca se le han medido a un libro: 56%. Gentes que no se leerían un libro en un día de vacaciones: 76%. Ese es a vuelo de pájaro miope un panorama del mundillo libresco en el último año. Voy a confesar algo: no me preocupa en absoluto: leer demasiados libros te come el coco, te aleja de la vida auténtica: ¡el dinero y los negocios! Y TE CONDUCE AL FRACASO. A los jóvenes les recomiendo que se vayan a recorrer el mundo antes de que todo se inunde o se incendie, y que los dioses los lleven con bien.
Por mi parte ya fui condenado desde siempre y para siempre a la vida falsa vida libresca. La pasada semanasanta releí, después de casi cincuenta años, las “Aventuras de Huck Finn” de Mark Twain: esa maravilla de humor negro con un personaje indómito entre niño y adolescente que, como su salvaje padre, detesta la escuela, los libros, la buena educación y sin embargo se las arregla para supuestamente escribir el delicioso relato de su vida ya mayor. ¿Qué más podemos hacer los que no podemos pasar día sin libro en la mano sino volver a los viejos tomos que nos condujeron por el sendero equivocado, buscando quizás el punto donde todo se rompió, no para empezar de nuevo, ese imposible, sino para saber, simplemente? Decía el mismo Mark Twain: “Los buenos amigos, los buenos libros y una conciencia soñadora en la tarde de verano, esa es la vida ideal”, como el joven poeta John Keats: “A mí dénme libros, frutas, vino francés y un clima rico, y un poco de música en la calle, tocada por gentes que no conozco”. Las frases sobre los libros son tan incontables como ellos mismos, como las arenas de la mar, pero mi preferida últimamente como lema es una del sufrido Kafka, doblemente maldito como escritor y como lector, y ahí la dejo a ustedes como regalo en la lluviosa primavera: “Un libro, tu libro, debe ser como un hacha rompehielos, para quebrar los mares congelados dentro de tu alma”. ¡K-Kkkrashhhh!!!

jgbaena@vivirenelpoblado.com