Desde el Museo / julio (quincena 1)

     
     
    Publicado en la edición 393, 05 julio de 2009
     
       
     
     
       
     
    Pedro Justo Berrío
     
       
     
    Como es obvio, una vez que se dio paso a la participación del público los platillos desaparecieron rápidamente, lo que hacía pensar acerca de valores como la permanencia de la obra de arte y sus límites visuales y materiales
     
       
     
     
       
     
    Por Carlos Arturo Fernández U.
     
     
    Con frecuencia se piensa que el interés por la ciudad es un problema estético propio de los artistas actuales. Incluso pareciera que en ello radicara una de las características más específicas de lo contemporáneo frente al arte del pasado, en un mundo donde la mayor parte de la población se concentra en centros urbanos más o menos grandes. Y en esa dirección, es claro que, además de la abundante presencia de esculturas e intervenciones plásticas en el espacio público, un amplio número de creadores concibe hoy su trabajo como participación y acción social en el marco de la ciudad y de sus comunidades.
    Sin embargo, el problema no puede limitarse sólo a las expresiones y conceptos del arte de hoy. En efecto, a lo largo de toda su historia el arte ha mantenido una estrecha relación con la vida urbana, hasta el punto de que, muchas veces, se identifica la historia del arte con la historia de las ciudades.
    En esa relación, los monumentos ciudadanos juegan un papel fundamental. Ellos no fueron pensados solamente (ni sobreviven) con la misión de embellecer calles y plazas sino que son manifestación de las ideologías que sustentan los proyectos de ciudad que se van imponiendo a lo largo de la historia urbana. Ese doble carácter, estético y político, les confiere quizá su mayor valor histórico y social.
    La estatua de Pedro Justo Berrío, en la plaza mayor y centro fundacional de Medellín, tiene un especial poder en la configuración de los ideales cívicos de la ciudad. La escultura, instalada en 1893, es una figura de tamaño natural vaciada bronce y colocada sobre un pedestal de mármol de Carrara. Es obra del escultor italiano Giovanni Anderlini, quien se había especializado en la realización de este tipo de monumentos ciudadanos, que en la segunda mitad del siglo 19 muchas personas consideraban como la más elevada manifestación en el arte de la escultura por ser vigorosos núcleos de pensamiento político.
    En realidad, la estatua de Pedro Justo Berrío es producto de un taller donde se realizaban obras más o menos en serie para atender una amplia demanda de monumentos en las jóvenes repúblicas americanas, sin que el artista tuviera un conocimiento claro de los personajes representados. A pesar de ello, la obra de Anderlini se destaca por su sobriedad republicana, su contención, la ausencia de retórica y el tratamiento directo del personaje, lo que la convierte en símbolo cívico de los mejores valores de la ciudad en crecimiento. Aquí se alude a la ética del ciudadano que vive el servicio a la patria como un valor supremo, y no a un héroe cuyas gestas gloriosas lo han ubicado por encima de los demás mortales.
    Por supuesto, las ideologías e intereses pueden hoy ser diferentes. Pero los monumentos ciudadanos no sólo nos recuerdan el pasado sino que también hacen presente la idea de la ciudad como construcción colectiva y la posibilidad de una interpretación estética de los valores que nos constituyen como sociedad.