Desayunando con huevos rancheros

Mi primer encuentro con ellos tuvo lugar hace bastantes años, cuando vivíamos en la Central Hidroeléctrica de Guadalupe, donde trabajaba como ingeniero. Un fin de semana tuvimos de visita en casa a uno de mis hermanos acompañado de algunos amigos y amigas comunes; el domingo en la mañana había que hacer el desayuno para la visita y cuando decidíamos qué hacer, una de las visitantes dijo: “Que alguien haga el café, el chocolate, caliente las arepas y sirva el quesito, que yo me encargo de hacer unos huevos rancheros para cada uno”.
Hicimos la cuenta de los huevos que teníamos en la nevera y vimos que no eran suficientes para todos, y como todos dijeron “quiero”, rápidamente me dirigí a una de las tiendas de “El Salto” a completar lo necesario para preparar el suculento desayuno que se veía venir.
Con solo ver los huevos que preparó Sol, quedé perdidamente enamorado del plato de ese día: cada una de las la cacerolas en que los cocinó contenía rodajas de cebolla, tomate, ajo picado, tocineta, huevos con su yema brillante medio cocida, salsa de tomate, tajadas de queso Edam y unas gotas de ají Respin (en esos años por estos lares no había llegado el tabasco a conquistar), todo esto cocido en una mezcla de mantequilla y la grasa que soltó la primera cocción de la tocineta y durante su cocción a fuego vivo bien tapados con la tapa de la cacerola,
Estos huevos rancheros se convirtieron en uno de mis platos favoritos y eran parte del desayuno con el que atendíamos los domingos a nuestros frecuentes huéspedes, compuestos por familiares y amigos que nos acercaban a la ciudad cada vez que con sus visitas nos traían novedades de la bella villa.
Pasaron los años y en cierto momento nos fuimos a vivir a Quito donde rápidamente nos sentimos como en casa y conseguimos una serie de nuevos amigos, aquellas personas especiales que cuando vives como expatriado, y ellos también están en la misma condición, se convierten en tus nuevos hermanos.
Un domingo temprano en la mañana sonó él teléfono de casa. Eran Jairo y Aura, quienes nos dijeron: “Si no han desayunado vengan para la casa y compartimos un desayuno mexicano que seguro les va encantar” (ellos habían vivido varios años en ese país).
El desayuno de ese día permanece en mi memoria como un recuerdo imborrable: piña y melón recién cortados en cubos pequeños, chocolate con leche recién batido y muy espumoso, arepas delgadas recién hechas, queso fresco, mantequilla, frisoles refritos y huevos rancheros, pero los de verdad, hechos a la manera tradicional de México.
Estos fueron hechos así: durante varios minutos se cocinaron unos tomates pelados y sin semillas, a continuación cocinaron en una sartén con un poco de aceite una cebolla picada y un diente de ajo; cuando la primera empezó a perder su color agregaron el tomate cocido partido en pedazos y todo esto lo dejaron cocer durante unos minutos. Mientras tanto tomaron un ají no muy picante al que le sacaron las venas y semillas. En la licuadora mezclaron el sofrito con el ají y lo procesaron hasta tener una salsa.
Pasaron por un poco de aceite caliente las arepas de tela (con las que reemplazaron las tradicionales tortillas) para fritarlas un poco y finalmente hicieron huevos en cacerola que bajaron del fuego antes de que las yemas endurecieran.
Para servirlos pusieron en un plato un poco de salsa como fondo, a continuación y encima una de las arepas, luego un huevo frito recién hecho, y encima un poco de la salsa y unas ramas de cilantro. Al lado frisoles refritos y más arepas.
Aún hoy, después de unos 30 años, recuerdo con fruición ese desayuno y el placer de haber conocido los auténticos huevos rancheros, aunque la verdad es que los que hizo Sol todavía me siguen gustando.
Comentarios y sugerencias pueden dirigirse a alvaronenator@gmail.com. Buenos Aires, Septiembre de 2012.
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