Democracia y prosperidad

Fernando Carvajal Sánchez
Por Fernando Carvajal Sánchez / Opinión

El referendo es obligatorio cuando el Parlamento pretende modificar la Constitución. O para oponerse a las leyes aprobadas por el Parlamento, si se han reunido las firmas de 50.000 ciudadanos.

Suiza, con una población aproximada de 8 millones y medio de habitantes, es un estado confederal de 26 cantones. Cada cantón tiene más autonomía respecto al poder central, que un estado de la federación estadunidense.

A nivel confederal y cantonal, Suiza practica una democracia directa entre cuyos instrumentos están el derecho de iniciativa y el de referendo que consiste en una consulta popular para que los ciudadanos se pronuncien sobre ciertos temas.

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Cada año, en promedio, Suiza realiza, ella sola, la mitad de los referendos que tienen lugar en todo el mundo. El referendo es obligatorio cuando el Parlamento pretende modificar la Constitución. También puede haber uno para oponerse a las leyes aprobadas por el Parlamento, si se han reunido las firmas de 50.000 ciudadanos. Otra causa de referendo es la iniciativa popular una vez que se han reunido 100.000 firmas. En este caso el pueblo legisla directamente, pues el Parlamento no puede cambiar el texto de la iniciativa ciudadana. Los temas siguientes figuran entre los cientos sometidos a ese control democrático: abolir el Ejército; prohibir la construcción de centrales nucleares; adherir al espacio económico europeo…

Suiza no tiene muchos recursos naturales, pero es un país próspero como puede constatarse a partir de dos índices entre muchos otros: sus instituciones de educación superior figuran en tercera posición en el mundo, según el ranking establecido por un instituto británico de consejo (QS World University Ranking); y tres de sus ciudades (Zúrich, Ginebra y Basilea) están entre las diez más agradables en el planeta por la calidad de vida que ofrecen, según la clasificación de Mercer (Quality of Living City Ranking).

Es probable que el control democrático tenga efectos positivos sobre la eficiencia y prosperidad del sistema. Los políticos, incluso quienes proceden de partidos mayoritarios, saben que sus resoluciones podrían ser revertidas por los votantes. Prefieren transigir, ceder y entenderse con sus adversarios para evitar el riesgo de ver sus decisiones repudiadas. De esta manera, las leyes suelen ser fruto de la inteligencia colectiva y de un consenso que se produce luego de arduas negociaciones donde se expresan las diferentes sensibilidades. Esa manera de proceder es creadora de una cultura de respeto y de pertenencia que se difunde en toda la sociedad y se traduce en la vida cotidiana, haciendo que la gente sienta los bienes comunes como suyos y los cuide.

En el largo plazo un alto nivel de democracia puede, bajo ciertas condiciones, crear prosperidad.

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