Del tráfico de influencias y las malas compañías

Uno empieza leyendo Las nieves del Kilimanjaro y acaba obsesionado por Sartoris o Mientras agonizo

/ Esteban Carlos Mejía

¿De dónde vienen las influencias en los escritores? ¿Por qué un autor influye a otro? ¿Y cómo? ¿A son de qué? ¿Cuestión de magnetismo? ¿Hipnotismo? ¿Esquizofrenia? No sé. ¿Lo sabré algún día? Preguntar me gusta más que responder. Dudar, para mí, es más sexy que creer con los ojos cerrados.

¿Por qué Ernest Hemingway me atrapó desde mi juventud? ¿Por su estilo directo, escueto, sin saliva, desprovisto de adjetivos y adverbios inútiles? ¿Acaso por su narración sin freno, incesante, seductora? ¿Por la punta del iceberg, su hipótesis sobre la creación literaria? Ojalá supiera, repito. Tengo claro, eso sí, que Hemingway me condujo a otros escritorazos: John Steinbeck, F. Scott Fitzgerald, John Dos Passos. Y, desde luego, a Sherwood Anderson y a los asombrosos relatos de Winesburg, Ohio, obra que, lectura a lectura, me cautiva y me estremece de dicha. ¿Y de Sherwood Anderson cómo no pasar a William Faulkner, dios y profeta antihemigwayano? Digo Faulkner y el alma me vibra con fervor en un éxtasis único.

Son las secuelas del tráfico de influencias: uno empieza leyendo Las nieves del Kilimanjaro y acaba obsesionado por Sartoris o Mientras agonizo. Del estilo descarnado de Hemingway a la floritura inmarcesible (que no se puede marchitar) de Faulkner. Y la cadena aún no se cierra: Faulkner – Salinger – Capote – Harper Lee – Norman Mailer – Philip Roth – David Foster Wallace – Doris Lessing – Jonathan Franzen. Esto es lo bueno de las malas compañías: uno se envicia, luz de la calle, oscuridad de la casa.

*Día tras día: ¿Cuál es la efeméride literaria de esta semana? El 16 de noviembre de 1922, en Azinhaga, Portugal, nació José Saramago, premio Nobel de Literatura en 1998. Saramago es un vicio. Su modo envolvente, la ingeniosidad de sus tramas, la osadía intelectual y narrativa, la seguridad en sí mismo, la independencia y el vértigo de sus textos, son condiciones suficientes y necesarias para leerlo y releerlo sin pararse a escoger uno u otro de sus libros. El placer es igual si uno lee El año de la muerte de Ricardo Reis o El evangelio según Jesucristo o Ensayo sobre la ceguera. El gozo y el estupor, la satisfacción y las ganas, la jerarquía y la exquisitez.

**Body copy: “Siempre he sentido, en cierto modo, una especie de afinidad con la gente de color, porque su situación es igual a la mía: nos hallamos fuera del círculo de la sociedad norteamericana. Mi exilio es voluntario, por supuesto. Es evidente, sin embargo, que muchos negros desean convertirse en miembros activos de la clase media norteamericana. La verdad es que no puedo entender por qué. He de admitir que este deseo suyo me lleva a poner en entredicho sus juicios de valor. Pero si quieren integrarse en la burguesía, no es asunto mío, en realidad. Pueden ratificar si quieren su propia condenación. Yo, personalmente, protestaría con todas mis fuerzas si sospechase que alguien intentaba auparme a la clase media. Lucharía contra el individuo descarriado que intentase auparme, desde luego. La lucha tomaría la forma de manifestaciones de protesta con los carteles y pancartas tradicionales, que, en este caso, dirían: ‘Muera la clase media’, ‘Abajo la clase media’. No me importaría tampoco lanzar uno o dos cócteles molotov.”
John Kennedy Toole, La conjura de los necios, 1980.