Del desapego, y de cómo San Francisco armó el pesebre

 

La estrella de los Magos te conducirá mucho más lejos de la humilde cueva a la que ellos llegaron, y seguirás, ¿quién sabe hacia dónde?
No necesitas mover un dedo para traspasar la luna y el Océano de Leche, puedes viajar como los ángeles con un solo aletear de pestañas, hasta las salas de estancia de los que dijeron “sí, avancemos”.
Querrías ser como el burro de la aldeílla de Greccio, aquel escogido por el humilde Juan para armar el primer pesebre por orden de Francisco el de Asís, y he aquí que el Señor no solo te ha hecho burro sino que eres el más burro de todos los burros de la ciudad: acuérdate de Pinocho y sus mil aventuras para llegar a ser un hombre “y trabajar”, el pobrecillo. Caigan mil rayos sobre Collodi, su autor.
¿Y quién será la Dama que hará el papel de mi compañera bueyezuela?
¿Y quién hará de niño desprotegido, entre el heno que deberemos calentar con nuestro aliento de brutos?
Y vengan pues los hombres y mujeres de la comarca, rebosantes de gozo, y traigan a sus niños mayorcitos con sus cirios y antorchas también a darle tibieza a la caverna, tibieza que se siente todavía ochocientos años después, y señalen con temor y alegría la estrella en el Oriente, fulgurando.
Y dice Tomás de Celano, biógrafo de Francisco, que ante el pesebre la simplicidad fue honrada y la pobreza ensalzada y la aldeílla se convirtió en una nueva Belén, y la noche a la luz de las antorchas y de la Estrella resplandeció como el día, “noche placentera para los hombres y los animales, y que la selva resonaba de voces y las rocas respondían a los himnos de júbilo”.
Y Francisco celebró la misa, pues, hacia la medianoche “traspasado de piedad y derretido en inefable gozo” disfrutando de singular consolación, mientras cantaban los hermanos las alabanzas debidas al Altísimo. Lo que más sorprende en el relato de Celano es que el Pobre de Asís disfrutaba una por una las palabras de su misa y que cuando pronunciaba “Bethleem” lo hacía “como oveja que bala” o “niño de Bethleeem” o “Jesús”, y que “pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura como de miel de estas palabras”.
Después vinieron las leyendas infinitas sobre el poder del heno de aquella noche para curar borricos y bueyes y otros animales, a través de ocho siglos en que comiendo de este heno de la cueva se curaban de sus males numerosos: ni todo el heno del mundo, lo sabemos, pero hay que creerlo, hubiera bastado para ello, y yo hubiese querido ser uno de tantos miles de jumentos que han llevado allí para sanarlos de sus llagas y fuertes cólicos, y también ha servido el heno para que, colocando un poco sobre el vientre de mujeres con partos dolorosos puedan dar a luz felizmente y, bueno, para curar otros males misteriosos de los humanos de ambos sexos.
Y como sé que en este diciembre todos los lectores estarán atragantados de buñuelos y natillas y arequipes y hojaldres y manjares blancos y tamales y empanadas y sabajones y vinos de consagrar y no querrán leer más de dos líneas (este periódico les llegará en la semana de novena y aguinaldos), vaya a ustedes esto como mi tarjeta de Natividad, yo que nací en diciembre 25 ya estoy bañado en lágrimas orando por vosotros, así que os ruego orar a vuestra vez por el humilde borriquillo juanplateresco que esto escribe, mientras me voy al trote hacia el establo a disfrutar mi avena, ¡Aleluya! ¡Aleluya!

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