Decisiones

     
     Publicado en la edición 395, 02 agosto de 2009 
       
     
    Decisiones
     
       
     
    La verdad no hay aún una forma clara de interpretar el hecho de que se esté hablando que por la crisis mundial, finalmente en la ciudad las obras que se habían proyectado como inminentes y parte del Plan de Desarrollo de esta administración, se vayan a tener que reducir significativamente. Aunque no hay un anuncio oficial al respecto, ya se pueden hacer algunos comentarios.
    Es claro que visto desde cierto ángulo, esta decisión puede resultar correcta, pues es lógico pensar que los ciudadanos no estarán cómodos pagando una valorización con la que se pretendía financiar parte de las obras, sobre todo en una época de vacas flacas.
    Es casi un axioma pensar que a ningún ciudadano del mundo le gusta pagar impuestos. Y si existe la disculpa, cierta o falsa, de que el palo no está pa’ cucharas, también es sabido que decretar algún impuesto es la manera más rápida de perder popularidad para cualquier mandatario, de cualquier parte del mundo. No hay excepciones.
    Pero, mirado también de manera inversa, en estos momentos de gran crisis, como en momentos anteriores y viendo los niveles de violencia e inseguridad que nos rondan, de desempleo, falta de inversión, por no mencionar los temas que tienen que ver con Venezuela o Ecuador, el análisis en Medellín sobre la conveniencia o no de proyectar obras de gran envergadura, no debería obedecer a las directrices que marcan ciertos analistas pegados de mezquinos intereses.
    Ya ha sido probado históricamente que en momentos de gran crisis económica como la que los detractores del modelo de valorización esgrimen, la construcción de grandes obras públicas ha servido para reactivar todos los sectores de la economía y evitar que la crisis se cale profundamente hasta lugares donde sea imposible o por lo menos muy difícil proponer soluciones.
    Buscar alargar los plazos de pago, por ejemplo, buscar la manera de que la ciudad consiga préstamos garantizados en el pago que deberán hacer a futuro los ciudadanos, emitir bonos, por mencionar algunas soluciones que se han usado en otros momentos, deberían ser revisadas detalladamente ahora. Quizás de esta dificultad salga un modelo de financiación para que la competitividad de la que presumimos se haga verdad.
    A veces la realidad es tan dura al mirarla de frente que no pareciera haber una puerta de escape. Pero es precisamente en estos momentos cuando la sociedad en su conjunto, gobernantes y ciudadanos, trabajen de la mano, empujando todos para el mismo lado.
    No es fácil tomar alguna de estas dos decisiones. Sea que se siga con el proyecto de valorización como se había planteado o que se reduzca para tratar de no molestar a quienes de todas maneras se van a quejar. Desde aquí esperamos que Medellín busque una salida que le permita a sus habitantes demostrar su talento y que no se plantee el trabajo del rebusque en la calle como una alternativa de dignidad.