Debussy, señor de los ensueños

“Debussy, señor de los ensueños”
Esta es la última columna de don Rafael Vega Bustamante. La escribió pocos días antes de su muerte para Vivir en El Poblado, por la celebración de los 150 años de nacimiento de Debussy

Por Rafael Vega Bustamante
Claude Debussy nació el 22 de agosto de 1862 en Saint Germain-en-Laye (Francia) y falleció el 25 de marzo de 1918 en París.
Una de las características que sobresalen en Debussy es que su música no tiene ningún parentesco con la música compuesta hasta entonces por otros compositores. Es original en todos sus aspectos. Por esta razón se puede afirmar que Debussy partió en dos la historia de la música; su influencia en los compositores que lo siguieron, especialmente sus contemporáneos franceses, es evidente. También fue importante el contacto con literatos como Stephan Mallarmé (1842-1898), uno de los creadores del simbolismo, “movimiento poético que intenta expresar las secretas afinidades de las cosas con nuestra alma”. En los círculos literarios del simbolismo, Debussy formó los conceptos esenciales para producir algunas de sus obras para orquesta, como La Siesta de un Fauno en 1862.
Desde pequeño se impresionó con la naturaleza, los bosques y la soledad del campo. Su humilde familia poco tenía de musical, pero su padre era aficionado a la ópera. Fue admitido en el Conservatorio en la clase de Marmontel y en su examen de admisión manifestó rebeldía cuando le pidieron que tocara el Preludio en fa menor , de J. S. Bach; lo tocó mal y el profesor le preguntó cuántas horas había estudiado y Debussy contestó que ocho horas, pero dedicadas a los Cuartetos de Haydn, cuya partitura había pedido prestada y como se vencía el plazo para devolverla la estudió todo el tiempo.
Más tarde se encontró con la obra de Maeterlinck: Pelleas et Melisande, la devoró en una tarde y dedicó diez años a componer una ópera atípica en su género. Su sencillo argumento le dio pie para lograr grandes efectos mediante una escasa acción y dar a conocer la trama en forma oblicua y por alusión. Lo que no se ve sobre la escena se sugiere por medio de una música que activa la imaginación y produce grandes impresiones. El mar, el bosque, el castillo, la fuente, la cueva y la torre constituyen el mundo dramático de esta obra y son tan importantes como los personajes. Debussy es conocido, al lado de Ravel, como un impresionista musical.
Sobre el impresionismo nos ilustra A. Latham: “Estilo de pintura francesa de finales del siglo XIX y por extensión la música de la siguiente generación, especialmente Ravel. El cuadro de Monet ‘Impresión al amanecer’ fue una obra clave que condujo a la acuñación del término”.
El piano en Debussy es un instrumento portavoz de grandes impresiones y voces poéticas. Algunos títulos de composiciones para el teclado lo confirman: Estampas (1903): I Pagodas, II Tarde en Granada, III Jardines bajo la lluvia; De un cuaderno de esbozos (1903); Máscaras (1904); La isla alegre (1904); Imágenes (1907): I Campanas a través de las hojas, II Y la luna desciende sobre el templo que fue, III Peces de oro; El Rincón de los niños: I Doctor Gradus ad parnasum, II Jumbo´s Lullaby (Canción de cuna del elefante) y III Serenata.
En la parte técnica, uno los aportes sobresalientes de Debussy fue la inauguración de las escalas de tonos enteros donde evita los semitonos de la escala diatónica y logra un colorido diferente y sugestivo.
El Libro primero de los Preludios tiene una invención puramente musical como los Preludios de Bach y de Chopin, con elementos visuales en los títulos: Danzarinas de Delfos, Velas; Los sonidos y los perfumes flotan en el aire de la tarde. Pasos en la nieve, La niña de los cabellos de lino; La catedral sumergida.
En últimas, Debussy siempre se manifestó en su música con nombres que no son solo descriptivos sino sugerentes de situaciones anímicas creando una música genial.