De libro en libro

Los libros son una fiesta y la lectura, un acto gozoso de principio a fin. No admite comparaciones, nadie es mejor o peor por sus preferencias literarias; ni obedece a rigideces, leer por obligación es una pérdida de tiempo cuando hay tanto para escoger
/ Etcétera. Adriana Mejía

La sensación es agridulce. De un lado, la emoción de ver, tocar, oler, sentir montones de publicaciones en el Jardín Botánico y, del otro, la tristeza de constatar el cierre de tantas librerías –sobre todo en el Centro- que se han visto obligadas a poner punto final a la novela de amor que por años han protagonizado con los compradores sui géneris que las frecuentan.

Por el deterioro del entorno, porque los vendedores están reemplazando a los libreros, porque la cibercultura llegó para quedarse, porque los profesores de Español no enseñan a leer, porque el alto costo de la canasta familiar excluye al libro, porque aquí se lee poco (en reciente estudio regional del Cerlalc, México y Colombia con 2.9 y 2.2 libros anuales leídos por habitante están, de lejos, al final del ranking. Chile y Argentina lo encabezan con 5.4 y 4.6, y España nos da sopa y seco con 10.3), porque el mercado de libros se ha convertido en un deporte de alto riesgo, porque el pez grande se come al pequeño, por lo que sea, lo cierto es que en Medellín se está cerrando un círculo fundamental para el alma.

Pero, menos mal, se abren y fortalecen otros para equilibrar la balanza. La novena edición de la Fiesta del Libro y la Cultura es muestra destacable. Un esfuerzo conjunto de los sectores público y privado, con el aliento vital de miles de estudiantes de colegio que son la razón fundamental de esta iniciativa encaminada a despertar el interés por la lectura antes que la compra de libros, la cual, si funciona aquella, llegará por añadidura.

Primero la pasión, después –si se puede- la transacción.

Y eso, el gozo, es a mi juicio lo mejor de esta fiesta. Después del nombre, claro. (Fiesta supera a feria en el imaginario colectivo). Los libros son una fiesta y la lectura, un acto gozoso de principio a fin. Subjetivo y libre. Que no admite comparaciones, nadie es mejor o peor que nadie por sus preferencias literarias; ni obedece a rigideces, leer por obligación –excepto en los casos en que, por trabajo, toca hacerlo- es una pérdida de tiempo cuando hay tanto para escoger y tan poco tiempo para leer. (O para vivir, que viene siendo casi lo mismo).

Además del gusto personal –novela, cuento, poesía, misterio, historia, biografía…-, no hay mejor guía para escoger un libro o un autor, que el instante vital que se atraviesa. Una gran obra en un mal momento es, seguro, una oportunidad perdida. Lo que no quiere decir que lo que no nos gustó hoy tenga que gustarnos mañana.

Todos los lectores, ocasionales y compulsivos, guardamos una lista negra de títulos a los que no les hemos podido hincar el diente por más que lo hayamos intentado. Sólo que muchos, la mayoría, lo ocultan como el mayor de los secretos por temor a ser tachados de superficiales, incultos o cortos de inteligencia. (En esto de la cultura a la fuerza hay pose y hay arribismo y hay moda y hay, incluso, bullying.)
Otros hemos perdido, felizmente, la vergüenza.

Es una delicia poder decir, alto y claro, que La Montaña Mágica (Thomas Mann), luego de tres intentos –durante el bachillerato, la universidad, el ejercicio profesional- pasó, por fin, a dormir el sueño de los justos y que El Péndulo de Foucault (Umberto Eco) es más poderoso que la anestesia y que el Ulises de Joyce es ininteligible y que Memoria de mis putas tristes es la decadencia del ingenio monumental de García Márquez y que Tokio Blues (Murakami) está perfecto para cuñar puertas y que la María de Isaacs pues…

Y, ¿sabe qué? Sea lo que sea que usted piense de esta punta de iceberg –la parte ancha del listado de abandonados no cabría en este espacio-, tiene toda la razón. Cada quien es dueño de sus gustos y sus disgustos. De saltar de libro en libro.

ETCÉTERA: Hasta el domingo está abierta la Fiesta del Libro. Háganse el favor de ir. Su espíritu se los agradecerá. (Y de pronto va uno y se encuentra con Soy un gato de Natsume Söseki en cualquier estantería…).
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