De la línea al círculo

En la naturaleza rara vez se produce basura. Los desechos de algún organismo son un insumo para otro. Los humanos no hemos sido tan buenos para imitar estos comportamientos.

Por: Santiago Mejía Dugand
Por: Santiago Mejía Dugand

La naturaleza funciona en círculos, no en líneas. El ciclo del agua, por ejemplo: el agua del mar se evapora, se forman nubes que viajan a la montaña, llueve, se forman ríos, estos llegan al mar y empieza nuevamente el ciclo. Existen muchos otros, como los del nitrógeno y el fósforo (nutrientes esenciales para la vida en el planeta), el del carbono (alterado en gran medida desde la Revolución Industrial), y el alimenticio (los animales comen plantas, otros animales comen esos animales, estos a su vez mueren y se convierten en alimento para hongos y microorganismos, que a su vez producen nutrientes para las plantas… y empieza nuevamente el ciclo).

En la naturaleza rara vez se produce basura. Los desechos de algún organismo son un insumo para algún otro organismo. De manera elegante, todo lo que es inútil para unos, se convierte en algo útil para otros. Los humanos no hemos sido tan buenos para imitar estos comportamientos. Por el contrario, hemos diseñado sistemas profundamente lineales. En particular, el sistema económico dominante promueve un comportamiento lineal que se puede resumir en cuatro etapas: extracción, producción, consumo y desecho.

Para muchos (no todos, desafortunadamente) es claro que habitamos un planeta finito. Hay una cantidad finita de hierro, petróleo, oro, plata y agua. Nada se crea de la nada y muy poco llega del espacio exterior. El hierro, el oro y el petróleo provienen de algún lugar y van a parar a otro, y ninguno se renueva: los dos primeros se formaron hace millones de años en una estrella lejana, el otro requirió también de muchísimos años y condiciones geológicas particulares para formarse. Llamamos estos recursos no renovables.

Por otro lado, están aquellos que llamamos renovables, como la madera. Sin embargo, hasta estos tienen una capacidad limitada de renovarse y no se puede dar por sentada su disponibilidad. Pensemos en una cuenta de ahorros: si saco más dinero del que meto, es cuestión de tiempo hasta que me quede sin dinero. De igual manera, si talo más árboles de los que siembro (y dejo crecer), es claro que un día no habrá más madera.

Finalmente hay otro grupo: la gran variedad de materiales creados por el ser humano. No todos son malos, raros o tóxicos, pero muchos lo son. La naturaleza no ha tenido el tiempo que necesita para encontrar la manera de deshacerse de ellos de la misma elegante manera.

Los materiales no renovables no se renovarán (por definición), los renovables que no se exploten de manera sostenible no se renovarán, y los raros o tóxicos que se dejen tirados tardarán mucho tiempo en transformarse y harán mucho daño al ambiente en el proceso. Sin embargo, un cambio de pensamiento puede disminuir el impacto y mejorar las condiciones que están ocasionando las crisis ambientales que vivimos.

El pensamiento de ciclo de vida tal vez nos puede ayudar. Aunque puede llegar a ser tan complicado como para merecer estudios científicos complejos, cada quien puede formularse preguntas sencillas:

  • ¿De dónde vienen los materiales que componen el objeto que compré? ¿Han sido obtenidos de manera sostenible? ¿Bajo qué condiciones trabajan los seres humanos que los explotan o transforman?
  • ¿Qué impacto tiene el uso del producto que compré sobre el ambiente y la salud humana y no humana?
  • ¿A dónde va a parar el objeto que ya no me sirve cuando lo desecho? ¿Puede arreglarse? ¿Puede servirle a alguien más? ¿Puede reciclarse?

Es difícil cambiar el mundo, pero hay algo muy potente que se llama microrrevoluciones.

¿Qué hace cada uno de nosotros en su casa, cada día, para impulsar el cambio que se necesita? Alguna vez vi una frase que nos invita a asumir nuestro rol: “sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

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