De esas buenas conversaciones sobre vinos

Nos dio tema el presunto ingrediente de origen animal de los vinos, en especial en los tintos, que son los que más le gustan, y que siendo vegana sería razón suficiente para dejar de disfrutar sus copas o abandonar su estilo de alimentación
/ Juan Felipe Quintero

También creo en las conversaciones virtuales. Que no haya contacto visual y posibilidad de expresión corporal, no quiere decir que el intercambio de impresiones, información y emociones sea pobre. El mundo cambió y cambiaron las formas, no solo para mal.

Esta semana justo tuve una de esas conversaciones virtuales, con un anónimo. Una vegana anónima. Hablamos sobre vinos y, a pesar de la distancia, de la falta de contacto visual, los dos nos regalamos un antojo: ella, la vegana, de volver a tomar vino, un Merlot; yo de compartir esta historia, también de tumbar tantos mitos que enrarecen cada descorche.

Nos puso a conversar el presunto ingrediente de origen animal de los vinos, en especial en los tintos, que son los que más le gustan, y que siendo vegana sería razón suficiente para dejar de disfrutar sus copas o para abandonar su estilo de alimentación.

La pregunta, formulada en mi fan page de Facebook, no pudo robarme mayor curiosidad. “Me parece absurdo, pero, según algunos expertos, es verdad”, admitió.

“Aquí tumbo un par de mitos”, pensé. Y empezó la conversación. Le dije que los vinos son elaborados con uvas, que los animales no participan en el proceso, salvo si se trata de viñas orgánicas, y no porque hagan parte de los ingredientes, sino porque aportan abonos. Animales también hay, le respondí, en aromas descriptores de ciertos vinos, como los elaborados con la variedad española Monastrell o con la tan uruguaya Tannat. ¿Hay animales allí? No. Por la crianza en madera aparecen en la nariz roble, cuero, almizcle, animal.

Entre curiosos se conversa mejor, entonces hubo más cuerda: “Soy vegana desde hace tres años y mis contactos argentinos me comentaron que para la coloración del tinto utilizan en algunos lugares sangre de toro. Creo que abusan de nuestra ignorancia”.

Pues, sin descalificar a nadie, sí. Le conté a la vegana que el color de los tintos lo aporta la piel de las uvas. Un vino rosado proviene del contacto entre jugo y cáscaras por 6 a 17 horas; uno rubí, por 10 a 18 días. Ni sangre, ni toro, ni colorantes, nada.

Ahora, Sangre de Toro es un vino catalán, buenísimo para asados, que en vez de animales utiliza para su elaboración las uvas Garnacha y Mazuelo. Y no huele a animal muerto o desangrado: sus aromas recuerdan moras silvestres y especias.

“Has de pensar que soy una reverenda ignorante”, me dijo. Pero le dije que no es así. “Es un gusto para mí hablar de vinos”, le respondí, a lo que replicó: “Gracias por la información, ahora podré deleitarme con un exquisito Merlot, sin culpas o dudas”.

Le deseé buen provecho, le sugerí que cualquier día abra un Carmenere chileno, mi variedad favorita, y me quedé pensando en cuánta carreta nos han metido sobre el vino: que evita la caries y el Alzheimer, que también es hecho con manzanas, que una copa reemplaza un día de gimnasio, que se bebe al clima… Mucha carreta, mala carreta.