De carnes y amores en “Tirante el Blanco”

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De carnes y amores en “Tirante el Blanco”
El pícaro director Aranda se ocupa menos de los bobos combates y sí mucho más del subido calibre carnal de la novela

/ José Gabriel Baena

Haciendo zapping uno de estos sábados entre la pésima programación que suelen pasar en medio mundo los canales de cable los fines de semana, me encontré a bocajarro con que en la TV española iba a empezar la película Tirante el Blanco, de Vicente Aranda (2006), y me entregué a ella sin recato. Una de esas casualidades simbólicas o junguianas que tanto he mencionado porque con motivo de la bogotana feria del libro me dio mucho pesar que su dedicatoria a la literatura y cultura peruanas, y a Vargas Llosa, se hubiera reducido a la mitad para otorgarle puesto a los enlutados cortesanos de GGM.

¿Y por qué la relación? Justamente debido a que el Nobel del Perú, en épocas que no recuerdo, había dedicado juiciosos ensayos -reunidos en 1991- a la obra de caballería valenciana Tirant lo Blanch, de Joanot Martorell (1490), una novela de mil páginas que Vargas califica de tan colosal como magnífica en sus diversos planos: épica, realista, fantástica, militar, sentimental, risueña y erótica. Los múltiples estudiosos han dividido la novela en seis partes para su edición en castellano y la cinta de Aranda retoma la última, que han titulado El amor y la muerte de Tirante, donde todos esos aspectos relucen tanto como las armaduras de aluminio de los caballeros. Se trata del viaje final del héroe con sus nobles capitanes y ejército de bandidos a la cristiana ciudad de Constantinopla para protegerla de las ambiciones turcas y “mahométicas”, y será en esta saga donde al caballero le caigan del cielo toda clase de infortunios, enfermedades inexplicables, heridas en combate, estados de coma y final y fatal fractura de sus fémures, sin recurso de boticarios.

El pícaro director Aranda se ocupa menos de los bobos combates y sí mucho más del subido calibre carnal de la novela, le da a su película este matiz en profundo y entonces no nos deja que despeguemos los ojos de las partes visibles de los santísimos cuerpos y los senos –¡ah, los senos!- de las damas principales y de las doncellas de recámara, de Plazer de mi Vida, de Estefanía y la Viuda Reposada y hasta de la Emperatriz entrada en sus 50 y de la dulce princesa Carmezina, objeto platónico de amor de ese Tirante que cada vez nos parece más estúpido hasta su partida de este mundo. ¡Qué bellas esas elásticas novillas, aunque no se bañen! ¡Qué deliciosas escenas de alcoba y entre cortinajes! ¡Y qué resolución tan cómica –la de Martorell y Aranda- de poner a Tirant a desvirgar a la heroína sostenido por sus ayudantes! Y más diré que Aranda clavó una pica en Constantinopla al escoger para sus diálogos el castellano del siglo 16, que me parece que me está plaziendo mucho más que el español de agora mesmo, quizá viví en esos tiempos que parecen sueños, y he de confesar que muchas veces me perdí de atisbar significados, pero no me importó dado el dulzor desta lengua madre que sospecho llevamos infusa en nuestro corazón y cerebelo y que sobrevive aunque la Real Academia nos haya privado della. Dízenme las noticias que Tirante ha sido transportada al teatro, a la ópera seria y bufa, al ballet y al poema sinfónico y a las cantatas y cuentos infantiles, vaya, pero de corazón recomiendo que los lectores interesados se asomen primero al filme –destruido por la crítica cutre- en Netflix y luego al libro en su versión antigua y después al más moderno, que se pueden encontrar en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y en ediciones varias en papel, y ya pluma cállate.
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