Cultivarse

Todo se resume en esa palabra: la importancia de la lectura y la escritura, la necesidad de formarse un criterio, el hecho simple y decisivo de que cada uno está a cargo de su vida
/ Gustavo Arango

Hace mucho no enseñaba en el país de los colombios. Estuve en talleres para periodistas, en mesas de congresos, pero a un salón de clase no entraba desde hace dieciocho años. Era un curso intensivo de escritura creativa. Era un grupo de estudiantes de comunicación social ya muy cerca de graduarse. Era una universidad privada de la Costa. Tardé poco en recordar las actitudes y dinámicas del mundo en que empecé a ser profesor.

Ahí estaban los alumnos aplicados, los que preguntan y aprovechan cada instante de la clase. Pero también estaban los otros. Los que miran desde los rincones con desdén. Los que intentan medirte la paciencia y el conocimiento, con la esperanza de dejarte derrotado. Los que arman corrillos y se mandan mensajitos y se ríen y se olvidan de que al frente hay un tipo tratando de enseñarles alguna cosa que sirva. Todo se dio cita en ese salón de clase: el matoneo, los conflictos de raza y de clase, la cultura envilecida del dinero y la ingenuidad que sueña. Estaban los que piensan que pagando la matrícula ya han comprado el diploma. También, los que alguna vez tuvieron ilusiones de aprender y fueron decepcionados una y otra vez por profesores engañosos.

Como el perro viejo ladra echado, fui sorteando una a una las dificultades. A medida que lo hacía fui entendiendo que no sería el profesor que he sido en el país del sueño, y que no me sentiría tan a gusto con lo que hago, si no hubiera empezado mi carrera de tiza y tablero en un medio tan exigente. Entonces pensé en las dificultades, en el futuro incierto de esos muchachos, y sentí la necesidad de darles un mensaje que de veras fuera útil.

Primero les dije lo más obvio: que quien escribe tiene que leer y escribir mucho, que detrás de cada texto que se publica hay muchas horas de práctica, de borradores frágiles, de intentos que no clasificaron. Les hablé del témpano de hielo, de la pequeña punta que flota gracias a la masa enorme que hay debajo. Les hablé de las diez mil horas de práctica. Les dije que un comunicador que no es aficionado a las palabras es una cosa tan extraña como si a James Rodríguez no le gustara el fútbol y a Nairo Quintana lo aburrieran las bicicletas.

Luego les hablé de las historias, de esa necesidad humana tan vital como el alimento o el techo. Les expliqué que una de las tareas fundamentales del comunicador es transmitir historias y que su deber como profesionales es conocer cuáles son los temas esenciales, las preocupaciones básicas, lo que mueve esa red de relatos que envuelve y le da forma a nuestras vidas.

A medida que hablaba sentía que el efecto en los más atentos era evidente. Pero me quedaban los apáticos, los desconfiados. Supe que debía resumir mi legado en una o dos palabras que quedaran resonando, que quizá produjeran efecto meses o años más tarde.

Les hablé del Enquiridión de Epicteto, de su hermosa reflexión sobre la libertad y la felicidad, sobre la importancia de saber cuáles aspectos de nuestra vida controlamos y cuáles no. Les dije que solo somos dueños de nuestras decisiones, de lo que aceptamos y rechazamos, y que ese breve espacio de libertad está perdido si no nos formamos un criterio.

Así llegué a la síntesis con la que me despedí de mis únicos alumnos colombianos en casi dos décadas. Sin haberlo planeado, inspirado tal vez por los ejercicios de escritura, conseguí resumir todo lo que les había dicho con al verbo reflexivo “cultivarse”. Todo se resume en esa palabra: la importancia de la lectura y la escritura, la necesidad de formarse un criterio, el hecho simple y decisivo de que cada uno está a cargo de su vida. Les dije que el mundo los quería dóciles y mediocres para poder manipularlos, y que su propia vida era la empresa a la que cada uno tenía la obligación de enriquecer y dar prosperidad.
Cartagena, julio de 2015
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