Cuestión de óptica

     
     
    Cuestión de óptica
     
       
     
    Es cierto que el progreso trae muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto y otras muchas simplemente nuevas malas costumbres con las que tenemos que aprender a convivir. Con ese pretexto de modernidad la ciudad perdió algunos de sus pocos lugares memorables, no solo por su valor patrimonial, sino también como hechos arquitectónicos. No se trata de hacer un recuento bucólico de la vida, pues estamos seguros de que en muchos aspectos estamos mejor que hace algunos años. Pero queremos llamar la atención de otros temas que, evidentemente, no son para nada mejores que los que dejamos.
    Es el caso de la manía, porque no hay otra forma de llamarla, a la manera cómo la Oficina de Planeación de la ciudad permite una convivencia malsana entre lo que en abstracto llaman comercio con viviendas. No todo tipo de negocio es óptimo para estar ubicado en cualquier parte, así, por ejemplo El Poblado se ha negado por mucho tiempo a recibir en sus esquinas una sala de funerales y ni que se diga de la famosa terminal de buses.
    En cambio, como si fueran beneficiosas para la ciudad construida, la ciudad de los ciudadanos, la Oficina de Planeación permitió la devastación de barrios como el Lleras, para ser reemplazado por un uso, que aunque lícito está asociado al desorden y la indisciplina. Con este mismo ciego criterio, barrios como Astorga, Manila, Provenza, Santa María de los Ángeles, La Aguacatala, han visto llegar a sus nuevos vecinos sin reglas y peor aun sin quien las haga valer, porque reglas si hay.
    Ahora, con la proliferación de las tiendas de motos, El Poblado está asistiendo en silencio a una transformación que deteriorará predios por los cuales se ha pagado muchísimo. Es el caso no solo de las exhibiciones en aceras sino también de las demostraciones infinitas de ruidosos aparatos sin que ninguna autoridad se haga presente a pesar de que, como nos consta, vecinos molestos han puesto sus quejas a las autoridades. Ahora, para colmo empiezan a aparecer talleres de servicio. Camino directo a las reparaciones callejeras, a la transformación de un barrio supuestamente de alta categoría a que no se diferencie de otras zonas de Medellín que ya vivieron ese horror. No se trata de mirar con nostalgia el pasado. Solo se trata de elemental sentido común.