Cuento de Navidad

 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Nada tan común, por estos días, que los cuentos de Navidad. Claro, no se trata siempre del mismo argumento: a veces lo que se cuenta son idilios entre pastores que luego conocerán al niño de Belén; otras, la historia de un niño pobre —tísico, hospedado en un albergue— que al final puede comer pavo y tener un gran juguete, gracias a un viejo usurero a quien, a última hora, le invadió el buen espíritu de la época; o bien se relata la historia de algún muchacho obsesionado por un entrañable objeto perdido, la muerte de una madre entre la nieve o una noche pasada con un ganso en un desván.
Fácilmente se puede pergeñar un cuento decembrino: bastará, casi, con que haya algún animal manso cerca de una casa vieja, una estrella fugaz, un muchacho descalzo, un vigilante de hospital con barba blanca, un rifle de juguete en manos de algún afortunado (recurso, este último, ya “fusilado” por Tomás Carrasquilla) u otra imagen sutil cercana a un árbol con bolas rojas. Sin embargo, no es oportuno agobiar al lector de esta columna con un inverosímil artificio navideño, acaso sobre un gamín medellinense que se desempeña como jardinero, inopinadamente, en una casa acomodada la mañana del 24 de diciembre, y que… En fin: los monigotes de Dickens con las caras mestizas del Valle del Aburrá.
Me conformo apenas con esculcar en las antiguas páginas de la América india, donde un argumento se insinúa como el primer esbozo de una historia navideña andina. Quizá alguna pluma vigorosa —nada de esta anémica labor de opinión— saque provecho, algún día, de esta historia en embrión. El cuento tiene como inicio el nacimiento del importantísimo inca Yahuar Huácac, acompañado del presagio de que su primer llanto es de sangre. Al ser rey en propiedad, el indio gobierna influido por su fatal mala estrella y, por efecto de su insinuada ceguera filial, expulsa al primogénito Viracocha a un remoto paraje montañoso del Tawantinsuyu. Entonces aparece el decorado propiamente navideño: el príncipe viste las ropas humildes de un pastor y cuida, aunque no tiernas ovejas, sí las pacientes llamas y alpacas del ganado real; hace un frío horrible en las noches y todo consuelo está en el nocturno avistamiento de las estrellas rutilantes, teniendo como almohada una gigantesca piedra fría (quizá adornada con los dibujitos esculpidos por el dios Pachacámac desde el amanecer del mundo). Aparece un fantasma y advierte al desheredado que vuelva al palacio de su padre —como un hijo pródigo— y conduzca los ejércitos de Cuzco en contra de unos invasores que habrán de llegar. Así ocurre y, luego de triunfar en la guerra, Viracocha destrona a su padre cobarde y se convierte en rey. La noche de la coronación, alguien cree ver un cometa en el cielo.
Se extrañará que no haya ningún obsequio en el resumen presentado, elemento que, para muchos, ha de ser el eje de todo cuento navideño. La verdad es que nuestra leyenda amerindia pide sopesar otros ítems, y no los menos tradicionales: historias con reyes, hijos heroicos, animales peludos, noches de abandono, estrellas que guiñan los ojos, fantasmas mensajeros y premoniciones cumplidas. Sin embargo, los buenos propósitos del fin de año también alcanzan nuestro pequeño argumento, autorizado históricamente para satisfacer todos los gustos: al final se descubre que Viracocha ha dejado, como botín póstumo a todos sus súbditos, los secretos de la buena paternidad. Sobrio como San José, ha hecho que sus cantores divulguen a la posteridad todo lo que debe saber un padre: sin fatigar con asperezas innecesarias ni ablandar con excesivos regalos es que se crían hijos fuertes, sabios, animosos y discretos. Ahora, servida la moraleja, nuestros lectores podrán avanzar hasta el árbol para reprender, con exacta ternura, al rapaz que se apresta a quebrar las bolas. Feliz Navidad.

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