Cuándo un amigo se va

“El hombre que come mucho debe ser bueno, pues para comer mucho se necesita una buena digestión, y la buena digestión depende de una conciencia tranquila”
– Benjamín Disraeli

/ Julián Estrada

Bon vivant son dos palabras francesas que juntas conforman un atinado calificativo para referirse a aquellas personas que –pase lo que pase– disfrutan de la vida. Un auténtico bon vivant fue mi amigo y maestro Lácydes Moreno Blanco, fallecido el 14 de este mes; el galicismo le cala perfectamente a quien hace 95 años (1920), llegando a la vida recibió sus primeros alimentos de infancia en Burdeos (Francia), cuna de famosos vinos y de suculenta culinaria popular. Sin embargo, los acontecimientos políticos del momento (recién finalizaba la Primera Guerra Mundial) reubican a su familia en Cartagena, ciudad donde el pichón de sibarita goza entre calderos y pilones, de una inolvidable crianza saturada de mimos ejercidos con infinito cariño por su nana: la negra Cesárea, a quien Lácydes mantendrá en su memoria hasta el final de sus días. En épocas de mocedades disfrutó con recato y equilibrio sus posibilidades de ron y rumba y con relativa precocidad se encaminó por el mundo de las relaciones entre estados soberanos, oficio que le permitió viajar por todos los continentes del planeta y disfrutar largas estadías en pueblos y cocinas tan disímiles como aquellas de Cuba, Japón, Haití, Suecia y Checoslovaquia.>

Su pasión por la cocina brota desde sus días de inocencia, y recurrente fue su anécdota sobre los elogios paternos recibidos, a causa de su primera incursión en el fogón con un plátano maduro asado en horno de leña, cuyos aromas percibió su progenitor faltándole aún muchos pasos para abrir el portón de su residencia, para aquella época en el apacible barrio de El Cabrero.

Por lo anterior, no es osado aseverar que este cartagenero dedicó más de 90 años de su vida a aquello que convirtió en un goce cotidiano y a la vez en cantera de estudio de los más disímiles temas (filosofía, literatura, filología, poesía, historia, política) que con poética mirada los mezclaba, algunas veces en la olla de su sabiduría, otras tantas en su fogón de imaginación. En los últimos 25 años su pensamiento acerca del pasado y del futuro de la cocina colombiana se abrió camino bajo un discreto liderazgo, y tras muchos años de indiferencia pública y privada, afortunadamente, este gran señor tuvo un loable reconocimiento en vida, al recibir el Premio Nacional de Vida y Obra (2014) por parte del Ministerio de Cultura.

El destino nos presentó a Lácydes cuando él ya había tirado anclas; sin embargo, disfrutamos durante más de 30 años de su parsimoniosa y elegante conversación, de su fino humor y de su deliciosa erudición culinaria, la cual en sus escritos y tertulias se convertía en especie de lujuria… y a propósito, su elegante coquetería era reconocida y correspondida por mujeres de todas las regiones, de todos los países, de todas las edades y de todas las clases sociales… el viejo Lácydes era un experto en aquello del piropo; además, su figura le ayudaba demasiado. Lácydes era –en términos culinarios– una fusión perfecta entre Borges (literato) y Fernandel (humorista francés) quien con sus cejas mefistofélicas, su permanente sonrisa y su atronadora carcajada embrujaba foros y auditorios dejando un perfecto eco de amabilidad y conocimiento.

Mi gran amigo, el cocinero sin título, el goloso silencioso, el mejor lector de la ciencia del sabor, uno de los pocos colombianos que sí sabía fumar tabaco como un genuino disfrute gastronómico, ha decidido finalizar este periplo de luz. Ojalá que los aromas de su conocimiento impregnen – ¡ahora sí!- la cocina colombiana.
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