Cuando nos polarizamos

 

Si hay algo que caracterice a la Colombia de la época que atravesamos es la polarización. En el lenguaje y en las posiciones. Todo tiene que ser blanco o negro, sin matices, sin tonos de gris. Y con mayor razón ahora que de nuevo estamos inmersos en el frenesí de una campaña electoral.
Los ánimos se caldean y personas normalmente inteligentes comienzan a actuar como poseídas, convencidas -y tratando de convencernos- de que solo su candidato es el perfecto para Medellín y todos los demás la perdición. Las debilidades evidentes o las anteriores metidas de pata del candidato propio son maquilladas u olvidadas, en tanto que las de los demás son magnificadas y aderezadas con todo tipo de conjeturas malévolas.
Y es durante esta época que se hace el mayor derroche de inteligencia y creatividad. Pero no para diseñar el mejor programa de gobierno ni presentar soluciones válidas para tantísimos problemas de ciudades tan complejas como las colombianas. No, la inteligencia es gastada casi exclusivamente en la parte táctica de la campaña: Cómo hacer para que pierda el otro, cómo evitar afrontar temas difíciles en público, etcétera. Lo importante es llegar a la alcaldía, ya veremos qué hacemos una vez puestos allí.
Finalmente no queda tiempo para las cosas importantes porque todo se va en manejo de imagen y nada en fondo. Un síntoma muy concreto es el afán de evitar el debate hasta donde sea posible, no sea que se diga algo que pudiera afectar los resultados de las encuestas.
Pero bueno, al fin de cuentas tampoco importaría. Desde hace mucho tiempo la gente ya tiene posiciones -al menos sabe a quién odia o por quién no votaría- y unas cuantas discusiones públicas tal vez no cambien para nada la intención de voto. Cualquier cosa que diga el otro servirá para probar que es un inepto o que forma parte de una oscura conspiración para favorecer a determinado grupo económico. Y por nada del mundo modificarían esa opinión; a la gente le gusta sentirse inteligente y astuta por haber descubierto algo podrido en el candidato del otro bando.
Los candidatos seguirán cuidándose hasta el último día, dirán vaguedades que no los comprometan y actuarán solo en función de las últimas o de las próximas encuestas. Y en particular los aspirantes a repetir tratarán de inflar sus pocos aciertos y esperarán que el tiempo transcurrido desde su primera alcaldía no vuelva a sacar a flote su evidente mediocridad.
Y el día de elecciones saldremos a elegir convencidos de que ahora sí todo cambiará, pero en el fondo también sabremos que todo seguirá igual pues estaremos votando, nuevamente, por la imagen del candidato mas no por el candidato en sí. Y esperaremos ilusos que en las próximas elecciones sí haya más material de dónde elegir.

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