Cuando las lluviecitas rompieron a cantar

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Inevitablemente se me vinieron a la cabeza dos de mis canciones preferidas de los Beatles, una de McCartney, una de Lennon

/ José Gabriel Baena

En mi primera novela de los tiempos paleolíticos, situada en su mayor parte en Santa Elena, me encontré con uno de mis personajes más entrañables: una bella señora que solía pasearse por El Plan a lomos de su caballo negro cuando hacía solecito, y cuando llovía se bajaba de su cabalgadura y caminaba a su lado, descalza, saboreando con los pies el frío de la hierba. Eso siempre me sorprendió, aunque pertenecía a la ficción y nunca me atreví a seguirla en esa graciecita de los páramos, sólo apta para esquimales. Fuera de esa novela nunca más volví a ver a la bella señora Funke-Sterne pero cada vez (cada vez más escasa la vez) que empieza un inviernito, la recuerdo con agradecimiento, aunque nunca tuvo romance clandestino con vuestro autor (generalmente en mis novelas siempre ha llovido mucho, y, si me dan tiempo en Vivir en El Poblado, les iré soltando de a chorritos).

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Eso me sucedió hace pocos días, el miércoles 18 de marzo por la tarde, cuando después de 170 días del verano salvaje que se posó sobre la ciudad desde octubre, se precipitó una de esas tempestades bíblico-noéticas con infinidad de meteoros, amenazando ruina sobre mis hombros decrépitos. No hubo entonces felicidad completa porque a cada rayo devastador se disparaban en mi unidad las seis alarmas simultáneas que posee en su auto un sujeto bastante maleducado y miserable que piensa que las repugnantes sirenas son un juguete para burlarse de nosotros los vecinos entrados en la edad provecta. Provocaba estriparlo. Como la lluvia continuó toda la noche, más de diez veces contadas estuve a punto de sufrir un desprendimiento del corazón –lo poco que de él me queda–, hasta las 5 de la mañana.

Y bien, cuando las lluviecitas rompieron a cantar, inevitablemente se me vinieron a la cabeza dos de mis canciones preferidas de los Beatles, una de McCartney, una de Lennon: en la primera, Penny Lane, Sir Paul pone letras un tanto enigmáticas a una melodía redonda, donde habla por ejemplo de un banquero que nunca usa impermeable bajo la lluvia que cae tan extraña, tan extraña, y que cuando espera por un acicalado, irrumpe un bombero desde la lluvia igualmente extraña. A la otra canción, Rain, le apliqué una inversión de la llamada lógica del sentido –a Lennon le hubiera gustado–, y quedó así: Cuando la lluvia viene ellos corren y ocultan sus cabezas / podrían estar mejor muertos / y cuando el sol sale se deslizan en la sombra / y beben sus limonadas / Brilla el sol, me importa un pepino / Llueva, el tiempo es fabuloso / yo podría demostrarles que cuando llueve o brilla el sol todo es lo mismo / pero no / ¿Será sólo un estado de ánimo? / ¿Puedes oírme? ¿Puedes oírme?

¡Qué viva la lluvia! ¡Qué viva la música! ¡Qué hoy llueva de nuevo en vuestros corazones! ¿Ya sacaron sombrilla?

(Por las canciones de Serrat y de Sabina también circulan hermosos diluvios celestiales. Ya no recuerdo los álbumes. A buscarlos).

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Y finale por hoy: mi alegría se ve opacada por los terribles acontecimientos de Túnez. Aunque la mayoría de mis amigos hace mucho que son descreídos y nietzscheanos, por mi parte me veo impulsado cada vez más y de nuevo hacia el Espíritu. No pienses cosas malas, no escribas cosas malas. Protégenos, Señor, de toda tentación y ¡líbranos del fanatismo del Islam!
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