Cuando gritar es peor que pegar

Claro, y eso tiene sus consecuencias. Los hijos se acostumbran a este método y se pasan por la faja los primeros llamados y solo reaccionan cuando saben que lo que sigue es un grito.

Esta familia ficticia no es para nada fuera de lo ordinario. Al contrario, así pasa en muchas casas; es lo que muchas madres y padres hacen todos los días.

Nueva generación

Hoy hay una generación completa de padres que creció en la era de los castigos físicos y que por lo mismo juró que nunca le pegaría a sus hijos. El problema es que el esquema de ira y frustración que sustentaba el viejo modelo de los correazos y los coscorrones no despareció mágicamente solo porque una generación de padres bien intencionados así lo quiere. Ahora la ira no lleva a los golpes como antaño, pero a menudo lleva a los gritos. Y ese simple hecho de levantar la voz, dependiendo de qué se dice y qué tan a menudo se dice, puede tener el potencial de causar daño a largo plazo.

De acuerdo con un estudio publicado en 2003 en el Journal of Marriage and Family, el 74% de los padres encuestados reportó gritarle a sus hijos, y no una o dos veces. La mayoría dijo que lo había hecho más de 25 veces durante el último año. Estos números pueden ser más altos porque el estudio requería que fueran los mismos padres los que denunciaran su comportamiento, un comportamiento del que probablemente no se enorgullecen o que ocurre tan a menudo que lo olvidan o lo dan por corriente o normal o aceptable.

Para no irse por las ramas, los gritos son parte de la vida ordinaria de muchos hogares. Llamar de un grito a un niño que juega en una manga o que está en el lado opuesto de la casa, quizás no le haga ningún daño duradero. Gritarle a un niño que está a punto de hacer algo peligroso puede asustarle, pero no se hace para dañarlo, sino para protegerlo. Y si una familia es por costumbre bullosa y sociable, los gritos serán la norma.

Pero cuando una madre o un padre están cara a cara frente a su hijo gritándole con evidente ira o frustración, los expertos en crecimiento y desarrollo se preocupan por el impacto que semejante evento de agresión sicológica pueda tener. En esos momentos algunos padres pierden el control y aunque puede que no golpeen, las palabras que le dicen a un niño, especialmente si esas palabras incluyen insultos y amenazas, pueden causar un daño duradero.

Sí y no del grito

Cualquier padre sabe la frustración que se siente, y el deseo de gritar, cuando se ha pedido por enésima vez que arreglen el cuarto, o que boten la basura, o que no rayen las paredes, sobre todo cuando nada de esto se cumple.

Pero de aquí se deriva una pregunta interesante: en circunstancias parecidas, ¿se le grita a un compañero de oficina?, ¿al empacador del supermercado que puso el pan tajado en la misma bolsa con la lata de verduras?, ¿al jefe? Probablemente no, entonces, ¿por qué hay quienes piensan que está bien gritarle a los niños?

Parte de la respuesta está en que hay normas culturales implícitas que hacen ver como aceptable gritarle a los niños y al mismo tiempo lo impiden con los compañeros en el trabajo. Cambiar la cultura en este aspecto en particular significa reconocer que gritarle a los niños es tan equivocado como gritarle a los compañeros de la oficina. Si ese mensaje le llega a la gente, con seguridad buscarán alternativas en casa porque habrán entendido que gritarle a los niños es incorrecto.

Algunos padres usan el método de los hijos para manejar los gritos, por eso si alguien les grita, pues le ignoran, simplemente no escuchan; y los hijos adolescentes les gritan a sus padres, o por lo menos les bujan (y los padres los ingoran). Por eso los adultos (los padres) deben mantener el control aún cuando están molestos.

Muchos padres están de acuerdo con estos puntos de vista y aceptan que no se les debe gritar a los hijos para corregirles o controlar comportamientos indeseados, pero son muchos también los que dicen que está bien un grito de advertencia cuando un niño va a hacer algo potencialmente peligroso. Se trata de levantar la voz para llamar la atención, no para agredir o insultar. El lenguaje degradante no se debe usar con los niños.

Esa es la clave, el contexto en el que se dicen las cosas. Decirle a un niño que no vale nada, que es inservible, es diferente que llamarle la atención con voz recia para que recoja la ropa sucia. El daño se hace cuando se ataca el yo interno de un niño o su autoestima con expresiones como “ya no te quiero” u “ojalá no te hubiera tenido”.

Las acciones hablan más duro

Hay trucos de corto plazo para eludir las ganas de gritar, pero lo mejor es buscar una solución de largo plazo para manejar los conflictos familiares que pueden llevar a los gritos. Una forma es tener una red de apoyo para padres, formal o informal. ¿Cómo? Puede ser una amiga que se quede con sus hijos, o usted con los de ella, por un par de horas mientras la otra toma aire para seguir en la lucha; o tener un grupo de amigos con hijos del mismo rango de edad con los que se puedan compartir experiencias y procedimientos. Si la hija adolescente llegó más tarde de lo permitido, no es prudente discutir con ella en la madrugada (disgustado, teniendo frío y sueño), es mejor hacerlo al otro día para tener tiempo de pensar en lo que se va a decir y a hacer.

También es importante ser conciente del desarrollo mental del hijo para exigirle en concordancia. Si los padres de un niño de un año saben que él se va a meter cosas en la boca, no le pueden gritar por eso, pues esa es su manera de conocer el mundo. Si saben que su hijo de dos años todo lo toca y lo coge, sabiamente deben quitarle los problemas del camino (como las cosas rompibles y costosas) en vez de gritarle todo el tiempo para que no coja nada. Y si saben que un adolescente tiene una gran necesidad de independencia, deben hacer el esfuerzo de entender que no siempre quiera irse el fin de semana para la finca de los abuelos. Es normal que tenga otro plan.

Nueve estrategias

Estas son algunas estrategias probadas en el campo de acción para no gritar a los hijos. No está de más ensayarlas:

  • Diluir en humor: esta es difícil. Se trata de personificar un rol absurdo o bizarro (en situaciones y momentos que antes se resolvían con gritos) que llame la atención de su hijo. Algunos padres se ríen a carcajadas, otros imitan voces.
  • Cantar: cuando las ganas de gritar atacan, deben satisfacerse con el canto. Dicen los expertos que entre más desafinado y duro se cante (una canción que le moleste a sus hijos), mejor.
  • Mandarlos para afuera: obviamente no se hace con niños pequeños, ni en zonas peligrosas o inseguras, pero si niños en edad escolar han agotado la paciencia de sus padres, deben mandarlos para afuera (no fuera de la urbanización) por unos minutos. En ese tiempo habrá silencio en la casa y los padres podrán calmarse para actuar.
  • Susurros: entre más disgustado esté un padre, más bajo debe hablar, hasta llegar a los susurros. El hijo tendrá que escuchar con atención para entender lo que le están diciendo.
  • Invasión espacial: si el muchachito no quiere poner cuidado por nada del mundo, debe tomársele la cara (con mañita) y hablarle calmadamente y con firmeza, nariz contra nariz y mirándose a los ojos, invadir su espacio, para hacerle oír con claridad el mensaje que él está ignorando.
  • Insistir una vez, actuar inmediatamente: sin gritar, se le dice al niño que si no hace inmediatamente lo que se le pide, tal cosa (la pérdida de un privilegio, como ver televisión) ocurrirá. Se cuenta hasta tres y si nada pasa, se ejecuta la advertencia (se apaga el televisor) y se abandona el lugar sin aceptar ningún argumento ni súplica. No se debe dar más de una advertencia.
  • Tiempo fuera: cuando la necesidad de gritar es inatajable, hay que irse al cuarto, cerrar la puerta, acostarse y ponerse un trapo frío en la cara por unos momentos, mientras se recupera la calma.
  • La frase clave: algunos padres tienen una frase o expresión que cuando dicha es una clara señal para sus hijos de que han hecho algo malo; otros usan un gesto, una mirada, cierta manera de respirar, etcétera, como forma de advertencia que remplaza al grito.
  • La regla del no grito: tener una regla de no gritar aplicable a padres e hijos suele funcionar muy bien, sobre todo porque nadie quiere que sea una niña de 6 años quien exija, con justicia, su aplicación.