Cuando el metro deja de ser incluyente

No hay respeto de turnos, hay empujones. No hay viajes cómodos, hay sofocamiento. No hay cesión de puestos ni valoración de discapacitados, mujeres, ancianos o niños, hay usuarios desesperados que por no encontrar un lugar para regresar a casa se lo consiguen a golpes, si es necesario
Seis de la tarde, minutos antes y hasta una hora después: el metro pierde su carácter de medio de transporte cómodo, seguro y confiable y, todo lo contrario, se convierte en un sistema que atenta contra la inclusión. Ocurre todos los días y deja a sus víctimas invisibilizadas, por la fuerza de los hechos y por prácticas que lamentablemente ya se están convirtiendo en costumbre. 
La estación Poblado presenta los problemas de mayor gravedad, pero no están libres Aguacatala, Industriales o San Antonio. Filas interminables de usuarios buscan su lugar en taquillas, torniquetes, escaleras, rampas y trenes. Y buscarse un lugar, en la hora pico del final de la tarde, es un ejercicio de fuerza. No hay razón ni consideración con nadie, el usuario, habituado, convencido y practicante de la Cultura Metro, a esa hora pierde el control. O pierde el viaje.
De ser un medio de transporte que cruza el Aburrá y que se integra con otros sistemas y presta un servicio invaluable, se transforma en expulsor. No hay respeto de turnos, hay empujones y sofocamiento. No hay cesión de puestos ni valoración de discapacitados, mujeres, ancianos o niños, hay usuarios desesperados que por no encontrar un lugar para regresar a casa se lo consiguen a golpes, si es necesario.

En 1994 Medellín conoció la Cultura Metro y fue tal su efecto que la sociedad quiso replicar sus postulados en otros espacios de ciudad. Esta se ligaba al cuidado de un sistema que le costó a la región altas inversiones en tiempo, dinero y política, además sus expresiones de convivencia, cuidado, respeto, solidaridad se abrían paso, no por la fuerza sino por encantamiento, en una sociedad víctima de la más cruda violencia en esos años anteriores.

La Cultura Metro sobrevive al paso de los años y a la extensión del sistema, también al crecimiento de la población, pero los hechos que se presentan al final de la jornada laboral muestran otra faceta: la del imperio de los más rudos, que no se puede propagar en detrimento de la armonía, el sentido de pertenencia, el buen uso de los bienes públicos.

El Metro, como empresa líder del sistema, no es testigo indolente del caos: sin mencionar el Plan Maestro, que contiene inversiones a mediano y largo plazo, la empresa ha abordado procesos de redistribución de trenes, que condujeron a un aumento en la capacidad estimado en el 25 por ciento, también de asignación de trenes especiales para las estaciones más congestionadas, así como de acercamiento con su comunidad de usuarios mediante comunicación por redes sociales o el convenio con Google para favorecer la planeación de viajes y la destinación de tiempos.

No obstante, el tamaño del caos exige otras intervenciones, más allá de la misma empresa. Una de esas medidas, que la ciudad debe abordar como análisis desde el sector público y los privados, y que tendría efectos más allá de las estaciones del sistema, son los horarios escalonados.

Una ciudad cuyos estudiantes y trabajadores, la industria, el comercio, el sector público, no inicien ni terminen sus jornadas a las mismas horas, como complemento a las inversiones en infraestructura, el sostenimiento de la Cultura Metro y el estímulo al uso del transporte masivo, puede ser la vía que conduzca a una verdadera movilidad sostenible, cómoda, segura y confiable.