Crucificadas en la red

Perla Toro Castaño
Por Perla Toro Castaño / De átomos y pixeles / opinion@vivirenelpoblado.com

Violencia de género, machismo y acoso sexual son una realidad. Internet no se escapa de su presencia y entre pixeles también nos sentimos acosadas por sus comportamientos.

Por Perla Toro Castaño / opinion@vivirenelpoblado.com

Antes de publicar ese comentario acalorado en redes sociales, detenga sus dedos y lea: esta discusión no se trata de convencimientos. Tampoco de bellezas y mucho menos de paranoias. Se trata de lo que queremos, de ese deseo que pareciera sencillo pero que a la vez es un crimen: tranquilidad. Un cierto camino para habitar el mundo en calma que también incluye un internet libre de acoso, violencia de género y machismo.

No. No aceptamos sus amistades en Facebook porque ese “sea el primer paso”. Tampoco los agregamos a LinkedIn porque queramos conocer lo bellas que somos y mucho menos queremos provocarlos con los filtros de nuestras fotografías. Acá, entre pixeles, con rostros y sin rostros, también nos sentimos acosadas por sus comportamientos. No queremos conocerlos ni tomarnos una cerveza con ustedes para saber qué pasará después.

En tres ocasiones he denunciado mensajes de Facebook, LinkedIn y Twitter que no me hicieron sentir bien. Todos tenían algo en común: eran enviados en privado. En el primero, un hombre flacucho me invitaba a conocer su apartamento en La Mota, según él, “admirado” por mi supuesta inteligencia. El segundo, sin rostro, me expresaba lo bella que soy, como si me interesara saberlo. Y el tercero enviaba, desde una cuenta fake, un video donde se tocaba sus partes íntimas mientras pronunciaba mi nombre.

Las reacciones de los conocidos no se hicieron esperar. Para sorpresa a muy pocos les parecía indignante y en cambio les causaba risa. Incluso, hubo quienes cuestionaron las publicaciones en favor de la intimidad de quienes enviaban los mensajes.

Pero también hubo historias valientes como la de María Clara, quien se atrevió a compartir su experiencia: “Lo viví en Twitter, luego se pasó al correo y así pasaron dos años en que yo bloqueaba la cuenta de ese tipo, y él creaba una cuenta nueva de correo para seguirme mandando cochinadas”.

No es un chiste, el acoso en internet existe al igual que otras formas de violencia de género de las que podremos conversar después: las de los algoritmos, por ejemplo. ¿Han intentado digitar la palabra “mujeres” en Google y leer los autocomplementos? Lo siguiente que completó el robot fue: “solteras, bonitas, bellas, divinas y prepagos”.

Y mientras pocos se atreven a enfrentar esta forma del problema, cientos de niñas son perseguidas desde el anonimato de la red, mujeres son acosadas e insultadas a diario. Se empieza en la palabra y luego llegan las acciones, con la gravedad de que si te quejas correrás el riesgo de que tu denuncia se convierta en un chiste.

Durante siglos nos han decretado la profundidad del escote, la forma cómo cruzamos nuestras piernas al sentarnos y la estética de la ropa que debemos usar para no ser violadas. Nos han enseñado qué hacer si nos pegan y cómo debe comportarse una dama. Nos han dicho lo que podemos y no podemos hacer. Nos han arrojado en la cara manuales para señoritas y ahora quieren enseñarnos del comportamiento femenino en la red. La buena noticia es que no nos vamos a dejar.