Cronopatologías

  Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa  
 
Tanto el eyaculador precoz, como el canalla motorizado; tanto el niño alienado por su desatención, como el estresado ejecutivo que no tiene tiempo para dejar enfriar la sopa; tanto la mujer que permanece aferrada al recuerdo de su fallecido esposo, como el idealista que pospone la vida por perseguir “proyectos” futuros; comparten un denominador común: están enfermos de tiempo.
Mi tesis es que la forma en que la mayoría de nosotros asumimos el tiempo es existencialmente irrealista, poco práctica y psicosocialmente nociva.
Anclados en un legado cultural que se erige entre un paraíso perdido y una tierra prometida, y ahora sumergidos en la gran odisea kafkiana de nuestra religión capitalista, que se erige sobre la carencia de tiempo de sus libres agremiados, que son aplastados entre el ahorro, la postergación y las carreras, no tenemos muchos elementos para habitar una temporalidad que fomente el realismo y la salud de la vida.
Vivimos crucificados entre paraísos perdidos y tierras prometidas. Mutilamos la vida encasillándola en el molde del pasado y sujetando su flujo a un futuro fantaseado que no es más que la repetición de nuestra conocida, limitada y empalagosa novela personal. Todos sabemos muy bien que ese es el estéril juego en que pasamos la mayor parte de la vida. Recordamos, anticipamos, fantaseamos frenéticamente. Y entre tanto evadimos lo único experimentable: el presente.
No estoy haciendo aquí una apología de la sin-memoria ni de la improvisación irresponsable. Estoy hablando contra nuestra actitud pasiva, generalizada y compulsiva de evadir nuestra realidad presente y concreta. Sus estériles apegos y sus juegos de roles son, más que un acto de creatividad humana, pura cháchara, pura basura mental que usamos para evadirnos de la vida.
El Dr. Claudio Naranjo lo dice claramente: “El asunto es ahora, pero no lo reconocemos en nuestro modo de vivir un tanto tibio, por medio de lo cual, la vida se convierte en un mortífero sustituto de sí misma”.
Sacrificamos el fresco presente, lo único que tenemos, y de esa manera perdemos contacto con nuestra inteligencia profunda que debe ser atenta y abierta, aumentamos nuestro servilismo frente las cargas del pasado, nos volvemos torpes en la acción, y ciegos ante lo nuevo. Dejamos de atestiguar la maravillosa vida que aflora segundo a segundo ante nuestros sentidos y terminamos por volvernos tan fantasmagóricos y débiles como los seres imaginarios, del pasado y del futuro, que atestan nuestra cabeza.
Solo confrontando nuestros miedos y apegos y soltando nuestras expectativas podremos vivir la experiencia plena del presente. Asumir el presente es un compromiso que significa libertad y responsabilidad.
A lo anterior se refiere el maestro budista Nyaponika Thera cuando dice que “la mente Correcta recupera para el hombre la perla perdida de su libertad, arrancándola de la quijada del dragón del Tiempo”.