La santa montaña (crónica)

¿Quién más quiere vivir en Santa Elena? El único corregimiento al Oriente de Medellín se ha convertido en la nevera paradisíaca de un grupo de personas que buscan, cada vez más, distanciarse de la ciudad
Por María Camila Vásquez Jaramillo
Medellín se ha acostumbrado a sí misma. Dentro del tazón que es el Valle de Aburrá no se nota el veneno del tráfico, de la contaminación, del caos ni de la aceleración. Pero basta alzar la cabeza un poco. Sobre la ciudad, 1.500 metros más arriba y 17 kilómetros más lejos, como una figura mística y protectora, reposa Santa Elena. Se sostiene a sí misma, valiente y serena, con el valle de fuego a sus pies, como una mujer fuerte, compasiva y generosa que seduce a quien la visite con la humanidad de quienes residen en ella.

“¿Volver a Montería? ¡Nooooo, nunca!”, dice Gloria Escobar, una profesora retirada y residente de Santa Elena refiriéndose a la posibilidad de regresar a vivir a El Poblado y a las altas temperaturas de la ciudad del eterno verano. Gloria, como tantos otros expatriados de Medellín que viven en este corregimiento, se fue en busca del silencio, del frío, de la calma, de la naturaleza, de la ausencia de trancones. Se fueron, en gran medida, en busca de una vida menos acelerada, menos dictaminada por las escaleras corporativas, una vida diferente a la que ofrecen Medellín y sus otros corregimientos.


Panorámica de Santa Elena y el oriente cercano desde la vereda Las Palmas. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Santa Elena, el único de ellos que está hacia el oriente, se topa con Copacabana, Bello, Envigado, Guarne, Rionegro y Medellín en una mezcla única de territorios y habitantes. Pero si uno no le presta atención a los detalles de su ubicación geográfica, podría pensar que está en la comarca de Frodo Bolsón en El señor de los anillos. Es un montaña acomodada entre otras colinas que conforman una hilera de dientes cubiertos de musgo de incontables tonos de verde, de árboles melenudos y de tercos ojos de poeta. Allí no importa qué tanto brille el sol; siempre hace frío. La madrugada, particularmente, ofrece temperaturas sin misericordia, pero tanto nativos como residentes nuevos se han acostumbrado al clima a cambio de tantas bondades de esta tierra.

Las bondades de la tierra
Teresa Atehortúa se levanta antes del amanecer todos los días de la semana pero los domingos madruga más: a las 2 de la mañana. Desde la víspera tiene preparados todos los vegetales, las frutas y las hortalizas que cultiva en su casa para llevarlos a los Mercados Campesinos en el Parque La Presidenta, en El Poblado.


Línea del metrocable hacia el Parque Arví. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Ella, como tantos otros de los Atehortúa de este corregimiento endógeno, tiene un carácter templado. No le gusta mucho la idea de que la entrevisten. Como los demás habitantes de la zona, es reservada y algo tímida. Los nativos parece que acumularan toda la excentricidad y festividad del año para estallarla durante la Feria de Flores, pero con el paso de los minutos y de la conversación, Teresa deja ver un poco su entusiasmo por la tierra, su oficio y sus ancestros. Ella y su esposo son campesinos de la vereda Perico. Viven a pocos kilómetros de donde será Meritage, un lujoso condominio de casas sobre la variante hacia el Oriente antioqueño y cuyo tamaño desentona con casas como las de Teresa y sus vecinos.

La de ella no es lujosa, pero sus cuatro paredes pintadas de azul pálido sostienen una vivienda digna de envidia, que goza del sepulcral silencio y la libertad de un lote sin cercar. Impera la tranquilad. Sus vecinos más cercanos son familiares suyos, suegros, cuñados, sobrinas y un habitante de El Poblado que decidió hace poco instalarse definitivamente allí. “Unos señores ricos de El Poblado”, dice Teresa en voz baja.


Silletero, oficio de algunos campesinos de Santa Elena que cargaban en una silleta flores y hortalizas para la venta en la ciudad de Medellín. Fotografía tomada por Gabriel Carvajal en 1955. Cortesía Archivo Fotográfico Biblioteca Pública Piloto

A las dos de la mañana su esposo le da la pelea a la neblina y coge carretera para Medellín. En el carro van Teresa y tomates, tomate cherry, tomate perla, auyama, pepinos, apio, perejil, perejil liso, cebolla, romero, yacón, penca’e sábila, hierbabuena, alcachofa, menta, ruda, habas, mora, maíz, arveja, frijol, papa, brócoli, uchuva, zanahoria, hoja de roble, lechuga batavia, lechuga lisa, lechuga crespa y crespa morada, cogollo europeo, acelga, acelga china, espinaca bogotana, rúgula, mostaza… todo lo que producen las más de seis mil matas cultivadas en las casi cinco cuadras de su terreno: un supermercado bajo la máxima expresión de la frescura. También van en el carro las fresas, las que se dice por Mercados Campesinos que son las mejores, que no saben a químicos, a diferencia de las fresas de otros mercados.

Según eso, todo lo que cultiva Teresa sabe mejor, pues son cultivos orgánicos, sin pesticidas ni químicos. Pronto tendrá un sello verde que certifique sus productos. “De los marranos sale el abono para las matas, mezclado con aserrín y cal, y eso es bendito, quedan una belleza esas verduras, además lo que estábamos comiendo antes era puro veneno”, sentencia.

>>Gloria González o Nanantzin Atekokolli. Foto Giscela Molina

A veces, en el carro, va uno de los hijos de la pareja. Son tres mujeres y un muchacho. Los cuatro ayudan con la huerta: siembran, recogen, pican, limpian y empacan los fines de semana. Sin embargo, sus estudios pintan destinos alejados de la huerta. Las dos hijas mayores estudian Ingeniería de Sistemas y Contabilidad y los dos menores aún están en el colegio. “Ellos son conscientes de que esto es de ellos”, dice Teresa con expresión serena mientras señala su terreno. A sus hijos también les pertenece otra de las tradiciones más fuertes de Santa Elena. Teresa es hija del silletero Agustín Atehortúa, ya fallecido, y uno de los fundadores del Desfile de Silleteros. Ella, sus hermanos, hijos, cuñados y otros parientes hacen parte de esta manifestación que este año se estrenó como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación y que les dejó a los santaelenenses desbordada alegría pero a la vez esa sensación que les queda a las ciudades tropicales luego de que pasa su huracán anual.

Se dice que Santa Elena es una cosa durante el año y otra muy distinta en la semana de la Feria. Para los nativos, especialmente aquellos que se lucran del turismo, la Feria dura todo el año, con los preparativos de la gran fecha. Pero para los habitantes que encontraron en Santa Elena un refugio sagrado, la semana de feria es un atentado a la calma.


Represa Piedras Blancas, al nororiente de Medellín. Inaugurada en 1921, cumplió su vida útil en 1952. Fue remodelada y puesta en servicio, junto con el embalse del mismo nombre, en 1958. Foto Gabriel Carvajal, 1951. Cortesía Archivo Fotográfico BPP

Gloria González, porejemplo, hace un mercado grande unos tres o cuatro días antes de que todo empiece. La idea es encerrarse con todo lo necesario para no tener que salir de su casa durante las festividades. El encuentro con turistas, carros y parranda entorpecen su estilo de vida.

Pareciera que todos los habitantes de Santa Elena, vestidos de chaqueta, bufanda y gorro, hubieran encontrado el paraíso terrenal
La abuela Gloria, como la conocen mejor en Santa Elena, es una mujer fuerte. En su vestuario, su pelo blanco trenzado y su forma de presentarse exhibe ausencia de vanidad y exceso de carácter. Pocas veces se le ve sonreír. Parece prevenida y de inmediato, sin reparos ni rodeos, expresa el origen de su prevención: “No me ha ido muy bien con los periodistas”. Para aceptar que se le haga una entrevista sobre su trabajo con baños de vapor, conocidos como temazcales, exige la participación en uno de ellos.


Domo en el Parque Arví. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

La cita queda para un domingo en la vereda El Plan. También llegan otras 30 personas para hacer parte de esta ceremonia que “dura lo que tenga que durar” (entre tres y seis horas) y en la que, para ojos primerizos, lo que se aprecia es un baño de sudor dentro de un iglú de cobijas. El “iglú”, de tres metros por tres, está hecho de ramas flexionadas que sostienen mantas. Las mantas, unas sobre otras, forman un techo caliente y oscuro que expuesto al sol del mediodía acumula suficiente calor para abrir poros y destapar desesperos, pero la idea es que la temperatura sea mucho más alta. Así, luego de inhalar por la nariz un brebaje de tabaco que pica y estremece el cerebro, las personas van entrando una a una dentro de la estructura redonda, se sientan en círculo y esperan las indicaciones de la abuela Gloria. Luego, unas 15 o 20 piedras que llevan varias horas calentándose en un fuego cercano son llevadas por tandas al centro del círculo. Sobre ellas se vierte agua lentamente para producir el vapor continuo y el exceso de calor que las mantas van atrapando. La humedad se dispara y el calor se vuelve insoportable para algunos. Otros esperan, cantan y todos practican la paciencia.


Panorámica hacia el sur, tomada desde el mirador Cerro Verde, en la vereda Pantanillo. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Entre novatos y veteranos los propósitos varían: algunos asisten por curiosidad o porque encuentran allí una especie de reparación física, de desintoxicación y renovación para músculos, pulmones y piel. Para otros, el vapor, la unión con otras personas y los cantos les ayudan a despejar la mente… Unos más encuentran a través del temazcal una conexión especial con la tierra y la naturaleza. En esta ocasión la persona ubicada más cerca a la abuela Gloria tiene otra intención, aprender. Es una niña de 10 años que dice que quiere ser temazcalera cuando crezca, igual a Gloria.


Monumento al Silletero, de la escultora Luz María Piedrahíta, en el sector central de Santa Elena. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

La historia de Gloria, o Nanantzin Atekokolli como la llaman algunos (significa abuela y sonido de la creación, en náhuatl, lengua antigua de Mesoamérica), es similar a la de otros habitantes de Santa Elena: se escapó de Envigado y de un trabajo en comercio internacional buscando una conexión espiritual más fuerte de la que ya tenía en su vida. Empezó con técnicas de respiración y yoga y luego por el camino fue encontrando a Santa Elena y a los tres elementos que hoy hacen parte de su oficio como temazcalera: el tambor, el fuego y el temazcal. En sus prácticas de baños de vapor ha visto ir y venir a centenares de personas, unas que siempre regresan, otras que nunca vuelven y algunas cuya vida cambia definitivamente con la limpieza del vapor.


Vivienda típica en la vereda Mazo, sector Los Vásquez. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

“Quedé cero kilómetros”, dice Gigi dichosa y cansada cuando termina el temazcal. Giscela Molina, o Gigi, es de las que dice que su vida cambió y ahora es una visitadora frecuente de la abuela Gloria y los temazcales. Gigi es una vallecaucana que llegó a Santa Elena hace poco menos de un año. Dio con este corregimiento por una invitación a un festival de fotografía y descubrió que en Santalandia, como llama a Santa Elena, quería tener su campo base. Gigi es una viajera impulsada por su espíritu libre, pero luego de pasearse por lugares tan disímiles como India, Tailandia, Perú, Bélgica o Brasil, decidió asentarse. Su profesión es piloto comercial, pero asegura que en una toma de yagé la bebida le mostró los colores de la selva de una manera diferente y vio que su vocación sería la fotografía. Desde entonces ha venido cultivando esta pasión con retratos de niños e imágenes de lugares extraordinarios. A Gigi jamás se le ve sin una sonrisa. Siempre está inquieta y feliz. “El temazcal lo tenés que hacer con falda y sin calzones para conectarte con la madre tierra”, dice con naturalidad y un fuerte acento valluno.


Mirador Cerro Verde. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Las curvas de la carretera a Santa Elena, que tanto evitan otros habitantes de Medellín para llegar al oriente antioqueño porque se marean en los carros, enredan y atrapan a gente como Gigi y diferentísima a Gigi, gente de todos los lugares de Colombia y del mundo. Los franceses, ingleses y alemanes que conforman la colonia de extranjeros, por ejemplo, son muy retraídos y, al igual que los locales, son reacios a dejarse entrevistar. Pareciera que todos los habitantes de Santa Elena, vestidos de chaqueta, bufanda y gorro, hubieran encontrado el paraíso terrenal y no quisieran compartirlo con nadie más. “No vas a hablar maravillas de Santa Elena en ese artículo porque se nos llena esto aquí de gente y nos convertimos en El Poblado en seis meses”, implora a manera de chiste profético, Gloria Escobar.


Mercado campesino en el Parque Arví. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Atentados al paraíso
Desde 2005, e incluso antes, Santa Elena ha sufrido lo que sus habitantes han sentido como atropellos determinantes en la historia del corregimiento. En la alcaldía de Sergio Fajardo, a través de Corantioquia, se dio vía libre a la creación de una reserva forestal en la ladera oriental de Medellín donde se encontraban asentadas las tradicionales poblaciones de las veredas Piedras Blancas, Mazo, Piedra Gorda y Barro Blanco de Santa Elena: el Parque Arví. A pesar de que los habitantes sintieron en su momento que el lineamento de una zona pública para convertirla en parque era un atropello, sobre todo porque el proyecto se había hecho sin consultarles ni lo macro ni lo micro, este nuevo punto de referencia permitió que el corregimiento se visibilizara más en el panorama periodístico, administrativo y turístico.


Niño de la vereda Mazo, sector Los Vásquez. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Pero con el turismo llegó la línea del metrocable al Parque Arví, una caja de Pandora que regó 13 mil personas en una semana al corregimiento. “Santa Elena no estaba preparada para recibir lo que venía en el cable”, explica la periodista Ana Isabel Rivera, exeditora del periódico Viviendo Santa Elena. “No había vías, no había cultura metro ni estrategia de visitantes o de protección a moradores… ¡no había nada! No había baños ni canecas de basura; no estaba preparada para la avalancha humana de todo tipo que llegó”.

>>Barranquero en la vereda Piedra Gorda. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Además de la invasión a zonas privadas por parte de los visitantes del Parque Arví, la falta de claridad de los límites y dificultades en los permisos para construir, el disgusto más grande fue la demolición de la sede comunal de la vereda Mazo en 2010, en la administración de Alonso Salazar. Era una sede pequeña y sencilla pero construida por los habitantes con sus propios recursos. “Eso fue un acto de agresión muy grande en la historia de esa población y para la comunidad ha sido muy doloroso”, asegura Rivera. En efecto, los habitantes de la zona no lo han olvidado. En junio de 2015, cinco años después, convocaron un cacerolazo para protestar contra la administración municipal porque a pesar de negociaciones con la alcaldía de Aníbal Gaviria para reparar el daño, la deuda con sus habitantes no había sido saldada.

Beatriz Araque, directora ejecutiva de la Corporación Parque Arví, llegó hace cinco años a ese cargo en pleno aprieto y ruptura de relaciones entre la población y el municipio. Decidida a ver oportunidades en las crisis, lleva este lustro buscando la manera de dinamizar el territorio de formas innovadoras que le permitan a la comunidad aprovechar y enriquecerse con las puertas que abre el Parque Arví. Según cifras de la Corporación, en el mundo hay más de 22 millones de personas que buscan tres países de América Latina para turismo de naturaleza: Brasil, Costa Rica y Colombia, y de los 42 mil extranjeros que recibe Medellín cada año, un 20 por ciento sube al Parque Arví. Aproximadamente, y solo en el cable, hasta 3.500 personas suben cada día del fin de semana. Con ese nicho en mente, se han creado actividades de senderismo, camping, el kilómetro paisajístico, el Mercado Arví, entre otras. “Es una verdadera oportunidad para el corregimiento”, dice Araque.


Aves en la vereda Mazo. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Pero más recientes son otros dolores que se han asentado y convertido en una realidad en Santa Elena. Por ejemplo, los misteriosos incendios en los bosques del corregimiento que duraron más de una semana en mayo de este año y dejaron casi 20 hectáreas quemadas, aún son objeto de especulación para una comunidad que no ha terminado de comprender cómo y por qué se originaron. Y desde enero de este año se hace evidente, hasta para los más despistados, la arremetida del Túnel de Oriente en la montaña.

“¿Qué nos queda? Seguir mirando, seguir advirtiendo, pero ¡hombre, qué tristeza esperar a que se dañe la montaña!”
>>Vereda Mazo. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

Ángela Londoño*, una de las activistas más veteranas de Santa Elena y quien ha hecho veeduría durante más de 10 años a la construcción del Túnel de Oriente, tiene muchas dudas sobre este macroproyecto, inquietudes que comparte con el Comité de Veeduría Ciudadana Túnel de Oriente y con habitantes del corregimiento. Su primer cuestionamiento es si vale la pena reducir de 45 a 18 minutos la conexión entre los valles de Aburrá y San Nicolás, a costa de lo que ellos ven como un tremendo impacto ambiental. Una segunda inquietud es que el túnel atraviese una zona que es Reserva Forestal Protectora Nacional del Río Nare. Pero, sobre todo, le preocupa la falta de claridad acerca de lo que pueda pasar con el sistema hídrico del sector: que se sequen los acuíferos de la montaña, que las aguas de Rionegro y Guarne se pierdan al correr hacia Medellín, que las quebradas La Aguadita, La Espadera, Santa Elena y otras sufran el mismo destino de la quebrada La Gata, abastecedora del acueducto de Calarcá (Quindío) y cuya severa contaminación por vertimientos industriales en la construcción del Túnel de La Línea le mereció una sanción al contratista por parte de la Corporación Autónoma Regional del Quindío (CRQ). Una multa de tres mil ochenta millones de pesos ($ 3.080´000.000), según informaron medios nacionales en mayo de este año.

A pesar de que los estudios del Túnel de Oriente fueron actualizados en 2014 para poder levantar la suspensión que el proyecto sufrió durante 2012 y 2013, el Comité de Veeduría Ciudadana de esta obra encontró nuevamente fallas en ellos. Acudieron entonces el año pasado a la Contraloría General de la Nación al ver que sus preocupaciones no hacían eco en Cornare. La Contraloría, según recuerda Ángela, envió un equipo de ingenieros geólogos y ambientalistas expertos en fauna y flora que hicieron recorridos de la zona, se reunieron con la Veeduría, con ciudadanos, con Cornare y con la Concesión Túnel Aburrá Oriente. De esa investigación salió una función de advertencia.


Panorámica nocturna de Medellín, desde la carretera de Santa Elena. Fotografía Róbinson Henao, septiembre de 2015

“Las funciones de advertencia de la Contraloría son como cuando una mamá le advierte a un niño que se va a aporrear: puede que no pase nada o puede que tengamos que salir con él pa’l hospital. Y como los niños no les paran bolas a la mamá, el 15 de abril de este año la Contraloría sacó un informe en el que vuelve y dice: ‘… Para la Contraloría el desarrollo del proyecto, según los parámetros de diseño planteados, presenta un riesgo alto sobre el componente hídrico e hidrobiológico del área de influencia. Esta decisión se fundamenta, además de lo anteriormente mencionado, en la exploración de los daños ambientales evaluados y documentados por el presente ente de control en un proyecto equivalente (Túnel de La Línea) cuyo planteamiento para el manejo de vertimientos industriales, en palabras propias del concesionario, es idéntico a lo propuesto para el Túnel de Oriente’”, explica y lee la activista.

Este es el resultado más reciente de su gestión y la del Comité de Veeduría Ciudadana Túnel de Oriente. Son frutos pequeños para el esfuerzo que hacen, y caen, según ella, en oídos sordos. Su objetivo y el del comité cívico, según afirma, es que el túnel se haga de la manera más responsable. “Aquí no nos oponemos al túnel como túnel ni al desarrollo del Departamento, pero sí nos oponemos totalmente a que se hagan proyectos sin claridad y sin cuidados para proteger las zonas por donde pasan”, dice un poco exhausta de volver a contar esta historia que ya lleva 17 años caminando. Y concluye: “¿Qué nos queda? Seguir mirando, seguir advirtiendo, pero ¡hombre, qué tristeza esperar a que se dañe la montaña!”. *Nombre cambiado para proteger la identidad de la fuente.



El cronista

María Camila Vásquez Jaramillo es comunicadora social – periodista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Durante cuatro años trabajó como periodista y editora digital en el periódico Vivir en El Poblado. Entre enero y julio de 2015 también ejerció labores como editora general (E).