Crítico, rufián y profeta


Por: Juan Carlos Orrego

Conocí a Facundo Cabral a los 16 años. Venía en un casete Pioneer grabado en la casa de Víctor Cruz, el amigo con quien compartí la insatisfacción existencial propia de ese momento de la vida. Difícilmente podría haber una edad más adecuada para meterse con el juglar argentino, uno de cuyos chistes filosóficos resume perfectamente la rasquiña de la primera juventud: “A veces yo me pregunto: ¿pa’ qué me pregunto tanto?”.
Versátil personaje fue Cabral, a un mismo tiempo ácido crítico social, difusor de chistes subidos de tono y fiel seguidor de Jesús de Nazareth. La primera fue, sin duda, su mejor faceta y la que más celebridad le deparó, al punto de ser desterrado por la Dictadura de su país en 1976 y de que, al ser acribillado en Guatemala hace un mes, muchos creyeran que le habían sido cobradas sus airadas protestas políticas. Memorable es una salida suya a propósito de la cruda realidad argentina en la última década del siglo 20: “Adán debió haber sido argentino: andaba desnudo, no tenía luz ni agua, nadie le daba crédito, y el boludo creía que estaba en el Paraíso”. Sin embargo, mi preferida es una consigna mucho más general, clave para entender algo de la desigualdad crónica de América Latina: “A veces yo me pregunto quién es más ladrón, hermano: si los que roban un banco o aquellos que lo fundaron”.
Con todo, las risas más estridentes entre las provocadas por las retahílas de Facundo cayeron por cuenta de sus ocurrencias de tema sexual. En cuanto a eso, él no tuvo empacho en ponerse a sí mismo en el ojo del huracán y bromear a propósito de su accidentado origen: “Le pregunté a mi madre quién era mi padre, y me contestó: ‘¡Qué sé yo, loco! ¡Había tanta gente!’”. Bien se dice que no hay mayor sabiduría que reírse de sí mismo: su limpia conciencia de bastardo lo hizo querido a todos los públicos y le granjeó aplausos cada vez que divulgó sus ocurrencias más impúdicas. Contó con el beneplácito universal para elogiar el mundo de las putas, condenar la virginidad santurrona y hacer amplias glosas filológicas sobre la masturbación y conceptos afines. En el ramo erótico filosofaba con envidiable lógica: “Las gallinas no tienen tetas porque los gallos no tienen manos”.
Profunda y pesada —para mi gusto— fue la cara devota del cantante. La fe que le inculcó un vagabundo por los días de su juventud, así como el vínculo entrañable que lo unió con Teresa de Calcuta, influyeron notablemente en las letras de sus canciones y sermones. Reclamó la pobreza absoluta como única riqueza posible; reescribió el Génesis, la parábola del Hijo Pródigo y el Padrenuestro, y predicó las gracias de Jesús con tonos de guitarrista pentecostal. Confieso que, por apasionadas, sus letanías bíblicas llegaban a avergonzarme, y no pocas veces bajé el volumen de la grabadora: como yo era estudiante de antropología y, por ello, aspirante a ateo, no podía hacer otra cosa. Eso sí, siempre agradecí su firme posición antieclesial: esa que le llevaba a decir que Dios no estaba en los altares sino en los escotes de las muchachas.
Pobre Facundo: su muerte ruin, cocido a tiros en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes, no mostró ninguna consideración con sus humoradas y homilías. El hijo adoptivo de Tandil jamás imaginó un final tan pavoroso, y de ahí que en sus recitales, con toda confianza, le hiciera morisquetas a la implacable usuaria de la guadaña: “Después de haber vivido en este mundo infame, lo menos terrible será la muerte”. Ah, querido amigo: tu deceso difícilmente pudo ser más terrible, y ante él apenas queda el consuelo retórico de otra de tus frases de concierto: “Si después de la vida se renace, aún me queda la esperanza de la muerte”. Una eternidad cara, qué duda cabe.
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