Contra los juguetes de pilas

 

Por: Juan Carlos Orrego
Pasadas las remezones del cambio de año, la calma chicha parece haberse tomado el mar de 2008; por eso, mientras algo se cuaja, entregaremos esta crónica a un asunto con olor todavía vacacional: los juguetes de pilas. A primera vista parecen las materializaciones de la mejor magia, creaciones inimaginables del fabuloso hangar de Papá Noel y sus duendes, garantes de la felicidad de la especie niña. Pero no hay tal: una vez libres en el suelo, embebidos en su automatismo idiota, estos juguetes dan la espalda a sus ilusionados propietarios y los obligan a una tortuosa persecución bajo las camas y por entre las materas, de modo que, apenas disipado el entusiasmo de la caja destapada, los niños piensan melancólicamente en sus antiguos carros de plástico y en sus indefensos muñecos de trapo.
Según cuenta el ilustre cronista mestizo Garcilaso de la Vega, el rey inca Huaina Cápac llegó a dudar de la omnipotencia atribuida al Sol, pues le pareció sospechosa la inflexibilidad de su recorrido y de sus horarios: “Pues yo te digo que este Nuestro Padre el Sol debe de tener otro mayor señor y más poderoso que no él. El cual le manda hacer este camino que cada día hace sin parar, porque si él fuera el Supremo Señor, una vez que otra dejara de caminar”. Se deduce de este alegato del monarca indígena que reinar es controlar sin restricciones, y se entiende perfectamente por qué un carro de bomberos con voluntad propia no es justamente lo que más desee un niño soberano y déspota. La incomodidad del rey ante el juguete que se “manda solo” queda probada cuando, luego de conseguir atraparlo entre las patas de la mesa de comedor, su primer impulso es poner al intruso panza arriba y manipular sus ruedecitas locas, acaso con la taimada idea de poner fuera de combate la ofensiva voluntad de la pequeña máquina. Quien fue niño sabe que jugar y no mandar es frustrante.
No se trata solo de argumentos de metafísica política. Los juguetes de pilas también se hacen odiosos por los conflictos que suscitan en las relaciones entre padres e hijos. Los padres, defensores del orden material y sabedores de las cabriolas económicas que hay detrás de todo juguete flamante, acaban arrebatando el aparato a la ruda curiosidad de la criatura; y aunque cualquier tribunal del mund o, en últimas, terminaría dando la razón al rabioso mocoso, este es normalmente despojado y obligado a ahogarse entre los sollozos de su coartada y manivacía majestad. Fanáticos en su conservadurismo, los mayores zurran a los niños que con toda justicia han atentado contra los rebeldes juguetes, y acaso no advierten que sus fastuosos y frágiles regalos responden más a sus deseos inconfesados y a sus frustraciones arcaicas que a las expectativas del niño con el que creen congraciarse.
Quien compra un costoso juguete de pilas con la idea de que su joven depositario lo conserve hasta el día del Juicio Final es, en esencia, un amnésico de la idiosincrasia infantil. Lúcido en su realismo, el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro escribió alguna vez: “El niño se siente frente a esos objetos, cuya utilidad desconoce, como el bárbaro frente a los productos enigmáticos de una civilización que no es la suya”. Nada más razonable, pues, -y esto lo entenderá perfectamente la masa adulta- ¿de qué puede servir un automóvil que no puede ser conducido por la propia mano? O, con otra perspectiva, ¿de qué puede servir el muñeco cuya cabeza no pueda ser condenada al patíbulo del solar? Irredimiblemente frágiles, los juguetes han sido concebidos para que los hombres ensayen en ellos su feroz e inevitable arbitrariedad.

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