Contra la idea del arte como algo inútil

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No entenderíamos el siglo 20 si no pudiéramos pensar en Picasso, en Camus, en García Márquez; y no tanto porque ellos existan como cimas inalcanzables sino, sobre todo, porque aproximarse a sus obras es un camino para acercarnos a nosotros mismos
 

/ Carlos Arturo Fernández U.

El día 3 de julio, el periodista y escritor argentino Andrés Oppenheimer concedió una entrevista al periódico El Tiempo donde, entre otras cosas, planteó una idea que ya había expuesto antes, según la cual América Latina desperdicia recursos y oportunidades formando demasiadas personas en los campos del arte y de las ciencias sociales y humanas en lugar de dedicarse a la formación de ingenieros, matemáticos, científicos y técnicos.

“No está mal, no tengo nada en contra de los poetas, me gusta la poesía, pero estamos creando demasiados sociólogos, poetas y periodistas, y pocos científicos y técnicos”, dice Oppenheimer. Según él, el futuro de artistas y humanistas parece limitarse a ser taxistas muy cultos, que pueden hablar de todo, pero sin ninguna profundidad. Sin entrar a discutir acerca de la importancia social de los taxistas, es claro que aquí su figura se usa de manera peyorativa, como sinónimo del fracaso económico, social e intelectual que representan personas como los poetas, los artistas o los sociólogos.

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Sobra decir que el debate está servido y que en las últimas dos semanas han aparecido muchas reacciones alrededor del tema. Y han hecho notar algo más grave todavía: que muchos sectores de nuestro sistema social y educativo piensan lo mismo que Oppenheimer, que estas son áreas inútiles, sin importancia estratégica ni creativa, sin capacidad de emprendimiento ni renovación. Lo peor de todo es que ningún argumento que no sea numéricamente demostrable tiene la más mínima posibilidad de ser admitido; siempre se podrá responder con las palabras de Oppenheimer: “Mientras que en los países latinoamericanos estamos guiados por la ideología y obsesionados con el pasado, en los países asiáticos están guiados por el pragmatismo y obsesionados con el futuro”. En síntesis, expulsemos el pensamiento y dejemos atrás la historia porque el futuro es territorio exclusivo del pragmatismo. Y es algo definitivo. No es casual que el nuevo libro que promueve Oppenheimer con su entrevista se titule ¡Crear o morir!

Frente al dogmatismo pragmático, siempre cabe preguntarse cómo es posible que desde hace decenas de miles de años todos los pueblos, todas las culturas y todas las épocas hayan “desperdiciado” tantos recursos y esfuerzos para producir, entender y experimentar el arte. Aunque parezcamos obsesionados con el pasado, conviene recordar que la grandeza de los antiguos egipcios, griegos, chinos, mayas o aztecas la medimos, sobre todo, por los testimonios artísticos, literarios y filosóficos que nos han llegado. Los descubrimientos del Renacimiento, impulso esencial hacia el mundo moderno, son esencialmente artísticos. Y no entenderíamos el siglo 20 si no pudiéramos pensar en Picasso, en Bacon, en Camus, en García Márquez, en Gadamer; y no tanto porque ellos existan como cimas inalcanzables de creación sino, sobre todo, porque aproximarse a sus obras (es decir, estudiar artes, ciencias humanas, ciencias sociales, filosofía) es un camino para acercarnos a nosotros mismos.

En otras palabras, el arte no es un lujo ni un adorno inútil, ni mucho menos un privilegio. Las artes, junto con la ciencia y con la filosofía, son las maneras a través de las cuales intentamos comprender nuestra relación con el mundo. Por eso son esencialmente creativas. Ante el apogeo obsesivo de los discursos sobre la creatividad, se olvida casi siempre que esa es una idea que se desarrolló en el terreno artístico y humanístico y que de allí la tomaron, no hace muchas décadas, las ciencias y la tecnología.

Seguramente se necesita formar mejores matemáticos y mejores ingenieros; pero de nada nos servirán si, al mismo tiempo, no se forman también mejores seres humanos que puedan tomar en sus propias manos el futuro. Se podrá decir que es obvia nuestra obsesión por el pasado: pero aquello fue lo que entendieron los griegos y lo convirtieron en uno de los más exitosos modelos educativos de la historia. Por eso hay gente que gasta toda su vida estudiando artes, humanidades o ciencias sociales y hace un aporte sin el cual la sociedad no podría sobrevivir.

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A no ser que se piense que la educación no debe posibilitar que las personas asuman la responsabilidad de sus acciones porque se cree que eso debe estar en manos de otros más sabios o más fuertes.

O, lo que es peor, a no ser que no hayamos entendido nada y que, en definitiva, no se trate de intentar comprender quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos, o qué es lo que hace que valga la pena vivir; y que en lugar de intentar comprender nos dediquemos a producir algo que se pueda cuantificar en porcentajes, en dólares o en cantidades de patentes.

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