Consideraciones heréticas sobre la autoconfianza

 Por: Juan Sebastián Restrepo Mesa, Psicólogo 
 
El lector juicioso se habrá dado cuenta, después de haber efectuado -o tratado de efectuar- sus semanales actos ridículos, que dicho ejercicio requiere de un ingrediente poco común, casi heroico: la autoconfianza.
Valdría la pena que usted hiciera el ejercicio de recordar si en algún momento de su vida renunció a su propio criterio, a su autonomía, al derecho de ser usted mismo. Hubo quizás un momento en que se comió la sopa de pollo por obligación, diciendo que le gustaba mientras las arcadas de su cuerpo le decían lo contrario.
Tal vez aprendió a cambiar sus certezas por preguntas. Dejó de decir “yo” para sentirse seguro diciendo “nosotros”. De esta manera pudo haber empeñado esa parte suya capaz de crear, afirmar y desear y la escondió detrás de nombres y costumbres. ¿Aprendió alguna vez a empequeñecerse como un mendigo o a inflarse como un pavo real? No se sienta mal por favor. Esa negación y desconfianza de sí mismo es un problema que padecemos muchos. Yo diría que es un problema que llega al rango de pandemia.
Lo cierto es que a la mayoría de nosotros le enseñaron que confiar en si mismo era malo, que asumirse y exponerse era peligroso e indecoroso. De tanto corregirnos nos enseñaron que éramos incorrectos. Y desde que perdimos la autoconfianza, vamos por la vida como mendigos con sus cestas tratando de lograr lo imposible: que otros nos devuelvan el valor y la confianza que no nos damos.
No se requiere mucha agudeza para observar que la seguridad y la vanidad son nuestros carneros de oro. Y la consecuencia lógica es que mientras lo sean, la envidia, la imitación y la traición a nosotros mismos, serán nuestros tributos.
No aceptamos ni quiénes somos ni dónde estamos. Le rogamos al otro y lo amenazamos para que nos valore. Y esa indigencia es contraria a la madurez. No nos diferenciamos de la foca que busca con sus piruetas su trozo de pescado -¡algunos incluso lo confunden con el amor!-.
Somos esclavos y vampiros emocionales. Nos sometemos siempre al juicio del otro; pero lo explotamos al mismo tiempo buscando, con toda clase de manipulaciones, sus palmaditas en la espalda, sus sonrisas radiantes y alabanzas perpetuas.
La traición a nosotros mismos se la cobramos a los otros haciéndolos ceñir al mismo contrato tácito. Somos jueces implacables con el otro por el hecho de emitir un juicio que no nos corresponde. Somos cómplices de su indigencia. Esa es la triple condición de nuestra desconfianza: somos esclavos, vampiros y jueces. ¡Qué terrible economía emocional! Así podemos entender por qué a la salud mental no le gusta la geografía de nuestras costumbres.
Haré una última prescripción para que esta columna no se vuelva recetario: cómprese una libreta y apunte cuantas veces al día duda de sí mismo, convierte una certeza en una pregunta, se miente a sí mismo, siente envidia o imita a alguien.
Si se siente cuestionado con sus apuntes, inicie el siguiente experimento: una vez por semana convierta una de sus habituales preguntas en respuestas, trate de hablar siempre en primera persona, exprese alguna inconformidad, decida alguna cosa sin consultársela a nadie y cuando dude entre actuar y no actuar, actúe -en todo caso aprenderá más de la experiencia que del miedo-. Tal vez entienda como Emerson que “la envidia es ignorancia; que la imitación es suicida; que debe aceptarse a sí mismo, para bien, para mal, como suyo; que aunque el ancho mundo está lleno de bienes, no hay grano de maíz nutritivo que no le venga a través de la faena hecha en ese pedazo de tierra que se le dio para labrar”.
Próxima columna: Amor, afán y desarraigo.

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