Grandes retos ambientales para el Suroeste

La preocupación en el Suroeste no es solo un tema de conservar por conservar. Las actividades económicas y las dinámicas sociales dependen de servicios ambientales como agua, nutrientes, temperatura y paisajes.

Por Santiago Mejía Dugand

Aunque era tan solo un niño, recuerdo tantos paseos de mi familia a La Pintada, en donde papá trabajaba como administrador de una conocida finca productora de naranjas. Recuerdo las cabalgatas, los paseos de olla, la piscina, el quiosco de las hamacas y el mango. ¡El mango! Recuerdo además que el caballo que me tocaba, y en el que montaba disfrazado de Supermán, se llamaba Confite. Papá me dijo que se llamaba así porque era verde como un confite. No lo era, por supuesto, pero mi mente me sigue asegurando que alguna vez vi un caballo verde. Hace mucho que no visito esa región del departamento. Sin embargo, me he enterado de las grandes transformaciones que están ocurriendo allí.

Todas las regiones habitadas por el ser humano enfrentan retos en materia ambiental. Algunas actividades, por supuesto, tienen un mayor impacto que otras sobre la vida y sobre los ecosistemas que la hacen posible. Como en muchas regiones, el Suroeste antioqueño se enfrenta a diferentes retos en materia ambiental: unos relacionados con las actividades tradicionales y la historia de la región, otros relacionados con actividades resultantes de las nuevas dinámicas sociales y económicas.

En cuanto a las tradicionales, es claro que la ganadería, la agricultura y la minería han sido factores que han modificado el paisaje y de varias maneras impactado el “estado natural” de las cosas. En cuanto a las nuevas, tenemos proyectos de infraestructura como autopistas, turismo a mayor escala que el tradicional y nuevos proyectos de explotación minera, también a escalas mucho mayores. Es importante recordar que la preocupación de muchos no es solo un tema de conservar por conservar. Las actividades económicas y las dinámicas sociales dependen directamente de servicios ambientales como la provisión de agua, el reciclaje de nutrientes necesarios para la agricultura, la regulación de la temperatura y los paisajes que tantos quieren disfrutar.

Las actividades tradicionales son un reto importante para la protección ambiental. Cambiar la manera en que se hacen las cosas, y probablemente se han hecho por muchos años, es complicado. Muchas veces, las regiones, los pueblos y su gente dependen de actividades que pueden tener un impacto ambiental significativo. La industria del cuero es un ejemplo claro. Aunque algunos procesos pueden variar entre regiones, el uso de algunos químicos necesarios para el proceso ha sido objeto de preocupación para muchos ambientalistas, debido al efecto contaminante que tienen y sus impactos negativos sobre la salud humana.

El uso de energía, la contaminación del aire y los olores son otras preocupaciones comunes que despierta la industria. Finalmente, el uso de cuero de animales salvajes, como ha sido históricamente el caso de las nutrias para la fabricación de algunos productos tradicionales, representa una amenaza adicional para el buen estado de las poblaciones que aún quedan en la región.

La conciencia acerca de los impactos ambientales y sobre la salud humana ha aumentado, tanto en productores como consumidores. Aunque aún quedan retos importantes, muchos de ellos han sido enfrentados, ya sea directamente con tecnología, o con cambios en la manera en que se hacen las cosas. Medidas de eficiencia energética, cambios en el tipo de energía que se usa, un mejor manejo de los desechos, restricciones al vertimiento de químicos y disminución (o eliminación en algunos casos) del uso de cuero proveniente de especies amenazadas, son algunos ejemplos de los esfuerzos que la industria puede emprender y ha emprendido. El gran reto que queda es que toda la industria lo haga y que las habilidades y tradiciones de los pueblos puedan florecer y enriquecer la cultura, y contribuir a la economía local basados en los pilares de la sostenibilidad.

Por: Santiago Mejía Dugand
Por: Santiago Mejía Dugand

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