Confesiones de un ex conductor

  
 Por: Juan Carlos Orrego 
 
Con la invencible marrullería de las mujeres, la que duerme conmigo me susurró al oído que era conveniente aprender a manejar carro. Me comí el cuento, ajeno a la saludable idea de que hay cosas que, si no se emprendieron en la adolescencia, no vale la pena intentarlas cuando se está más cerca del examen de próstata que del de admisión a la universidad. Que esta crónica sirva como expiación de culpas y lamento tardío.
La primera estación, obviamente, fue el paso por la academia de conducción. En la primera sesión, el instructor me soltó un fardo de explicaciones imposible de asimilar para quien, ratón de aula y biblioteca como yo, sólo entiende si toma notas en papel. Luego viví, por una semana, la ilusión de manejar los pedales que el otro pisaba en mi lugar. El resultado de tan flaca cátedra fue, entre otras cosas, que no aprendí a frenar pero sí a hacer zigzagues en reversa, y que desarrollé la patología de endilgarle al pie izquierdo las tareas del derecho. Sin embargo, como esos detalles no desvelan a la autoridad del tránsito, un día me vi en la mano con un pase de cuarta categoría.
El lector con dos dedos de frente imaginará que no pasó una semana sin que chocara el auto de mi esposa. A modo de descargo, alego que la conjunción de arrancada, curva, subida y resalto significa un póker de retos letal para cualquier novato. En efecto: invadí la acera, estuve a un centímetro de aplastar dos niños, golpeé el carro por valor de varios millones y quebré el vidrio que un albañil se aprestaba a pegar en una fachada en remodelación. Lo de menos fue que me raspé la frente y reventé de un rodillazo —con el consiguiente hematoma— la palanca de las luces. Al salir del vehículo, el albañil me puso una mano en el hombro y me dijo: “Mi Dios lo quiere mucho a usté. No dañó sino latas”. Por supuesto, me puse radiante con semejante noticia: ¡mi nuevo trauma era lo de menos!
La tercera caída fue la previsible pelea con la aseguradora, taimada como cualquier empresa que subsista con base en promesas. Después de un larguísimo y fastuoso desfile de operarias telefónicas aparentemente solícitas, patrones de grúa, porteros de garaje, mecánicos, peritos, decanos de peritos, asesores, cartas de reclamo, evasivas y muchos otros trucos, el carro quedó con el radio cataléptico, el tarro del mofle gangoso, mil rayones, puertas colgadas y una pieza de segunda —como si hubiera sido comprada bajo el viaducto del metro— en reemplazo de la dichosa palanca de las luces. Me sentí, entonces, en uno de los círculos del infierno: en las noches, mi mujer me reñía a propósito de tanta llaga sin curar, y de día recibía, de parte de aquellos truchimanes, la monolítica explicación de que todos los desperfectos se debían al “desgaste natural”.
Con todo y sus achaques, el carro volvió a la calle y se estrenó en un paseo montañero. Eso sí, me cuidé de ir al volante y me ofrecí como asistente de consola musical. Pasamos la noche en un pueblo más lóbrego que Comala, obligados a dejar el automóvil frente a la posada de Malabrigo, en íngrima soledad. Dormí, pero sólo para padecer una seguidilla de once sueños pintorescos con un mismo final horrible: el carro había sido robado. Cuando, ya en pie, me asomé a la calle y lo vi intacto y cubierto de rocío, me sentí beneficiario de un milagro. Claro, no me asaltaban esas pesadillas cuando viajaba al calor de buses y taxis.
Por eso insisto en que, a partir de cierta edad, es temerario —o estúpido— matricularse en la vida automotriz; más valor tendría iniciar un curso de bonsái por correspondencia o leerse la obra completa de Paulo Coelho. Mi intacta licencia de conducción no me dejará olvidar la lección, con el beneficio adicional de que podré usarla para abrir puertas trancadas por accidente o para cucharear arroz chino en el estadio.

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