Condiciones para el aprendizaje espiritual

Pensamientos y sentimientos tienen para el mundo la misma importancia que los actos. Es tan nocivo odiar al prójimo, como golpearlo. “Mi sentimiento tiene un efecto tan definido como cualquier trabajo con mis manos”
/ Jorge Vega Bravo

Empecé a exponer en la columna anterior el tema del trabajo interior que debe realizar todo ser humano para que su oficio y su profesión estén preñados de sentido. Estas condiciones las propone R. Steiner en su texto Cómo se alcanza el conocimiento de los mundos superiores. La primera condición es “mantener y favorecer un buen estado de salud corporal y espiritual. Solo de un hombre sano puede emanar un conocimiento sano”.

La segunda condición consiste en sentirse miembro integrante de la humanidad en su conjunto. “Me siento a mí mismo, fluyendo en la corriente del acontecer universal”, es un lema para hacer consciente este vínculo. La actitud más extendida en la época actual es una actitud individualista, autista, donde priman la competencia y el éxito. La mayor parte de nuestras empresas y organizaciones tienen estructuras piramidales, que parten de esta postura. Un estudio sueco demuestra que las relaciones piramidales favorecen el síndrome de estrés y el riesgo de infarto del miocardio. Necesitamos construir relaciones horizontales, reticulares, que son incluyentes y salutogénicas.

La tercera condición es que el discípulo debe imbuirse en la idea de que pensamientos y sentimientos tienen para el mundo la misma importancia que sus actos. Ha de reconocer que es tan nocivo odiar al prójimo, como golpearlo. “Mi sentimiento tiene un efecto tan definido como cualquier trabajo con mis manos”.

Esto se une con la cuarta: adquirir la convicción de que la verdadera esencia del hombre reside en su interior, no en lo externo; es necesario lograr un equilibrio entre lo que le imponen las condiciones exteriores y lo que él mismo reconoce como correcto para su proceder. Por otra parte, tiene que estar dispuesto a aprender de los demás todo cuanto sea posible, a fin de sondear lo que le es útil y benéfico. Así desarrolla la “balanza espiritual”: en un platillo está un corazón abierto a las necesidades del mundo y en el otro la firmeza interior.

La quinta es la constancia (la fidelidad) para realizar toda decisión una vez que se haya tomado, salvo la comprobación de que se había equivocado. Toda decisión equivale a una fuerza que obra a su manera, aunque no produzca resultados inmediatos. La sexta condición es la gratitud hacia todo cuanto recibimos. “Hemos de ser conscientes de que nuestra propia existencia nos es dada por el universo entero. ¡Cuánto debemos a la Naturaleza y a nuestros semejantes! Esta cualidad es algo grandioso y es el elixir de las relaciones interpersonales. Agradezco lo que hacen otras personas por mí. “Uno de los puentes más fuertes con el mundo de los difuntos es la gratitud”.

Y la séptima condición es organizar la vida para que las 6 anteriores puedan vivir dentro de nosotros. Así el discípulo crea la posibilidad de dar a su vida un carácter armonioso y se prepara para la quietud que debe alcanzar para los primeros pasos del aprendizaje. Este conjunto de condiciones es un trabajo que le da sentido a esta época en que lo exterior nos hala con tanta fuerza.
Que la Navidad esté llena de luz y trabajo interior para los lectores.
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