Ciencia y meditación

Pero la meditación no se limita a lo medible: es una de las formas privilegiadas para sanar radicalmente las raíces espirituales de nuestro sufrimiento
Juan Sebastián Restrepo

Muchos de ustedes se habrán dado cuenta de la importancia que ciencias duras le han venido dando en los últimos años a la meditación. Le debemos este cambio de actitud a un fecundo diálogo que algunos científicos –neurólogos, biólogos, psicólogos, cibernéticos, etcétera– han establecido con diferentes formas del budismo, una tradición que, más allá de los aspectos religiosos, folclóricos y dogmáticos, se ha centrado durante milenios en el estudio sistemático y experimental de la conciencia.

Aclaro que cuando digo meditación me refiero exclusivamente a las prácticas basadas en el cultivo de la capacidad de darse cuenta. En la meditación se conjugan dos elementos: una presencia plena aquí y ahora y una conciencia abierta que acoge lo que hay sin juzgarlo. Estamos hablando entonces de prácticas y tecnologías de la conciencia, que en el caso del budismo han sido el producto de milenios de experimentación.

¿Pero que ha hecho que la meditación sea tan atractiva para la ciencia? Es simple: la conciencia meditativa es un estado que puede generarse intencionalmente y sin ningún costo ni riesgo. De esta manera podemos observar, medir y describir las diferencias entre grupos de personas que meditan y que no meditan. Miremos que ha encontrado la ciencia estudiando la meditación:

• La meditación transforma las estructuras del cerebro y optimiza su funcionamiento.
• Las personas que meditan se recuperaron cuatro veces más rápido de trastornos cutáneos como la soriasis que aquellas que recibieron tratamientos convencionales.
• La meditación fortalece la base neurológica de la resiliencia o capacidad de afrontamiento. Los meditadores soportan mejor los desafíos porque vivencian las experiencias desde una base emocional de apertura y ausencia de miedo.
La meditación incrementó los niveles del sistema inmune, incluso en personas infectadas con el VIH.
• Tanto adultos como adolescentes con problemas de atención mejoraron sus funciones de pensamiento (sostener la atención, reducir la distracción) en mayor medida que con tratamientos farmacológicos.
• La meditación fue más efectiva que los fármacos para el tratamiento de condiciones psicológicas como el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno límite de la personalidad, la farmacodependencia y la depresión.

Por razones de espacio no me extiendo en las referencias de las fuentes consultadas, pero el lector interesado en profundizar encontrará con mucha facilidad literatura científica seria que describe cada uno de los hallazgos mencionados.

Pero la meditación no se limita a lo medible: es una de las formas privilegiadas para sanar radicalmente las raíces espirituales de nuestro sufrimiento. Su práctica constante promete un incremento en la conciencia, un detrimento del miedo, una libertad radical, un sentimiento de unidad con las cosas y una compasión espontánea que lo incluye todo. Por eso estoy convencido de que la meditación es una de las herramientas decisivas para la humanidad del nuevo milenio.
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