Causalidades

Héctor Escobar Restrepo
Por Héctor Escobar Restrepo / Punto aparte / opinion@vivirenelpoblado.com

El pensamiento mágico ya no marca la vida cotidiana. Actuamos el pensamiento científico. Si creyéramos verdaderamente en el destino, no miraríamos a lado y lado antes de cruzar la calle.

Oh Señor: ordenad al Ángel Vengador que contenga su mano para que la tierra no quede desierta y perdáis a todos vuestros siervos. Te suplicamos humildemente que retiréis la llama de la ira… Esta oración fue creada por el Papa Clemente VI, en el siglo XIV. El motivo: la Peste Negra.

Ni la oración ni las multitudinarias procesiones convocadas para pedir clemencia sirvieron para ponerle freno a la peste: la humanidad pagaba por sus pecados, era la única explicación posible. Pero, aunque todos los hombres somos pecadores, hay unos más pecadores que otros. Y, como ya era costumbre, se hizo recaer en los judíos el peso de la culpa: se renovaron con fuerza las persecuciones… Y la peste no cedía.

Juan II, rey de Francia, recurrió a lo más destacado de la Universidad de París. Conformó un grupo con médicos, astrónomos y filósofos, que finalmente ofreció una explicación sobre el origen de la epidemia: la primera causa de esta plaga es la distribución de las constelaciones del cielo. Se dio una gran convergencia de tres planetas en Acuario: Saturno, Marte y Júpiter.

La peste mató alrededor de veinticinco millones de europeos, una de cada tres personas. Traigo estas imágenes para que recordemos cómo era el mundo cuando no existía la ciencia. A la voluntad de los dioses -dioses en plural porque siempre han coexistido los propios de diferentes culturas- se le adjudicaba todo lo que ocurría. Aunque de lo que creemos conocer poco es lo que de verdad entendemos, ahora somos conscientes de que las cosas no vienen caídas del cielo: ya no hay rogativas para pedir que desaparezca el dengue.

De cierta manera los postulados básicos de la ciencia se han instalado en el inconsciente colectivo. No quiero decir que haya desaparecido del todo el pensamiento mágico, pero este ya no marca la vida cotidiana. Actuamos el pensamiento científico, aunque no nos demos cuenta. Si no fuera así, no sobreviviríamos. Si creyéramos verdaderamente en el destino, no miraríamos a lado y lado antes de cruzar la calle, como lo dijo Hawking.

Con la búsqueda de las relaciones de causalidad a través de la observación y la experimentación, el hombre comenzó a hacer ciencia y transformó su mundo. Y se transformó a sí mismo porque el hombre es creador y es criatura de lo que hace… Pero, quinientos años más tarde, lo que empezó como un método para conocer las leyes de la naturaleza, nos tiene al borde de lo que no podemos ni siquiera imaginar, porque toca (trastoca) todos los órdenes de la existencia humana. La manipulación genética, las redes neuronales artificiales, el aprendizaje de máquina, el Big Data, el Internet de las Cosas, la Realidad Virtual, cambiarán profundamente el mundo. Nada será parecido a lo que hoy tenemos, tampoco el hombre: el pasado está muriendo ante nosotros.

¿Estarán las instituciones, el más grande invento de la humanidad, en posibilidad de encauzar esos cambios? ¡No nos queda sino rezar!