Cada vehículo nos desvaloriza

  
 Por: Juan Carlos Franco 
 
Maravilloso que le vaya bien a la industria automotriz. Claro, que las ensambladoras vendan más, que los proveedores de autopartes sean más exitosos, que las estaciones de gasolina sean mejor negocio para sus dueños… para que aumenten el empleo, el recaudo de impuestos, la inversión social y nuestra ciudad perciba tantas cosas buenas asociadas con el crecimiento económico.
Pero para una ciudad con síntomas de saturación y colapso vial como la nuestra, y muy en particular para El Poblado, cada vehículo que se vende desvaloriza la propiedad común de todos: cada carro es un poquito menos de espacio que tendremos los demás, un poquito más de contaminación y de ruido, un poquito más de tiempo que pasaremos atrancados en las vías y, en síntesis, un poquito menos de calidad de vida y paz mental.
¿Cómo manejamos este dilema? ¿Favorecemos a tantos colombianos que dependen de la industria automotriz o favorecemos a la población en general? A lo largo de la historia nunca nos lo habíamos planteado en estos términos, pues la ciudad estaba en crecimiento y había espacio de sobra para todos los vehículos que quisieran entrar.
Pero hoy las circunstancias son diferentes. Por primera vez estamos saturados. Y, claro, como es una situación nueva para todos, no sabemos manejarla bien. Pensamos y actuamos como si todavía se mantuvieran las realidades de décadas anteriores. Queremos aplicar fórmulas viejas porque alguna vez dieron resultado.
Seguimos convencidos de que ampliar una vía aquí o conectar otra allá valoriza las propiedades vecinas, de que hacer intercambios viales aquí y allá nos va a despejar las vías, de que es una obligación de la ciudad -y presentada como lo más positivo, como el más claro signo de progreso- hacerles vías a todos los vehículos que sus habitantes quieran meterle.
Todo el mundo afirma, incluyendo los precandidatos a la Alcaldía y, por supuesto, los orgullosos ejecutivos automotrices, que hay que hacer obras rápido para desatrasar la infraestructura. Como si hubiera algún chance de que teniendo más calles fueran a llegar menos carros. Lamentablemente, estimados señores, la lógica es al revés: más vías traerán aún más vehículos.
En fin, no hay vuelta atrás. Haremos las obras. Puede que atenúen leve y brevemente la situación. Tranquilos, las pagaremos como si en verdad nos valorizaran las propiedades. Y pronto también se verán saturadas. ¿Y entonces?
Entonces, dentro de unos 8 años, como ya se nos habrá acabado el espacio para más vías y como ya estaremos mucho más ahogados en tráfico que hoy, ahí sí pensaremos en obras que nos mejoren la calidad de vida a los ciudadanos.
Por ejemplo, volver 100 % peatonal un gran espacio entre la Plaza del Poblado y el Parque Lleras; construir los kilómetros y kilómetros de aceras decentes que nos faltan; hundir algunas vías, como ya están haciendo en Cali…
Y, finalmente, cualquier cosa que nos permita o nos obligue a comprar menos carros y a caminar más.
¡Que se preocupen las ensambladoras e importadoras de automóviles, pues la dicha actual con el mercado de Medellín no puede durarles muchos años más.
Tarde o temprano nosotros y nuestros dirigentes entraremos en razón. O al menos nuestros hijos y los suyos!

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