Blanquita Uribe, una joya en Eafit

 
 
   
 
Nacida en Bogotá en 1940, Blanquita fue la clásica niña contemplada, mas no malcriada, de una familia de músicos de clase media. Su padre era Gabriel Uribe, reconocido flautista, saxofonista y clarinetista, y su madre, aunque no tocaba ningún instrumento, era melómana. De manera que desde muy pequeña siempre oía música, asistía a conciertos sinfónicos y se extasiaba oyendo radionovelas, no por las historias sino por las sinfonías que las acompañaban. Tanto le impactaban, que con frecuencia llamaba a las emisoras a preguntar cuál era la pieza de fondo de determinado programa. En la radio también escuchaba fascinada a Chopin y Brahms, interpretados por Arthur Rubinstein.
Su camino de concertista empezó a mostrarse muy temprano. “Mi mamá se dio cuenta de que cuando iba a la casa de algún vecino con piano tocaba noticas y sacaba cancioncitas (así, con diminutivo, como si temiera parecer pretenciosa) y que cuando mi papá tocaba con mis tíos, yo interrumpía el juego y me paraba a oírlos. Entonces a los seis años me compraron un piano para que mi abuela me diera clases”. A los siete ingresó al Conservatorio en Bogotá y a los ocho, al instalarse con su familia en Medellín, fue matriculada en Bellas Artes con el reconocido maestro italiano Pietro Mascheroni, quien tenía un problema infranqueable, al menos para la pequeña Blanquita: “Yo creo que no estaba como muy interesado en darle clases a niños porque no me paró ni cinco de bolas. Inclusive en esa época aprendí algunas piezas que quería montar, con mi papá y no con Mascheroni”, dice la maestra, siempre prudente y sin resentimiento hacia quien en ese momento subestimó su talento. Años más tarde, cuando el italiano dirigía la Orquesta de la Voz de Medellín, varias veces la invitó a tocar con él.

Pianísimo
Contrario a lo que podría pensarse, jamás recibió presiones para que fuera pianista. “Nada de que qué va a estudiar, que la niña prodigio… No me forzaron nunca, fue un proceso muy natural, muy suave”, pianísimo, para hablar en términos afines. Incluso cuando años más tarde estaba estudiando en Viena “mi papá me decía que que si me quería devolver no había ningún problema y haciendo chistes agregaba: te vienes para Medellín y tocas las misas en San Joaquín”. Ante la perspectiva no muchos aceptarían el reto, tampoco Blanquita. Sentada hoy en su pequeño cubículo de la Escuela de Música, la pianista afirma que ha sido privilegiada: “Me llevaron de la mano tanto mis papás como mis profesores, sin forzar, no como esas historias dramáticas de niños que son obligados a hacer algo y cuando tienen 15 o 16 ya no quieren saber nada”.

Albores del “desorden”
Superado el ciclo Mascheroni, a los diez años apareció en su vida quien se convertiría en su maestra inolvidable: la italiana Luisa Manighetti, la encargada de abrirle los ojos a su padre: “Esto debe ser más en serio, esta niña se debe dedicar al piano”. Y así fue, la sacaron del colegio, le contrataron profesor particular “para que no me quedara analfabeta” y empezó a estudiar cuatro horas diarias de piano. Por esos días tocó su primer concierto, cuando la profesora Manighetti fue invitada con sus alumnos más destacados a la Feria del Libro en Bogotá: Blanquita y Darío Gómez Arriola se presentaron con la orquesta Sinfónica de Colombia en el Teatro Colón y dieron recitales por la Radio Nacional. Precisamente en ese debut en el Teatro Colón, su mamá también se estrenó con un gran susto: “Ella me había oído ensayar esos tres movimientos del concierto de Haydn pero no sabía que la orquesta tenía una introducción antes de yo tocar, y pensó que me había bloqueado”, cuenta entre risas lo que en el momento debió hacer sido una tragedia para el corazón de madre. El éxito fue tal, que la invitaron a tocar con las orquestas sinfónicas de Antioquia, Cali y Barranquilla y los viajes se vislumbraron como parte de su rutina. “Ahí empezó todo el desorden”.

Un mecenas
Se refiere al giro que dio su vida cuando tenía 13 años, la noche en que fue invitada a tocar con la Sinfónica de Antioquia en el Teatro Junín. Concentrada en el Rondó Brillante de Mendelssohn, lejos estaba de pensar que entre el público se hallaba el hombre que definiría su futuro: Don Diego Echavarría Misas quedó sorprendido con Blanquita. A la semana siguiente la invitó con sus padres al Castillo, su residencia en la Loma de Los Balsos, donde preguntó por los planes que tenían para ella. En realidad ninguno, porque para Don Gabriel, músico con cinco hijos, era impensable costearle estudios en el exterior. Incluso habían enviado numerosas cartas a distintas organizaciones solicitando becas para la niña, pero solo recibían respuestas de rechazo en las que de paso los felicitaban por la hija tan talentosa. Entonces llegó el ofrecimiento. “Don Diego le dijo a mi papá que organizara mis papeles que él se encargaba de mis estudios. Me becó durante diez años”. Ahí comenzaron cinco décadas de peregrinaje musical por el mundo, como alumna, maestra y concertista.

Entre Kansas y Medellín
Los primeros tres años y medio bajo la tutela de don Diego, estudió piano en el Conservatorio de Kansas con un profesor polaco. “Cuando le conté a don Diego -amante de Mozart y Beethoven- que había posibilidad de que me recibieran en la Academia de Viena le pareció magnífico”. Así fue como a los 17 años la joven pianista estaba matriculada en la mejor academia de la capital mundial de la música, donde se graduó tras seis años de estudios. Más tarde viajó a Nueva York y, becada por la OEA y luego por la misma universidad, obtuvo un grado en la Juilliard School of Music. Al terminar se vinculó como profesora en el Vassar Collage y durante 37 años tuvo como base a la Capital del Mundo. Desde allí viajaba a dar conciertos, recitales y clases maestras a escenarios europeos, canadienses, asiáticos, estadounidenses y en el resto de América, hasta que hace tres años aterrizó definitivamente en Medellín.
Con sus compañeros de la Escuela tiene fama de alegre; amable; puntual; organizada, y generosa, tanto con lo material como con el conocimiento; “la gente le quiere, la respeta, le cumple y le corre”, apunta una de las secretarias y agrega que “siempre saluda con una sonrisa y se mantiene bonita y elegante”; con sus hermanos y sobrinos “es un amor”; y con sus alumnos es exigente, paciente y dedicada, les corrige la posición de las manos, de los dedos, de los nudillos, de la espalda, se fija en el pedal, les hace repetir hasta que suene bien y les enseña a estudiar “porque de nada sirve que repitan y repitan si no saben dónde está el error”. Además, les da claves para memorizar. Si es célebre por interpretar las 32 sonatas de Betthoven, literalmente de una sentada.

Pánico escénico
Pero como la desconcentración es humana, también se ha bloqueado. “Nos ha pasado a todos. Una o dos veces me paré en seco”, una de ellas en Popayán, tocando un concierto de Mozart. “Hice un compás más o un compás menos, hubo un enredo con la orquesta, paramos y cogimos más adelante. Uno se siente horrible, se quiere morir, que se lo trague la tierra, pero el mundo sigue girando y la gente sigue comiendo y durmiendo y no pasa nada”, dice sonriendo. “Uno en el escenario oye todo, en ese estado de adrenalina, esos nervios y esa tensión cualquier cosa molesta: el confite que abren en la fila de atrás, los programas, las personas que se paran, los celulares… es que uno tiene todas las antenas afuera”, dice con una voz que, como el piano, tiene entonaciones que reflejan alegría, suspenso, tristeza y emoción, de acuerdo con lo que esté contando.
¿Y el pánico escénico? “Está con uno toda la vida. La pasada por la puerta para salir al escenario es fatal”. Al terminar los conciertos, Blanquita, como los solistas, queda sola con sus pensamientos, que inevitablemente regresan a ese teclado, varias noches y varios días, para hacerlo con la mente otra vez mejor.
Han pasado 57 años desde su primer concierto y ya perdió la cuenta de los que ha tocado. Pero algunos son inolvidables, como los que hizo con la orquesta de Filadelfia, en los años noventa. “Oír esa orquesta alrededor de uno, esa sonoridad, es algo muy bonito”. O aquel con la Sinfónica de Berlín, “un piano bellísimo y una orquesta excelente”.
Hoy su vida transcurre entre las clases, los conciertos y, muy a su pesar, los viajes. “No es el glamour que la gente se imagina, que salir a dar conciertos, que qué maravilla. Me cansan las esperas en los aeropuertos, llegar a buscar un piano donde estudiar, los hoteles, que no siempre son lo que uno cree, salir a comer, a buscar comida, es muy aburridor. Uno llega a lo que llega, que es a tocar, a estudiar y al día siguiente salir. No hay nada mejor que regresar a la casa”.
La maestra fue generosa con su tiempo. Se despide para ir a clase, un alumno la espera.