Bicicletas en la vía

Temo que tanta euforia desatada nos esté llevando a idealizar la bicicleta; a confundir, incluso, el esnobismo con la conciencia medioambiental o de convivencia

/ Etcétera. Adriana Mejía

Mi amiga Fulanita no sabe qué pensar respecto del tema trendy de la bicicleta. La cicla que siempre han llamado los campesinos; el caballito de acero, los comentaristas deportivos y la bici (tomado del español de España que, en la cotidianidad, resume lo que le caiga: el finde, el boli, la tele, la bici…), los asistentes al IV Foro Mundial de la Bicicleta que se acaba de celebrar en Medellín.

Y no lo sabe porque su relación con ella ha sido de complicidad, me explica mientras pasa las manos por las cicatrices que le cruzan las rodillas. Uy, no debió de haber sido fácil para ella aprender a mantener el equilibrio sobre dos ruedas. Máxime si tenía que lidiar con los “sobrados” de sus primos y hermanas mayores. Pero aprendió a descolgarse por las faldas de El Picacho y a recorrer los caminos empedrados que se cruzaban por entre las fincas, soplada como Nairo Quintana.

Eran otras épocas, le digo, ahora la bicicleta ya no es la de toda la vida; está de moda. Y ese boom también me deja más inquietudes que certezas.

Creo que es un medio de movilidad casi ideal, en teoría. Por lo que insisten sus defensores, algunos tan a ultranza, que acabarán naufragando con todo y vehículo en las arenas movedizas del fundamentalismo: o bicicleta o cataclismo. Tampoco.

Está bien estimular el uso de medios de locomoción no motorizados, pero sin satanizar los que sí lo son; hay circunstancias, edades, necesidades y gustos para todo: para caminar, para patinar y para montar en bici, en metro, en bus o en taxi. Además –no hablemos de la inseguridad callejera– está la topografía. Un recorrido por las 16 comunas que conforman la zona urbana basta para comprobar que estamos asentados en lomas y laderas, salpicadas de uno que otro valle. Así que en la práctica…, no importa cuán hostiles se pongan las administraciones de turno suprimiendo parqueaderos, nos falta mucho pelo para el moño, como dicen las matronas de la costa.

No somos Barcelona –nuestra ciudad hermana, de la cual tenemos tanto para aprender, empezando por la cultura del disfrute de los espacios comunes–, ni Ámsterdam, ni Nueva York. Copiar no tiene sentido. Adaptar, sin delirios de grandeza –ya no fuimos los primeros o los mejores o los más grandes en el aspecto que nos ocupa hoy–, es deber de los gobernantes quienes, en última instancia –aún por encima de loables movimientos ciudadanos– son los llamados a diseñar políticas cada vez más incluyentes en todos los campos. En el fomento del uso de la bicicleta como medio de transporte, por ejemplo, mediante la adecuación de la infraestructura y, sobre todo, mediante la educación, que ya los motociclistas –la mayoría– se nos fueron así: convencidos de que las normas de tránsito no rigen para ellos.

“Tenemos que generar una conciencia vial sana y respeto de doble vía”, como dijo Rod Dudley, líder del movimiento pro bicicleta en el estado mexicano de Veracruz.

Soy fan de la bicicleta, aporto mis granitos de arena en la conservación del medio ambiente, las marcas de los carros me tienen sin cuidado –todos me parecen iguales–, utilizo con frecuencia el metro, creo que las demás ofertas de transporte público son deficientes, reniego de los atascos…, sin embargo temo que tanta euforia desatada nos esté llevando a idealizar la bicicleta; a confundir, incluso, el esnobismo con la conciencia medioambiental o de convivencia. Coincido, en últimas, con la especialista en urbanismo y movilidad sostenible de Naciones Unidas, Hillary Murphy: “La promoción del transporte no motorizado no es la solución de todos los problemas de movilidad en la ciudad… Es ideal para ciertos tipos de viajes bajo circunstancias particulares. Cada medio de transporte tiene su lugar. Es imposible tener una solución global y holística”.

Etcétera: Dizque con el uso masivo de la bicicleta se acabarán las diferencias sociales en la vía. Jajá. ¡No seamos tan ilusos! Marcas, modelos y tamaños, igual rigen para ellas. Con el añadido de los aperos que las personalizan y los atuendos que distinguen a los ciclistas. Por los cascos los reconoceréis.
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